Fotografía por: Dmitry Ratushny

Los piratas del libro (y otras fábulas editoriales)

Prefacio

Dedicar un nuevo artículo al mundo editorial podría dar impresión de que estoy muy interesado en el rubro. Siendo franco — y como dije en el primero — soy más bien un outsider y mi sensibilidad por el libro llega hasta la lectoría (pasar a la autoría sería estirar mucho la cuerda, aunque aprecio el espaldarazo de voces autorizadas como Gabriel Rodríguez o Carlos Reyes, que a su manera me instan a publicar), pero dado que en mi círculo hay buen número de trabajadores ligados al sector — ilustradores, escritores, editores — considero importante aportar a un debate hasta ahora muy enfocado en el aspecto moral (sin duda la piratería es en sí tan reprochable como el plagio o falsificación), pero que exige hilar más fino en cuanto a su significado.

Piratería: ¿problema u oportunidad?

En su muro de Facebook (10 ago., 2016), Jorge Baradit — best-seller con el polémico libro “Historia Secreta de Chile”, Ed. Sudamericana, 2015 — criticó el fenómeno de la piratería, que le atañe directamente y que ha alcanzado tal nivel de sofisticación que hoy la copia llega a las calles antes que el original a librerías. Si bien comparto grosso modo su discurso (desde mi tribuna en Grafiscopio defiendo el Derecho de Autor y también he entregado mi esfuerzo gráfico a la creación de libros, aunque desde el rol de “proveedor de servicios”, muy distinto al de Autor y más bien en la frontera del ecosistema editorial según el diagrama de la Política Nacional de la Lectura y el Libro 2015–2020, CNCA, Pág. 24), creo que tanto Jorge como las editoriales — si es que no son la misma voz — han errado en su interpretación de la piratería y, por extensión, del modo en que se transfiere información hoy en día.

En mi artículo anterior traté el problema del ínfimo pago de derechos a autores, consecuencia del modelo de negocio editorial (muy poco innovador según Joe Wikert en Whatever happened to innovation in the publishing industry?”, 14 Dic. 2015), y que por cierto explica el alboroto respecto a piratería (a menos que la librería consiga vender una tirada, la cadena de valor del libro se viene abajo). Nadie entiende mejor el asunto que Suw Charman-Anderson en su artículo “Piracy, Saviour of the Book Industry” (Forbes, 13 Feb. 2013). Primero expone las posturas ideológicas en torno al tema (abarcando todo el espectro de comentarios a la nota de Baradit) y luego afirma que nada de eso importa frente a un hecho irrefutable: la piratería llegó para quedarse y controlarla o erradicarla no pasa por una caza de brujas, sino por reformular el modelo de negocio y Propuesta de Valor:

«Some of this does require publishers to use technologies that they don’t usually get involved with, but there are some amazing businesses that publishers can partner with to remove the need to develop stuff in house (…) Treat piracy as if it is an obstacle that you need to find a way around, not as something you need to get rid of. Accept that the world has changed. Divert effort and money from fighting piracy to making piracy irrelevant. Let piracy teach you how to develop resilience, strength and new business models. Let piracy save you.»

Hay poco que agregar a una opinión tan precisa, salvo el curioso hecho de que algunos gigantes editoriales que hoy defienden la Propiedad Intelectual o fustigan la piratería son los mismos que construyeron su imperio sobre tales prácticas, si damos crédito al artículo de Greg Sandoval (“How piracy built the U.S. publishing industry”, CNet, 27 Feb. 2012), cuyo epílogo arroja una pista: «This may help explain why the United States is so focused on blocking suspected overseas pirate sites», lo que nos lleva al siguiente punto:

Neil Gaiman (UK), sobre piratería : «Sólo 5 a 10% de lectores compraron el libro de su autor favorito; más bien les fue obsequiado o prestado, y así descubrieron a su autor favorito. Si lo ves como una compra perdida, te equivocas. Nadie que pueda pagar por tu libro dejó de hacerlo porque esté disponible gratis. Lo que en verdad estás haciendo es promoción.»

Las cartas sobre la mesa

¿Qué lleva a un autor a censurar la piratería? ¿Existen motivaciones subyacentes o adicionales a las de orden ético, legal o de camaradería con otros creativos?

