Crítica | Teatro: “Sola no eres nadie”, de Natalia Villamil

Sola no eres nadie relata los intensos pero frágiles vínculos que una transexual atraviesa en su camino de autoreconociento: a través del derrotero laboral donde, siempre en forma de violencia, debe observar sus sentimientos atomizarse en mil partes, para juntar los pedazos y volver a comenzar. Personal doméstico, cuidadora de niños, de casa en casa y siempre en la precariedad encuentra en la sartreana mirada ajena una especie de espejo futuro: mujeres que son una imagen y, a su modo, un ejemplo.

Organizada al modo de un monólogo en capítulos breves, la obra se construye con infinita paciencia y leves -pero contundentes- gestos que, con suavidad, van dibujando los bordes de esta criatura de sabiduría provinciana y sencilla candidez. La desnudez de Mazzei se hermana con una escenografía que es croma en la forma de tres cajones negros, donde se proyecta y cobra vida la aventura vital de la protagonista. El resultado global es un muy bello autoretrato escénico, afectuoso y sincero.