Crítica | Teatro / Danza

‘Qué azul es ese mar’: Vivir para contarla


Que azul es ese mar, obra de danza y performance con una carga fuerte de emoción, ternura y sorpresa, se estructura en tres momentos muy bien delimitados que comienzan con la narración documental -formada por el patchwork de una serie de escenas de vacaciones- de un matrimonio porteño entre las décadas de 1960 y 1980. Con claves colocadas para señalar peculiaridades semánticas relevantes, Crucero (tal el nombre del audiovisual) deja establecido un grado cero de la representación que da lugar a dos pares de intérpretes en un juego de dobles: la pareja del vídeo ahora es dos, en una versión como jóvenes y una como mayores.

El segundo momento de la obra -que acaba con la inundación de lo incontenible del pesar- está formado por cierto equilibrio como puesta en común de una comunicación: son las parejas y el tiempo bailando a la par, señalándose mutuamente un saber atesorado. Aceptando que las metas son resultados de recorridos intransferibles, tal vez. Y que entonces bailan. El tercer tiempo de cierre es una crisis de poderosa potencia natural en la que se invoca el material primigenio y su polisemia fundamental: del agua que venimos, fuente de vida, fluir invencible del tiempo que no detiene.

Con una retórica que espeja la filmación inicial, en la que se destacan lo vacacional en sus sentidos de malla y cuerpos expuestos a la naturaleza reglada de las vacaciones, Qué azul es ese mar se vuelve intensa cuando, luego de haber garantizado la fidelidad a un cierto código representacional con su audiencia, apunta para quien pueda ver que todo el castillo de bienestar burgués está construido sobre cimientos podridos: una violencia cada vez menos reprimida, cada vez más autodenunciada en su forma de síntoma como lenguaje. Llevar esto a la danza es poner en lo real lo imposible de lo simbólico indomado.

— Christian Schmirman @ Medium.com/@Paratexto