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‘La crueldad de los animales’: La construcción de la grieta


Como en un Shakespeare bonaerense, de pueblo pujante, de millonarias inversiones inmobiliarias, a fines de los ochenta, mediados de los noventa, La crueldad de los animales -con un título que es un flechazo hacia el cielo dorado de las interpretaciones- habilita la coexistencia de dos familias, dos generaciones con sus herederos, de la patria política peronista. Rodeados de un falso paisaje de casa de campo, en una escenografía artificial al punto made in China con luces de neón, engalanados en un vestuario fascinante, para que estos machos alfa -aún las mujeres- salgan de caza, como las bestias depredadoras que son.

El texto de Juan Ignacio Fernández, enrevesado, maravilloso, toca el fondo del cinismo cuando le hecha en cara a los desposeídos históricos, los pobres de todo, de siempre, que la tierra y el nombre no se quitan: justamente, al único personaje que se llama por su apodo, Chiquito. Solo una muestra de una escritura espiralada, asfixiante, que compone el retrato familiar político de la vergüenza, el racismo y la parcialidad como pocos han sabido.

Decimos shakespereano, aún con una generación sobrante (suelen contarse por pares) en su afán por exponer la degeneración del poder, lo corrosivo de la sed de gerencia. La dirección de Guillermo Cacace explora vínculos inauditos con el espectador: la constante interpelación visual, los focos del interrogatorio sobre la cara, hacen a una experiencia intensa, física, impostergable.