Crítica | Teatro

‘Mis tres hermanas. Sombra y reflejo’: Un camino de errores y accidentes


La sombra y el reflejo, como la memoria y la repetición, son dos modos de representar un otro, de volver presencia las determinaciones que porta. Así, ¿quién es la sombra? Lo vacío y hueco, lo abstracto, chato, lo perdido en el proceso de olvido que vuelve del pasado en la forma de un recuerdo. Y, ¿quién es el reflejo? Es el cuerpo como imagen completa de significado, interpretada, plena en su dimensionalidad. Sombra y reflejo, entonces, como entimemas de la ausencia implícita de la obra objeto que Mis tres hermanas versiona (su homónima rusa), pero también como corporeidad de las condiciones que supuso la dictadura militar de 1976 para continuar viviendo. Una, la última, silueta descargada y configuración política: la sombra. Otra, la historia del teatro, de cada pueblo en relación con sus militares, en otro tiempo y en otro lugar, como el reflejo.

El producto tercero de la embriaguez de dobles es la superposición temporal y espacial de las dos generaciones de hermanas como causa y consecuencia: presencias fantasmales en un dispositivo que es el esqueleto desnudo de la intimidad burguesa en sus anhelos y sus vergüenzas, sus venganzas y rencores. Las tres hermanas de Savignone son un sexteto chejoviano atravesado por un significante maestro novedoso, que todo lo resignifica hasta hacerle decir lo pertinente. Honda y apesadumbrada, sufriente, es también el testimonio doloroso del interminable sendero de accidentes y errores que se llaman existencia.