Los fantasmas redoblan la apuesta: sobre “Ghost, el musical”

[Crítica. TEATRO MUSICAL]


Fotografías: Fuentes2Fernández Fotografías. Diseño gráfico: Javier Fuentes, Lucila Gejtman y Mariana Mazzarini.

Imaginar y contar historias de fantasmas puede ser relativamente fácil cuando de cine se trata, porque el lenguaje audiovisual permite extraer hasta los últimos jugos de situaciones fantásticas que, de otra manera, resultarían casi imposibles de representar. Sin embargo, la transposición al teatro presenta múltiples desafíos que, obviamente, Broadway decide enfrentar cuando convoca al escritor Bruce Joel Rubin (ganador de un Oscar en 1991 por Mejor guión) y a los compositores Dave Stewart (de Eurythmics) y Glen Ballard (Aerosmith, entre otros) para que juntos ayuden a revivir, ahora sobre un escenario, a los entrañables personajes de la hoy clásica Ghost (La sombra del amor), de (1990).

Así las cosas, nos reencontramos en 2015 con una versión rejuvenecida de Sam (Matías Mayer) y Molly (Jennifer Schomberger) en Ghost, el musical. Los icónicos protagonistas, mucho más teen y pop que sus pares fílmicos, recorren el loft newyorkino al que acaban de mudarse y, de pronto, su felicidad es interrumpida por lo que aparenta ser un robo al azar pero, en realidad, es obra de su supuesto mejor amigo, el traicionero Carl (Luciano Bassi) para cubrir un delito financiero. A lo largo de la obra Sam intentará, por todos los medios, advertir a su amada sobre las intenciones y verdadera naturaleza de Carl, incluso a través de los servicios de Oda Mae Brown (Natalia Cociuffo), una pseudo medium que se gana la vida engañando a los incautos que caen en sus redes.

Sin dudarlo, las estrellas de la obra son la brillante Cociuffo, que se adueña del escenario con su composición de una Oda Mae llena de gracia y ritmo (que canta, baila y actúa estupendamente), y Marcos Gorosito, el fantasma del subte, un sujeto violento y resentido, que enseña a Sam las habilidades que puede desarrollar un espíritu cuando desea manifestarse al mundo de los vivos.

El jóven Mayer (Sam), a pesar de su lograda participación en Casi normales, y su partenaire, Jennifer Schomberger (Molly), no obstante su gran entusiasmo y profesionalismo, no alcanzan a generar la química indispensable para que su amor resulte creíble y conmovedor; en parte porque, durante la casi totalidad del espectáculo, deben levantar y sostener con sus voces a todo volumen una banda musical que resulta lánguida y plana (al punto que podría desaparecer en algunos momentos sin que esto fuera perceptible).

Pero es sabido que el éxito de las obras musicales depende tanto de las melodías pegadizas, de alto voltaje emocional, como del oficio de los cantantes y del cuerpo de baile. Y, en este sentido, es digno de mención el nivel de eficacia que logra el conjunto de artistas, que acompaña cada una de las escenas con carisma y performances logradas, debido al acierto de colocar un número reducido de bailarines en escena (lo que permite apreciar las coreografías, y evita la contaminación visual que hubiera provocado el contraste entre el movimiento de los danzantes y el de las proyecciones digitales del fondo del escenario).

En el caso de espectáculos como Ghost, el musical, el éxito también depende de la tecnología: por esto, con respecto a la superabundancia de efectos especiales -que caracteriza a la puestas de Londres o New York- la versión local logra salir airosa al presentar una artillería de recursos, mucho más modestos, pero sumamente efectivos y muy bien empleados: las escenas del subte, de frente y perfil, y las proyecciones (tanto fijas como en movimiento) sobre un fondo de paneles asimétricos, con bordes estilizados e irregulares, le otorgan a los cuadros tanto el dinamismo de la gran metrópolis como la intimidad que requieren los interiores.

La iluminación es otro factor importante en la pieza, ya que permite que suceda la ilusión de cuerpos cuyos fantasmas se desprenden de ellos y toman distancia en cuestión de segundos — aunque hubiera sido un verdadero éxito lograr que solo el fantasma de Sam fuera bañado por la luz azulina, en lugar de extenderse, esta, a casi todos los personajes sobre el escenario.

Ghost, el musical es fruto de un gran esfuerzo de producción y entrega de sus artífices locales y, como tal, merece el reconocimiento de una gran labor que pone al alcance de la audiencia una obra musical de nivel internacional; y, de paso, se lleva el mérito –adicional- de rescatar un clásico del cine actual cuya visualización resulta, a partir de aquí, obligatoria para todos quienes no la hubieran disfrutado todavía.


Ghost, el musical. Libro: Bruce Joel Rubin. Adaptación: Marcelo Kotliar. Con Marcelo Amante, Karina Barda, Luciano Bassi, Gonzalo Berón Muñóz, Ezequiel Carrone, Cristian Centurion, Natalia Cociuffo, Marisa Di Pietro, Ángeles Díaz Colodrero, Eugenia Gil Rodríguez, Marcos Gorosito, Ivonne Guzman, Santiago Ibarra, Taisa Isola, Jonathan Knecht, Nehuén Marco Rojas, Matías Mayer Wolf, Matías Prieto Peccia, Grace Quelas, Micaela Romano, Jennifer Andrea Schomberger, Sofia Val, Rodolfo Valss, Eluney Paula Zalasar. Música: Glen Ballard, Bruce Joel Rubin y Dave Stewart. Coreografía: Alejandro Ibarra. Dirección musical: Gerardo Gardelin. Dirección general: Marcelo Rosa. En el Teatro Metropolitan (Corrientes 1343, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina). Entradas desde $ 180. Funciones: Martes 21 horas. Hasta el 11/08/2015.


Por Olivia Avila (livy.avila@gmail.com). PCA CS, Julio 2015.