Ciento treinta y ocho y siete.
Egresar del jardín de infantes era algo que me aterraba. Me pintaban la escuela primaria como algo “más serio”; mis compañeros por ese entonces hablaban de que en primer grado ya no se jodía, se iba a estudiar; la primaria era el GRAN PASO. ¿¡Cómo no me voy a aterrar así!? Crear esa fama alrededor de la escuela no me parece una buena estrategia, señora.
Un sábado, meses antes de terminar la sala de 5, le pedí a mi mamá que me prometiera no mandarme a la escuela nunca. No recuerdo qué me respondió (no eran ni las ocho de la mañana así que medio que prefiero no acordarme).
Lo curioso viene acá: a primer grado entré. Pasé a segundo, pasé a tercero, pasé a cuarto y pasé a quinto. Y llegué a sexto. En sexto, miedo.
Miedo porque después de eso venía la secundaria, un ámbito más serio, más difícil, más exigente. Ese año escuché mil veces a mil maestras diferentes insinuar cosas del orden de “en la secundaria te cortan un dedo por cada punto que te falte para el diez en una prueba”. No tan así, pero la idea era esa.
La secundaria la terminé el año pasado y, el 8 de marzo último, empecé una carrera terciaria. Para no alargar más esto (creo que la idea quedó clara), diré que la humanidad entera debería valorar no haber compartido cabeza conmigo en la noche del 7.
Y acá estoy, terminando el primer cuatrimestre. Por ahora sin problemas, pero ansioso por saber cuál va a ser mi próximo miedo impuesto, tonto y evitable.