Crítica | Teatro

‘Once hijos’: La familia corporativa


Once hijos es una letanía no correspondida, conversación quejosa con los dioses, en la que un padre enumera y describe las características personales de sus hijos hasta la decepción. En todos ellos hay claves positivas, pero las únicas importantes son las que provocan desencanto. Las expectativas del padre-narrador kafkiano no son nunca alcanzadas en la propia fuente de su definición, que se construye sobre las capacidades del otro.

Como monólogo sobrio que es, la obra aprovecha las simetrías literarias para multiplicarse y mutar expresivamente en una performance que es el manifiesto del desamor paternal. Callejero y aporteñado, este Kafka escupe cinismo con sonrisas de ganador, y se pavonea como si tuviera motivos, traccionado por un enorme, gaseoso, ego interior.

El devenir expandido de la pieza checa incorpora humor donde muy pocos han sabido detectarlo: mérito de sub-lecturas que revalorizan una escritura que, al fin y al cabo, no para de reír en su seriedad. La puesta también sabe establecer la continuación natural que Kafka detectó en el naciente Estado-Nación, y hace de la familia una corporación de ejecutivos travestidos ad-hoc.

La ficción establecida con la luz, el arma secreta de Once hijos, funda un cubo al modo de una pecera que es una cárcel, y establece los límites de la relación y la representación, donde nadie -salvo la voz del padre- está autorizado a pronunciarse. Como público pasivo, cuerpo de baile, la progenie se encuentra condenada a mendigar los restos de cariño paterno (mientras dure la fidelidad).

Christian Schmirman @ Medium.com/@Paratexto