Un día decidimos tener un hijo

Un día decidimos tener un hijo. Digo decidimos como si yo hubiera tenido algo que ver. Era él quien quería verse repetido en otra persona. Presionó tanto y de tal manera que al final me di por vencida pensando que iba a tardar. Y no, preñada en la segunda semana de intentos. Para morir de risa.

Decía él que nos embarazamos. Decía yo que me embaracé. El no sintió en ningún momento la urgencia terrible de comer zanahoria con salsa Valentina a todas pinches horas. A las siete de la mañana con el té que sustituyó al café. A la 11 con el almuerzo, a las 5 en la caminata diaria y a las tres de la mañana cuando él dormía plácidamente mientras yo salía en pantuflas al súper más cercano.

El nunca sintió las náuseas de la mañana ni vomitó como relojito todos los días a las ocho de la noche durante un mes. El no vio sus piernas llenarse de venas que trepaban simulando arañas ni sintió los pies inflarse hasta reventar las medias.

Pero más importante, él no sintió a esa cosa moverse en su cuerpo.
Estaba segura de que pariría a un renacuajo. Lo sentía moverse en el vientre y mover la cabeza de renacuajo en abierta afrenta a la naturaleza. Mi cuerpo ya no era mi cuerpo. Era un mero recipiente de esta cosa que crecía sin parar y que me llenaba de estrías, grasa y hormonas de mujer. No era yo. Moriría y me convertiría en alguien más. Despertaría siendo un animal que abre las piernas y deja caer una cría. Me repugnaba el baño diario y la visión de ese bulto creciendo dentro de mi. Me repugnaban el terrible crecimiento de mis otrora hermosos pezones. Me repugnaba la idea de ese animalito dentro de mi.

Él andaba feliz, sobando la panza pero hasta ahí. “Es que lo vamos a lastimar”. Madres, se le veía el asco a metros a la redonda. Y eso era el primer trimestre, no quería imaginar hacia el final.

Me dio por revisar los videos de las panzas de embarazadas y por ahí me vine a enterar de que el bebé se mueve y se puede ver la patita en las costillas y las garritas en el ombligo. Eran pequeñas películas de terror.
Mis amigos dejaron de visitarme hacia el segundo mes. Yo hubiera hecho lo mismo, no los puedo culpar. Cada que mencionaban el embarazo una lágrima me cruzaba la cara por estar en un estado tan vergonzoso en mi.

Dijo él que la culpa fue mía. Que mi odio hacia la cosa esa provocó que mi cuerpo lo rechazara. No lo voy a negar, me sentí aliviada. Pero de ahí a que lo hiciera a propósito hay mucho trecho. Me cuidé hasta el extremo. Pero mi cuerpo nomás no quiso. No estoy hecha para esas cosas. Y de todas maneras me dolió. La gente habla del aborto como si no doliera y se les olvida que es también un parto. Mas pequeño pero un parto; si acaso peor porque al final terminas con la mirada piadosa de la enfermera en lugar de un semi humano en los brazos. Y además tiene una que andar aclarando si fue intencional o no. Claro que no fue intencional. No, no me tomé nada. No, no me metí nada. No, no le ordené a mi cuerpo que lo sacara. No, no estoy llorando porque no tengo corazón.

Nos separamos al mes del incidente. Nomás no pude tolerar tanto reclamo. Ya no podía con su necesidad de saberse creador de otro humano, en su cabecita “el mejor esperama del mundo con los peores huevos de la comarca”. Me sentía liberada, al menos ahora ya no le dejaría al mundo otro como él.

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