Crítica | Teatro

‘Hijo del campo’: La tierra y la sangre


Hijo del campo, unipersonal con intervenciones musicales en vivo, ideado, protagonizado y dirigido por Martín Marcou, formaliza en un monólogo afiebrado y repleto de emociones incontenibles la interioridad de un hijo de peón del Sur. El protagonista, rodeado de cotidianidad rural y ártica, trenza en su relato los usos y costumbres del trabajo del campo y sus derivados, los vínculos de la familia al modo de una letanía bíblica, entre el rezo y el lamento, y el deseo irreprimible que se escenifica como parodia. En la tradición de Echeverría, la pieza incorpora a las labores con el ganado la problemática política como sub-texto trágico.

En el pequeño escenario del teatro Tole Tole, Marcou se las ingenia para hacer de su cuerpo y, especialmente, su rostro, la víctima sufriente de nuestro propio Brokeback Mountain. Al ritmo de piezas folclóricas del Interior, Hijo del campo, en su hiperrealismo dramático, levanta la tapa de la olla de la homofobia, la intolerancia y los acuerdos implícitos -con los que se convive en pactos de sangre y silencio- para descubrir sin sorpresa que lo que hay adentro hiede.