Patria de la gente

/El Roto/ no es un genio de la ilustración sino de psicología humana, de la metafísica de nuestras debilidades.

Recientemente publicaba una viñeta en la que transfigurado en abuela le pregunta a su nieto si se sentía orgulloso de ser español. Contestaba el niño, como un oráculo, que le avergonzaba ser de cualquier parte.

En las primeras convocatorias electorales /Podemos/ fue depositario de un significativo porcentaje de sensibilidades de izquierda, personas que ya habían dejado de identificarse con otras siglas o que fueron ilusionadas por una nueva narrativa con mezcla de antiguos valores republicanos y de actitud intensa y directa contra la corrupción.

Uno de los conceptos programáticos y estratégicos, de filosofía política, de /Podemos/ es que la “Patria es la gente”. Es como un ideograma, simbólicamente poderoso y líricamente bello.

De este modo la Patria es la comunidad, la proximidad, los vínculos, la relación de los unos con los otros. Tiene además una semántica enlazada con la soberanía popular, con la noción más intuitiva de democracia.

La soberanía reside en el pueblo, de manera que a los ciudadanos del pueblo no nos gobiernan, sino que nos gobernamos: nosotros elegimos a ciudadanos para gobernarnos a nosotros mismos. De ahí que la ideología de izquierdas, el pensamiento de izquierdas, perciba lejano el concepto de autoridad y se mueva sentimentalmente con más comodidad en la igualdad.

Esta reflexión es sobre la democracia. Por supuesto no estamos considerando en este esquema los calificados torticeramente de totalitarismos o dictaduras “de izquierdas”: no hay dictaduras de izquierdas o de derechas… hay dictaduras en donde, como en cualquier otra violencia abusiva, se instrumentan (o se construyen, o se diseñan) los preceptos ideológicos que se sean necesarios para la supremacía y pervivencia de la propia dictadura.

La soberanía popular basada en la “patria de la gente” es una idea con intimidad seductora, pero que necesita gobiernos de ciudadanos con un marcado sentido de lo común interiorizado para ser materializada, para impregnar cada uno de los actos legislativos, cada una de las políticas de Estado. Produce una sensación muy de país nórdico, muy de Noruega o Finlandia, de Dinamarca, comunidades con bajísimas tasas de corrupción, altas de transparencia, con elevando sentimiento colectivo, de cultura de pertenencia a un grupo de iguales, con soberbios sistemas educativos y desarrollo de los servicios públicos, compatibles con la actividad de empresas e intereses privados tan lucrativos como en cualquier otro capitalismo (hagamos un repaso mental de empresas nórdicas globales…Ikea, Maersk, Nokia, Volvo).

Desafortunadamente, España parece carecer la mayoría de las veces que se la mira de ese sentimiento de comunidad nacional, de colectivo fraterno. Demasiados débitos históricos con la dictadura, demasiada perversión y apropiación de conceptos y símbolos, por depredación de unos y dejación de otros. ¿Hemos olvidado, si alguna vez la tuvimos, esa sensación de compartir un mismo futuro por construir, un mismo afán de progreso en comunidad?. La “patria de la gente” a veces en España suena a viñeta de /El Roto/.