Crítica | Teatro: “Trescientos millones”


Trescientos millones, dirigida por Martín Althaparro. Con Eduardo Avendaño, Marcelo B. Simo, Cecilia Cabrera, José Cardozo, Cristian Cimminelli, Ricardo Echezuri, Nora Gut, Laura Ledesma, Nicolas Mascialino, Alicia Naya, Verónica Parreño, Rubén Ramírez, Guillermo María Rosasco, Lucia Steimberg y Aixa Vegezzi. Música en vivo por Matías Carretero o Sonia Kovalivker. Vestuario y escenografía de Alejandro Guiggi. Luces por Claudio Del Bianco. En el Teatro del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina). Funciones: los lunes a las 20 horas. Entradas $ 130–180. Marzo 2016.


En algún párrafo perdido de La interpretación de los sueños, Freud sostiene que lo relevante de los sueños es su forma: más allá de su contenido (latente, manifiesto), más allá de su interpretación, es la forma-sueño en sí misma lo valioso. Porque allí, así, es donde intervienen gramáticas productivas particulares, hinchadas de sentido. Esto por un lado. Y luego la antropomorfización que le sucede a los intérpretes de los sueños (el sueño como relato, como cuento, como ficción. “El inconsciente estructurado como un lenguaje”…) de Trescientos millones. Dos falsos arranques de la opera prima dramática de Roberto Arlt, a casi 100 años de su estreno en el mismo Teatro Del Pueblo.

La historia, como el sangrado dolor de los pobres, cuenta la tragedia cotidiana de una mucama que se evade soñando lo que no puede conseguir. Al modo de “lo que no se realiza en lo real vuelve como ficción”, participa su mundo perceptivo con un grupo de personajes que la acompañan por una serie de aventuras en una vida en segundo plano. Clasistas, snobs, estos actores-ayudantes vienen a levantar la bandera en defensa de los derechos sobre el patrimonio simbólico arrancado de las napas patricias (época de magazines, cine, nacimiento del entretenimiento popular, etc.).

Los rubros más elaborados y destacados para el batallón de quince intérpretes que colman el escenario son el vestuario, la escenografía y la caracterización (maquillaje y máscara). El entretenimiento casi circence que se logra tiene en estos aspectos los méritos más grandes. Sea para volver a encontrarse con una de las obras fundadoras de la dramaturgia moderna americana, o para comenzar a conocer un referente de las letras argentinas desaparecido mucho antes de tiempo, valga este Trescientos millones que no mueve una coma del original, con el costo estético que las gramáticas de lectura del siglo XXI pudiera facturarle.