Crítica | Teatro

Recordar 30 años para brillar 65 minutos


Recordar 30 años para vivir 65 minutos es un autorretrato escénico de Marina Otero (autora, directora, protagonista), veraz en su pasión de indagación filosófico-artística, que tensa el propio concepto de lo artificial en su puesta en abismo de capas de vídeo sobre capas de sonido sobre capas de relatos vividos, recordados, inventados. Es, también, un ensayo sobre la memoria y el cuerpo, el deseo y la traición, las normas, las reglas, y la libertad. La obra supone la ejecución de sí misma como una performance de danza-teatro inacabable que es la muestra viva de un compilado de citas de artistas autobiográficos contemporáneos.

Recordar… es desesperante porque la otra Marina Otero (personaje) busca verdades entre las mentiras, esencias innatas en mundos hechos de cultura: se pregunta por razones ontológicas y encuentra tautologías formales: motivo, motivación y movimiento tienen la misma raíz porque, al fin, forman un círculo que se muerde la cola.

Como estallido de muestras genéricas, la pieza encuentra su garantía de realismo, certeza y autenticidad cuando salta sobre la auto-parodia y entrega un cuerpo masoquista que, como un Isaac voluntario, se ofrece chivo expiatorio, carne de cañón, mujer-desecho, para ser objeto de todas las burlas y agresiones en una noche de San Juan de la purificación.

Con Recordar 30 años para vivir 65 minutos Otero sintoniza en la frecuencia de una generación, y hace coincidir forma y contenido en un trabajo que le da voz a un cuerpo de dudas y ansiedades que, finalmente, se resuelven en el entregarse al hacer y a las cosas del mundo. El mayor y único peligro de asistir es la adicción que genera, la necesidad incontenible de tener que volver, y volver a volver.