Crítica | Teatro

‘Las noches blancas’: Para saber como es la soledad


Como Narciso, que encuentra en la unidad de lo múltiple (un él mismo en otro sitio, fenómeno segundo que es imagen y representación de sí) al objeto de su deseo como satisfacción y urgencia, le sucede al protagonista de Las noches blancas en su modo de ser transposición escénica de la novela homónima de Dostoievski. Así, el personaje de la obra literaria se desdobla en dos, cada uno complemento asimétrico de sí mismo, que le permite a la pieza trabajar con densidades al nivel de lo cotidiano, donde se paran los hombres, el amor y el dolor de un amante inconcluso.

Si hay algo del futuro que venía llegando, fue un tibio estado de inclusión que le permite a las narrativas contemporáneas dar por hecho lo político para concentrarse en melodías más finas, vinculadas a lo metafísico y emocional. Entonces, hay una pareja que se encuentra en la angustia y se acompaña en el camino de la cura. Equilibrio rápidamente desarmado por otros amantes que están volviendo, que llegan y se llevan lo que se daba por propio, aún cuando siempre se supo ajeno.

Como en Las descamisadas, Gurevich vuelve a colocar la escenografía al modo de un archipiélago de módulos. Para Las noches blancas se trata del interior super-estético de un departamento de soltero, que se viste como un modelo de ropa por catálogo; su confidente y amiga, la portera (una Silvana Tome que hace suya la esperanza y la resignación en una actuación que la consolida) tiene en su vestuario lo chillón y desproporcionado del Pop. Dimensiones adicionales constituyen las voces como conciencia meta de ser un relato desde el futuro, que arma la historia que se acaba en tanto es contada. En este sentido, no resultan disonantes los momentos musicales (cuando, por el contrario, no hay nada más antinatural que la irrupción del canto). Sin embargo, colaboran en la construcción de un verosímil melodramático que conecta el retrato gigante del narrador decimonónico con la telenovela de la tarde. Es que el amor es el amor, antes o ahora, entre hombres o mujeres.

Las noches blancas son el neón aséptico de los cuarteles en Moloch, hogares convertidos en oficinas, parejas convertidas en sociedades anónimas, vínculos entre humanos transformados en relaciones entre cosas. Y es ahí, al final de la jornada de los días del comercio, donde emerge un malestar espiritual por estar muriendo solos y sin amor. Tal vez sea por esto que el teatro comienza cada vez más tarde.