Sepultura

¿Y por qué si a fin de cuentas me dijeron que no tenía importancia? Durante semanas fue la quietud misma, muy probablemente por no permitirle reposo a mi cuerpo. No soñé nada. Permanecía en ese sopor diurno que no me deja más que moretones verdes en las piernas y debajo del lunar de mi estómago. Un sopor que me hace parecer profundamente estúpida, tirando todo y pidiendo disculpas reiteradamente. De noche, cuando lo logré (quiero decir, dormir) estábamos las dos sentadas, mi madre y yo, ella se quejaba como de costumbre de mi afán de querer cerrar toda puerta y ventana cuando las temperaturas bajan. Le dije (algo como) “qué querés que haga, me hace mucho frío. Y vos siempre fuiste muy atérmica. Si me enfermo es por tu culpa”. Comprendamos juntos, cuando se enoja es La Bestia que aúlla como perro que trae mal augurio. Se complica cuando un espacio llega a ser tu hogar, sin embargo no es tu casa. Cerrar una ventana es el peor de los males, el más profano de los actos: de habitaciones frías a gélidas, tal es el orden de sus preferencias. Me ahorré decirle algo más pero le toqué la nuca con mis manos congeladas en un bonito color morado morgue. Saltó, me miró fuerte y me dejó prender una hornalla para calentarme. Los pies eran tema aparte. Conté uno, dos, tres pares de medias cuyo aporte a mi calor corporal es más mentiroso que ese cuento de la democracia. Y cualquiera que haya estado en contacto con mis pies sabe lo fríos que se pueden poner los muy hijos de puta. No sé qué hora del día pretendía ser, afuera estaba claro pero luego nos cayó una avalancha y tragamos nieve muy blanca y de a momentos muy negra. Tragar esa nieve fue como tragar helado de limón, el sabor que más detesto. Al final no hubo puertas ni ventanas para pelear por si debían estar cerradas o abiertas, solamente frío y un sol que quemaba nuestros rostros. Aun estando sepultada me dediqué a pensar intensamente en nada, como dicen que hacen los patos, esos seres tan impermeables. Nevaba a la europea. Levitamos sobre la montaña blanca como ángeles inuits. Desperté sudando de cara al sol real: iba a ser un día largo. En lugar de pasar mis días pensando intensamente en nada y durmiéndome en los rincones (como los patos) podría haber escrito. Pero no. Desperté y así y todo, seguí sepultada. Llevo un rato largo sepultada bajo un alud.

¿De qué sirvo acá y así, abajo? Abajo. Todo para decir que no escribí en meses. Y como eso no me gustaba busqué un libro de Stephen Dixon que se llama “Meyer”, sobre los bloqueos. Un escritor de ficción explora en las calles de Baltimore el “objeto literario” que perdió como yo perdí mi ojota izquierda. ¿Qué necesita para escribir de nuevo? Ni el sexo con su esposa, ni pensar en el sexo con alguna vecina, ni pensar en desgracia familiar (o maravillas familiares). Llega a la conclusión de que nada en su vida merece la pena ser escrito. No quiero spoilear a nadie el final, igual.

Dixon tampoco me sirvió. Mi objeto literario no se comunica conmigo, llega siempre y cuando escriba. Un sábado me puse a escribir y quedé a oscuras y sin música. Llovía copiosamente*

(Las únicas dos cosas que pueden caer copiosamente son la lluvia y la nieve. Como si no tuviesen otro uso posible. Lo mismo ocurre con la palabra “desopilante” que al parecer sólo sirve para que los periodistas se refieran a esa comedia que hay que ver sí o sí en Carlos Paz)

*por lo tanto saqué mis branquias en una caminata a un café del barrio, para fagocitar electricidad y cargar mi teléfono para poder escuchar una canción de Visage que no podía dejar de tararear. Una cosa llevó a la otra, más tarde esa noche me toparía con los mozos de tal café en un bar irlandés, quienes me preguntaron si era yo la que a la siesta había pedido un café con crema. Entonces no escribí sobre eso, pero sí sobre la endogamia de las ciudades pequeñas y de cómo al final todos somos primos, o todos estuvimos con vos. O conmigo.

Ahí caí en la cuenta de que todo momento es el momento justo. Osvaldo Lamborghini siempre lo dice mejor que yo, “estoy harto de navegar de un manuscrito a otro, de un fragmento a otro; de estar disfrazando, de algún modo, de fragmentario, a un bicho que fue parido entero. Me es difícil escribir porque ya lo hice, porque ya escribí. La literatura es fácil: a personas como vos y como yo nos bastó nacer para ejercerla, para ejercer su poder. Lo problemático es continuar después de la ejecución… ese músico compulsivo que pretende seguir dándole a la cuerda o a la tecla cuando ya se apagaron las luces y el público se retiró.” Y me ocurre. Cuantas acuarelas cagué por querer seguir pintando eso que ya estaba bien. Pero es que se sentía bien seguir pintando.

Después de haber caído en la cuenta, no quise seguir la noche en el irlandés, me despedí de todos con la excusa de que tenía sueño. Lo cierto es que me metí en otro bar, tomé más cerveza y mendigué unos cigarrillos. Esperé a que la mañana de domingo ya fuese un poco clara como para poder caminar tranquila. No sé bien cómo, me metí a las Carmelitas Descalzas. Mi madre suele contarme que a pocos días de nacer yo, se desmayó en el último banco de una iglesia de la calle Colón. Se había metido ahí porque era junio y hacía mucho frío. Se sintió mal y el único lugar abierto era ese. No sé qué más pasó después de ese episodio, seguro nada relevante. Pero cuando paso enfrente de una iglesia, parroquia o pequeño templo, siento unas irrefrenables ganas de meterme y dar unas vueltas, siempre recordando ese relato. No hice más que eso.

Al volver a casa esa mañana, me enteré de que a mi gato, Bolchevique, alguien le había disparado en la patita con un aire comprimido. Iba a estar bien, pero se lamía la herida con empeño. Cambié la angustia por relatos: que cuelgo al vecino de un pie, desde un árbol y la sangre le queda toda en la cabeza. Entonces unas sanguijuelas del río beben de su cabeza sucia con el mismo empeño que tenía mi gato al lamer su herida. Al volver además me encontré con un panorama verde moco: todos yacían y sudaban antibióticos. Tomaban té negro y comían galletitas con queso magro. La Experiencia me dice que eso comen los convalecientes porque es lo menos desagradable a la hora de vomitarlo más tarde. Me olvido con frecuencia de por qué escribir. Y en mi caso no es nada más trascendental que dejar registro de esta clase de observaciones tan poco importantes que ni epitafio merecerían (de morir) ante mis pocas ganas de hablar con nadie.

Escribir porque, como Lamborghini le escribe a Hanna Muck:

“Querida mía

[…]

¡Que me cuelguen! Quiero verte en Barcelona, quiero reunirme con vos. Tengo un plan maravilloso: cagarme en todo. Reír (ya lo estoy haciendo). Me he curado.”

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