Crítica | Teatro: “Ruta. Ir y venir”, de Natalia Miranda



Un dispositivo tan simple como efectivo proyecta, con luces, sombras en paneles que son los árboles apilados de la ruta, las vacas y las cercas. El propio movimiento es imitación pero es físico, en una miniatura de diorama. Acá, afuera, en el mundo de los grandes, dos solos se suben a un auto y comienza el doble diario íntimo de la formación de un visitante tercero: el amor como una red, que puede ser una trampa o una jaula asfixiante. Pero que también puede ser lo que salve la vida.

Javier y Romina, los protagonistas de Ruta. Ir y venir (viernes 21 hs, en Teatro Del Pueblo), se encuentran casi todo el tiempo en el interior de un automovil, en la ruta. La maquinaria escénica en sí permite que los ángulos de visión varíen, para que cada quién vea la película que quiera -o pueda. Fuera de ellos dos, pero singularmente en lo más hondo de su ser, las voces que hablan y llevan su nombre, totalmente vestidas de negro, también habitan el espacio que se comparte. Y revelan lo que a veces se cree que es la honda verdad del inconsciente, el puro núcleo duro del ser, y no es si no un extranjero intruso, embajador del Otro (lo social, el lenguaje). Por suerte para la felicidad, las pasiones suceden al margen de las voliciones.