Filosofía y fútbol

Cuando el fútbol hace pensar

Patricio Gonzalez
Apr 19, 2014 · 7 min read

La filosofía y el fútbol no tienen nada que ver, está claro que existe mucha distancia entre ambos, la segunda es una actividad deportiva y la primera se basa en la acción de pensar. Pero, estamos hablando de dos mundos muy específicos, cerrados, que poseen su propio lenguaje, códigos y pensamientos. No obstante, ¿Cuántas veces escuchamos, leemos u oímos hablar sobre la “Filosofía de juego” o la “Filosofía del equipo, del entrenador”, “Crisis de identidad”, “Estilo de juego”? Sin ir más lejos, por ejemplo, antes de efectuar un pase a tu compañero de equipo, el poseedor del balón tiene que pensar en una serie de variables: La opción más beneficiosa para el equipo, la ubicación del compañero, los rivales que te aprietan … El pensamiento y la idea de ese momento, que en fútbol entendemos como la táctica. En ese instante donde hay que tomar varias decisiones, quizás habría que tomarse las cosas con un poco de “Filosofía”, es decir qué camino es el idóneo para marcar gol en un partido. Y … ¿Qué camino debo hacer en mi vida?

No quiero dejar de mencionar la figura de Jorge Valdano, ex futbolista y ex entrenador argentino, que ha sido y es célebre también por su elocuencia, precisión y capacidad reflexiva a la hora de hablar sobre el fútbol y sus entresijos. Es habitualmente conocido y se le conocerá siempre como el “Filósofo del fútbol”. “El fútbol no es la vida, pero es un gran simulador”, es una de sus grandes frases. ¿Puede ser este deporte un excelente transmisor de valores, de la ética y moral humana?

La variedad estética, la riqueza literaria, la creación de rituales y mitos que produce este bello deporte, son infinitas; El fútbol trasciende nuestra vida cotidiana, más allá de que no guste tanto o nada; Mientras la filosofía tiene su trascendencia en la mente, el pensamiento y la reflexión sobre la vida y las cosas que nos afectan. Es en este punto, donde casi se complementan ambos mundos y por el que siempre existirá un bonito debate.

Más allá de la vinculación o no existente, entre Filosofía y Fútbol, no se puede discutir la influencia que ha ejercido el deporte balompédico en figuras filosóficas y literarias tan relevantes, como lo puede ser, por poner un ejemplo, Albert Camus. En este sentido, resulta digno de mención un pensamiento suyo que hace sacar a la luz como esta actividad deportiva, difícilmente, puede pasar desapercibida para el mundo de la Filosofía:

“Todo lo que sé con certeza acerca de la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.”

Albert Camus, fue premio Nobel de Literatura en el año 1957. No es para menos que este tipo de reflexión sea propia de una figura como él, uno de los miembros destacados del movimiento filosófico del Existencialismo, donde su foco de reflexión y análisis se centran en la condición humana, la libertad, las emociones, en definitiva, el significado de la vida.

Pero es que este filósofo francés, nacido en Argelia, además de haber sido uno de los mayores escritores y pensadores del siglo XX, fue un buen futbolista en su etapa adolescente. Jugando como delantero centro, y también de portero, en el Racing Universitario de Argel, donde, a parte de haber sido la estrella del equipo, comprendió que la ética y la moral no son temas exclusivos de la filosofía académica:

“Aprendí pronto que una pelota no llega nunca del lado que uno espera. Esto me sirvió de lección sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no es sincera”.

En su obra de ‘El hombre rebelde’ nos transmite el fútbol como una de sus grandes pasiones junto con el teatro, pero que si hubiera sido por él, si la tuberculosis no se hubiera cruzado en su camino, hubiera elegido “el fútbol, sin duda.” Esta enfermedad mortal, nada más y nada menos que a los 17 años de edad, impidió que continuara jugando al fútbol. Sin lugar a dudas, Albert Camus entendió que los códigos y las reglas del fútbol eran perfectamente comprensibles, y dignos de análisis para estudiar y enfocar el comportamiento del hombre ante la vida. ¿La esencia futbolística puede perdurar sin la Filosofía? ¿La Filosofía puede omitir todo lo que causa y produce este hermoso deporte? Lo bonito de todo esto es que siempre da que pensar, tanto el fútbol, como evidentemente, la vida.

