Crítica | Teatro

‘Las descamisadas, una gesta’: Proezas entre machinbre y rodetes


Siempre el paisaje semi rural, de pueblitos, nos hace acordar a Puig. Más si hablamos de mujeres, más aún si se trata de los ´50. Pero, superando la asociación inmediata, la realidad es que no hay nada puigiano en Las descamisadas: son, como tales, bastante lo contrario a la imagen del pueblo peronista: son tres mujeres y tres sentires sobre el mundo, la sociedad y su época. Son tres señoras que se encuentran en las afueras del una ciudad pequeña, al norte de Corrientes, el mismo día, el primero, en que todas votan por primera vez. O que, al menos, deberían.

Al comienzo desde los márgenes, para ir integrándose en la diégesis lentamente, se asoma un varón de identidad múltiple (actor, hermano, chacarero) que interactúa con las protagonistas casi desde el silencio. Y son ellas, desde un saber dado por hecho, pero profundamente quebrado por el sismo político que viven, que conversan e intercambian palabras venenosas, las más de las veces, tal vez ya sospechando la ruptura imposible de sanar que ha nacido.

Una, la primera, es la ley, la de mejor posición económica. La otra, su amiga. La tercera, su ex mucama, hoy dueña del bar donde esperan. Postal animada de una época, al fin, esta especia de álbum de fotos vivo que es Las descamisadas sabe hacer reír y sabe hacer pensar. Su estructura dramática flotante la hace etérea, poética, de a momentos. Excelentes oportunidades para concentrar la atención en los bellos vestuarios, en la esmerada composición escenográfica.