Según un artículo titulado “El negro futuro que espera a los artistas en Chile” (El Mostrador, 11 ago. 2016, basado en datos del Proyecto Trama y del Sindicato Único de Escritores y Escritoras de Chile - SUDEC) muchos literatos viven una realidad compleja, de incertidumbre laboral y financiera: 61% no recibe pago alguno por derechos de autor y 53,7% no está cotizando para su vejez, por lo que arrimarse a buena sombra de un contrato es siempre preferible (aunque implique concesiones como volverse una especie de agente de ventas de la Editorial: aparte de escribir, el autor debe hacerse cargo de difusión en redes sociales, giras promocionales y firma de libros, lo que presumo ha de ser una capitulación bien negociada, parafraseando a Raúl Ruiz cuando aceptó hacer cine por encargo) y siendo así parece razonable velar por los intereses corporativos, sobre todo si existe un vínculo de confianza con la Editorial. A esto se suma otro ingrediente y es que los creativos “sufrimos” de ego, y ser convocado o representado por una entidad reputada es percibido como trofeo, símbolo de estatus profesional. De ahí a respaldar la posición de esa entidad hay un solo paso.

Siguiendo con mi hipótesis, la mayoría de autores chilenos de cierto renombre pertenece a la llamada “Generación X” (edades promedio entre 30–50), esa que creció viendo televisión, prensa oficial (diarios, revistas, libros) y para quienes la consagración era justamente llegar a esos “altares”: otro antecedente que explica la defensa de las casas editoriales, anhelado sitio al que soñaban acceder desde jóvenes.

A diferencia de sus predecesores, los Milennials no buscan ni esperan esa validación de antaño, pues nacieron con la internet, donde las leyes son otras: se diluyen las jerarquías verticales, desaparece la figura del editor (o censor), casi todo es autogestión (Patreon, Youtube, etc), los contenidos son primordialmente visuales e interactivos, y compartirlos es parte del juego, por muy ilícito que suene desde la óptica del establishment.[*]

Curiosamente la dinámica y popularidad de los nuevos medios termina sometiendo a los viejos bastiones de validación, que hoy se esfuerzan por atraer a esos talentos “desconocidos” hacia entornos convencionales, para sacarles partido y mantener con vida el negocio tradicional. Es el caso del chileno Germán Garmendia (HolaSoyGermán”, Youtuber dueño del 2º canal con más suscriptores del planeta y que acabó publicando el libro “Chupa el Perro”, Ed. Alfaguara, 2016) o Hugh Howey (EEUU), best-seller en Kindle que posteriormente negoció con Simon & Schuster la versión impresa de parte de su obra. Howey es un declarado promotor del eBook (formato al que editoriales impresas atribuyen menos éxito del que realmente tiene) y defensor de los derechos de autor en el más amplio sentido (junto al incógnito ‘Data Guy’ crearon la plataforma AuthorEarnings.com).

«Traditional publishers aren’t needed at all for nonfiction. If you look at what they’ve acquired recently … it’s dreck.» — Hugh Howey

Cuando Baradit condena la piratería, en cierta forma está protegiendo a la mano que le da de comer, ¿Y quién puede culparlo? Sin embargo cerrar filas en torno a cualquier Editorial (bajo el atuendo de una cruzada pro-autores o pro-libro, por honesta que sea) no ayuda al crecimiento de la industria, todavía aferrada a un modelo de negocio rígido (y cubierto por el barniz romántico de la producción tradicional, ese “amor al papel” que mencioné en otro artículo):

«I hope it gets to where we don’t really care about how we’re reading the story but we’re just consuming the story. So we won’t talk about whether we saw Deadpool in IMAX or 3D but just how funny the movie was.
I think we are pretty much there with readers. Readers just talk about who got the latest novel by their favorite author. It’s the publishers and retailers that are obsessed about what format things should be in.» — Hugh Howey

Si el sector Editorial pretende subsistir, debe adaptarse al siglo XXI empezando por aceptar que los parámetros son hoy diferentes. Un solo ejemplo: movimientos como el CopyLeft o Creative Commons nacieron justamente para flexibilizar la vieja cláusula de “todos los derechos reservados”, incompatible con las nuevas tecnologías de información y comunicación. Pero claro, desde una mirada aquejada de presbicia cualquier cosa que se aparte del conducto regular luce como aberración, por no decir delito...

Y en cuanto a los autores, me pregunto si tiene sentido que sigan predicando contra la piratería editorial (pues de ello dependen sus ingresos) o si no es tiempo de que empiecen a explorar nuevos formatos (complementarios, no excluyentes) que reduzcan el impacto del comercio ilegal y les garanticen mejores ingresos por medio de “diversificar la matriz energética” hacia otras opciones donde — dicho sea de paso — adquieran más valor y sean menos dependientes de intermediarios.

[*] La industria Editorial no es la única desconcertada y renuente a los cambios que imponen los nuevos medios: otro caso emblemático es el de la Publicidad.