Crítica | Teatro: “Una de Bergman”


En el ámbito cinematográfico del blanco y negro, tres parejas se enredan infinitamente entre los cables del afecto, la violencia y el poder. La evidencia sintomática se materializa en frases que se repiten como una rueda rota: “¿Tenés un cigarrillo?”, “Si fumara podría pensar mejor”. Dentro del dispositivo escénico, ensamble tripartito de gradas, cada par de protagonistas cede el turno al otro mientras observa desde el público como los límites de la representación quedan cuestionados. Aún allí, donde la propia demarcación geográfica es una cita a Dogville (2003).

Los pilares de la puesta se encuentran en caracterizaciones de fuerte emotividad, desarrolladas en muy poco tiempo, y un cuidado vestuario de época que ancla el significante lujoso en la clase media-alta norteamericana de mediados del siglo XX. Hacia el final, donde todo se desboca, se mantiene sin embargo una tensión arraigada en la multiplicidad de micro-relatos, chispazos de ira contenida, hasta que se re-conduce la tensión hacia el entretenimiento: “¿Vamos a ver una de Bergman?