Crítica | Teatro: “Un hombre sin suerte”, de Samanta Schweblin

Ph: Andrés Eraso

█ Un hombre sin suerte, de Samanta Schweblin. Adaptación y dirección de Osmar Nuñez. Con María Nydia Ursi-ducó. Vestuario y escenografía de Alejandro Mateo. En El Kafka espacio teatral (Lambaré 866, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina). Funciones: sábados 20.30 horas. Entradas $ 160. Febrero 2016.


Un hombre sin suerte, unipersonal protagonizado por María Nydia Ursi-ducó (sábados 20.30, en El Kafka), trabaja con el material literario del cuento homónimo de Samanta Schweblin (http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-213467-2013-02-08.html) y recrea, con intensidad y paciencia, la pequeña aventura doméstica de una niña de ocho años y su primer acercamiento a los hombres y la violencia.

El ámbito de la obra sucede en el interior de una casa de feminidad muy acentuada (pasteles y cupcakes, paredes, todo en tonos rosa), donde los rasgos infantiles son aún más marcados por la vestimenta de la protagonista: así, pasa un ama de casa de los años ’60 por una niña, hasta que se estabiliza la imagen. La historia sucede alrededor de ese (literalmente) innombrable hombre que se acerca de un modo inapropiado a una niña. Este sujeto ha sido trazado con tal economía de rasgos que se puede pensar de él una variedad de situaciones abiertas e indefinidas (aquí reside la magia y la belleza de esa escritura): alienígena, extranjero, infantil, supersticioso, ladrón. Entre muchas otras.

Al modo de la historia bíblica del golem, pero dada vuelta (es aquí la niña quien pone en su boca el nombre ajeno) se da lugar a la idea, sostenida y defendida por la propia dramaturgia, de que el encuentro de estos personajes fue una colisión crítica generadora de una nueva vida: en la ancianidad del presente se insinúa un vínculo amoroso que ha persistido por el tramo completo de una vida.

Decir más de él, de este hombre, es decir más de lo que se debe para no echar a perder la experiencia de la transposición teatral de Osmar Nuñez. En ella, la niña es una mujer mayor que narra desde su adultez madura un recuerdo de infancia: aquel que involucra al hombre sin suerte. Pero hay más, entre los aportes de la adaptación: el acecho del universo amenazante de los niños públicos, los niños de (en) la calle, del barrio, que van avanzando sobre todo: primero vidrios rotos, luego un fuego destructor que avanza (¿y quema el pasado?). Desenrrollar esta metáfora es comprender la pieza, que es totalmente nueva y otra en vinculación con el cuento, con el que hace contacto solo allí donde se menciona la vergüenza de la mirada ajena: en la versión de Nuñez, la violencia alrededor de las mujeres es un escenario concreto donde se vive.

No es que esta niña mienta: es que nadie se da el tiempo de preguntarle nada. Nada para que pueda tener la chance de abrir y exponer el inmenso universo femenino e infantil que ya ha sido gestado en el soliloquio de su rima interior. ¿Será por estas cosas que se dice que las mujeres nacen con secretos? Sea como fuere, los sesenta minutos de Un hombre sin suerte se tratan de decir la verdad, no porque sea fácil, sino porque es imposible seguir viviendo en ese silencio (que se hace notorio en el lento y perezoso comienzo, que hace sentir el tiempo, que se toma lo necesario para hacer palpable un dolor y una soledad propias de alguien roto).