Crítica | Teatro

“Independencia”: Buscando el polo a tierra

Independencia (Independence, 1985) tiene una increíble similaridad argumental, formal y estructural con Agosto (August: Osage County, 2007). Pero, debido a la insoslayable unidireccionalidad cronológica, la influencia es necesariamente al revés. Paternidades dejadas de lado, se trata de una dramaturgia familiarizada con la rama del Posthiperrealismo dramático, subtipo “Inadaptados”, rama mayor Teatro In yer face, con antecedente en Modernismo / Angry young men. Todo lo cual destila en una versión en carne viva, despellejada, de los vínculos sociales, acidificados con una increíble variedad de torturas psicológicas y violencia simbólica. Claramente, no hay una identificación facilitada para con estas criaturas.

Vinculable por estas tierras heladas con la ya decenaria La omisión de la familia Coleman, Independencia reúne en un fluir de escenas a las protagonistas de la historia: tres hermanas, cada una con su estrategia para conservar la sanidad mental y escapar, dentro del rango de lo posible, de una madre torturadora, sádica, manipuladora y desequilibrada psiquiátricamente. El ambiente natural de semejante cuadro se asienta en un pequeño pueblo norteamericano (“Independencia”) de vecinos chismosos e infierno grande.

Intolerancia, desamor, promiscuidad, abandono: como en un ciclo infinito de horror interminable, la casa que acoge a las cuatro mujeres es un recordatorio permanente de la degeneración consecutiva que cada nueva generación, justamente, viene a repetir, como idiotas autómatas enfermos de voluntad destructora, al mundo. Pero hay una enorme esperanza en todo lo que de nuevo trae el círculo de la historia, e Independencia cierra con una declaración ad-hoc que es la bocanada en el momento justo antes de ahogarnos.

Le sobran méritos a esta versión dirigida por Jorge Azurmendi, con actuaciones inolvidables de sus cuatro protagonistas (Cecilia Chiarandini y Cristina Dramisino -que reponen, luego de casi una década-, Anahí Gadda y Lucia Di Carlo): una escenografía expandida, que se estira por debajo y por detrás del público, vestuario y luces funcionales, que saben hacer invisible la maquinaria narrativa para dar lugar a los afilados diálogos, solícitos de una articulación torrencial y fluida, ampliamente alcanzada. Resta esperar el merecido apoyo del público, que de seguro sabrá conseguir.