Crítica | Teatro

‘Los ojos de Ana’: Breves y sencillos pasos para construir monstruos


Hay dos aciertos contundentes que hacen de Los ojos de Ana una pieza valiosa y relevante para su tiempo (que, claro, es el nuestro): por un lado, el texto tiene la inteligencia de historizar, de poner en relación en un sistema unitario aquello que parece disperso, sus claves narrativas, sus hechos, tirando las anclas hacia el pasado inmediato de la constelación familiar (con su cadena de rechazos, abandonos y suicidios) y hacia el tiempo pretérito, un poco más lejano, de la historia reciente del capitalismo europeo (con su xenofobia, ignorancia y violencia). Por otro lado, la puesta en escena, ese arrojar sobre el mundo la literatura dramática, se expande y enmascara la geografía de la sala de modo tal que el discurrir sincrónico de realidades paralelas, y la interioridad psicológica de los personajes, en clara oposición con su materialidad social, conviven como una posibilidad virtualmente aceptable.

En lo que concierne a los puramente argumentativo, la pieza se centra en las historias de los personajes que orbitan en las proximidades de la protagonista del título para dar cuerpo a toda una sociedad intoxicada de ansiedad de logros y desprecio por el prójimo. Con un caso (grave) de acoso escolar como eje, la trama le va dando la oportunidad a cada uno (el padre, la madre, el mejor amigo, la vecina, etc.) de mostrar su costado de la historia en una especie de cubismo escénico, de fragmentación del relato único. El dato más inquietante se forja alrededor del más silencioso de los personajes, aquel que por modelado implícito va construyendo un mundo de horror y sangre donde reina como un salvaje.

Puestos en evidencia rasgos distintivos propios del aparato de la enunciación transparente (los cambios de vestuario de cara al público, los baños de luz inhabituales), Los ojos de Ana, ese genocidio trágico de una sola persona en sesenta minutos, martilla los cristales de la inocencia de las nuevas generaciones, expone la sobredeterminación de las conciencias en el marco de la cultura en convivencia e, inevitablemente, hace estallar las esquirlas en una explosión física final que se siente en el cuerpo y queda retumbando en el aire.

Christian Schmirman @ Medium.com/@Paratexto