Crítica | Teatro: “Hamlet duele o el eco de los aplausos que ya no resuenan”


Están los motivos desparramados como en un rompecabezas sin armar (el fantasma del padre muerto, la idea de la acción y la venganza, la madre, el tío, la muerte de Ofelia) y hay algo que se exhibe y se devela como una sala de teatro donde un texto se dice de muchas formas: con el aparato fonador, con el cuerpo, mediado por instrumentos electrónicos, a una sola voz, a coro, con danza, con objetos, en varias lenguas y así.

Está la idea de que Hamlet es un modelo para armar y que lo menos importante, frente al titán de la forma y los procedimientos, es la historia, el cuento. Se sabe que la correspondencia figurativo-mimética es la meta de los fascismos. Por este camino experimental, ultracontemporáneo, lúdico y festivo, transita Hamlet duele que, si tuviera que hacerse, se podría leer como una obra en segundo grado por ensamble de micro-performances. Con juegos lumínicos interesantes y vestuarios uniformados, que dan una noción de cuerpo grupal, la obra apura un final que, pese al desgaste, prende la mecha irracional y explota a pura fiesta.