Hitler y mi profesor de castellano

0.11 a.m.

Sin saber porqué, desperté recordando una sucesión de eventos que, rápidamente, finalizaron en el diario de vida que mantuvo Adolfo Hitler mientras estuvo preso en Landsberg, verano de 1924. Allá, por el 2001–2002, mi prima Katty se había casado hace poco con un alemán, hijo de un astrónomo quien (en ese entonces) hubo descubierto algo que parecía imprescindible para la ciencia. Era lo que decía mi nuevo primo político, Wolfgang. Quizá, con el paso de los años esté tergiversando los acontecimientos respecto a su padre, pero lo cierto es que algo en el espacio descubrió. A día de hoy, no recuerdo haber ido a otro casorio. De esto, no saco conclusión alguna. Quizá, me he juntado demasiado tiempo con gente demasiado correcta o -entiéndase- incorrecta. Arrendaban una enorme casa en Providencia, avenida Suecia, en Santiago. Daba la casualidad que a la vuelta de la esquina vivió el entonces presidente Ricardo Lagos, lo que indica el cambio socioeconómico por el que pasó mi prima. Tuvieron juntos dos hijos, dos sobrinos que poco y nada veo hoy en día. Lo importante es que desperté recordando que un día le pedí a Wolf un libro. El que me pasó fue mein mampf, mi lucha, de Hitler. Yo debí tener unos quince años, quizá más. O quizás no. Lo seguro es que no pasaba de los dieciocho. Al fin, con mi hermano nos vinimos a Rancagua de vuelta y yo olvidé entregar el libro. Las vacaciones de ese verano terminaron y yo ya había comenzado la lectura del libro, asombrado a tal punto que lo comencé a llevar al liceo (el Óscar Castro). En una oportunidad, mientras esperábamos a nuestro profesor de castellano, Miguel Ángel Sepúlveda, el llamado picapiedra, saqué el libro de mi mochila y seguí en la lectura de Hitler. Siempre tuve cierto rechazo a sentarme en las mesas de atrás, por lo que optaba desde la mitad hacia adelante. Fue entonces que llegó el profesor e, inmediatamente, me preguntó que qué mierda estaba leyendo. Así. Tal cual. Me puse de pie y le llevé el libro a sus manos. Miró la portada, sus colores. Pasó sus manos gruesas por él, manos que parecían expertas por las muchas vivencias y luego buscó mi mirada, con un gesto extraño que me resulta imposible describir hoy. Préstamelo, luego te lo devuelvo, dijo él. Yo solo asentí y volví a mi mesa.

Como era de esperar, el libro nunca más lo vi. Pasados los años, a veces, he pensado que el profesor consideró que yo era muy joven para estar leyendo el diario de Hitler y sus ideas. Quizá, con quince años, me vería fácilmente influenciado hacia el nacionalsocialismo y él lo sabía. Así que me robó el libro. Si algún día me lo topara en la calle, le contaría esta inolvidable experiencia para mí (experiencia que para él no debe ser tal, pues no creo que siquiera la recuerde). No le daría las gracias, solo se lo contaría. Quizá, algún día lea ésto.

A día de hoy, no he ido a comprar jamás mi lucha aun cuando la venden a un precio más que accesible en los libros usados. Ahora sí podría leerlo con cierto neutralismo y sin esperar nada del texto, más que un poco de historia y sacar conclusiones vagas de la mente de Adolfo… espero.

00:17 a.m.