En el siguiente texto íntegro y literal de Albert Camus, que fue compartido en octubre de 1996 en la publicación cultural argentina ‘La Maga’, nos damos cuenta de lo que significó para él el fútbol y cómo lo vivió:

“Lo que debo al fútbol”

Albert Camus

Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1940, volví a calzarme los zapatos, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou. Fue, entonces, hace bastante tiempo, en 1928 para adelante, supongo. Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt — Mustapha era el Gallia.

Pero tenía un amigo, un tipo velludo, que nadaba en el puerto conmigo y jugaba waterpolo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial. El césped tenía en su haber más porrazos que la canilla de un centro forward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha.

Pero al cabo de un año de porrazos y Montpensier en el “Lycée” me hicieron sentir avergonzado de mí mismo: un “universitario” debe jugar con la Universidad de Argel, RUA. En ese periodo, el tipo velludo ya había salido de mi vida. No nos habíamos peleado, sólo que ahora él prefería irse a nadar a Padovani donde el agua no era tan “pura”. Ni tampoco, para ser sincero, eran “puros” sus motivos. Personalmente, encontré que su motivo era “adorable”, aunque ella bailaba muy mal, lo que me parecía insoportable en una mujer. ¿Es el hombre, o no es, quien debe pisarle los dedos de los pies? El tipo velludo y yo prometimos volver a vernos. Pero los años fueron pasando. Mucho después comencé a frecuentar el restaurante de Padovani (por motivos “puros”) pero el tipo velludo se había casado con su paralítica, quien seguramente le prohibía bañarse, como suele ocurrir.

¿Pero qué es lo que estaba diciendo? Ah sí, el RUA. Estaba encantado, lo importante para mí era jugar. Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de práctica, y del jueves al domingo, día del partido. Así fue como me uní a los universitarios. Y allí estaba yo, golero del equipo juvenil. Sí, todo parecía muy fácil. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años, que abarcaría cada estadio de la provincia, y que nunca tendría fin.

No sabía entonces que veinte años después, en las calles de París e incluso en Buenos Aires (sí, me ha sucedido) la palabra RUA mencionada por un amigo con el que tropecé, me haría saltar el corazón tan tontamente como fuera posible. Y ya que estoy confesando mis secretos, debo admitir que en París, por ejemplo, voy a ver los partidos del Racing Club, al que convertí en mi favorito sólo porque usan las mismas camisas que el RUA, azul con rayas blancas. También debo decir que Racing tiene algunas de las mismas excentricidades que el RUA. Juega “científicamente”, pierde partidos que debería ganar. Parece que esto ahora ha cambiado (eso es lo que me escriben de Argel), cambiado -pero no mucho-. Después de todo, era por eso que quería tanto a mi equipo, no solo por la alegría de la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota.

Como zaguero está el “Grandote” -quiero decir Raymond Couard. Le dábamos bastante trabajo, si mal no recuerdo. Jugábamos duro. Los estudiantes, los nenes de papá, no escatiman nada. Pobres de nosotros -en todo sentido- ¡muchos nos burlábamos de la dureza de nuestros propios pies! No teníamos más remedio que admitirlo. Y teníamos que jugar “deportivamente”, porque ésa era la dorada regla del RUA, y “firmes”, porque, cuando todo está dicho y hecho, un hombre es un hombre. ¡Difícil compromiso! Eso no puede haber cambiado, estoy seguro.

El equipo más difícil era el Olympic Hussein Dey. El estadio quedaba detrás del cementerio. Ellos nos hicieron notar, sin piedad, que podíamos tener acceso directo. En cuanto a mí, ¡pobre golero!, vinieron por mi cadáver. Sin Roger ¡lo que hubiera sufrido! Estaba Boufarik, ese centro forward grande y gordo (entre nosotros lo llamábamos “Sandia”) se excusaba con un: Lo siento nenitoy una sonrisa franciscana.

No voy a seguir. Ya me excedí de mis límites. Y entonces, me pongo reblandecido. Hasta en “Sandía” veo bondad. Además, seamos sinceros, bien que esto era lo que habían enseñado. Y a esta altura, no quiero seguir bromeando. Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí con el RUA no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes.

Patricio Gonzalez

Written by

Periodista deportivo y entrenador de fútbol base. Colaboro actualmente para la revista de filosofía política, @Arendtians.

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