Las mujeres, sin lugar en el sindicalismo argentino

El 22 de agosto la Confederación General del Trabajo (CGT) eligió a su nueva conducción en el congreso normalizador en Obras. El nuevo Triunvirato pasó a estar formado por Héctor Daer, Carlos Acuña y Juan Carlos Schmid. Ninguna mujer, pero eso no llamó la atención ya que suele ser moneda corriente en el sindicalismo argentino.

La actividad gremial se remonta a principios del siglo XX, época que coincide con la fase de industrialización e inmigración en Argentina. Desde un comienzo, al concepto trabajo se lo relacionó con el empleo en fábricas, espacios en los que, influenciados por las ideas anarquistas y socialistas de los trabajadores inmigrantes, comienza a surgir la idea de organizarse en sindicatos de oficio, que luego se consolidarían con las primeras centrales sindicales.

A pesar de que las mujeres representaban un porcentaje significativo en el trabajo fabril no contaban con los mismos derechos que los hombres: cobraban la mitad que ellos, siendo esta la razón por la cual los patrones deseaban emplearlas. Además, debían ocuparse de las tareas del hogar y de la familia por el mandato social que se les imponía, cumpliendo así una doble jornada laboral.

Recién con el gobierno de Juan Domingo Perón, el movimiento obrero logró un proceso de institucionalización. Fue con la sanción de la primera Ley de Asociaciones Profesionales, normativa con la cual el sindicalismo se convirtió en una organización vertical y central de este gobierno. Perón también recibió el apoyo de gran parte de la población femenina, ya que en 1951 las mujeres pudieron votar por primera vez. Esto fomentó la participación política y, a su vez, la sindical en las mujeres.

Sin embargo la desigualdad entre géneros persiste hasta la actualidad, más aún en los sindicatos, espacios machistas por excelencia. Según el informe “La participación femenina en las comisiones directivas de las organizaciones sindicales”, de la Subsecretaría de Programación Técnica y estudios laborales del Ministerio de Trabajo, publicado en agosto pasado y realizado sobre una muestra de 25 sindicatos, las mujeres suelen ocupar las secretarías de la Mujer, de Acción social, de Turismo o de Tesorería, no pudiendo acceder a los cargos más importantes en los que se discute el convenio colectivo.

Para Maia Daer, abogada de ATSA (Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina) e hija del actual secretario general de la CGT, Héctor Daer, “la participación de la mujer ha crecido en los últimos años, pero hay que tener en cuenta que la mayoría de las personas que deciden caminar el ambiente sindical son hombres”. Considera que generalmente son las propias mujeres las que deciden no hacerlo, ya que “desconfían de la forma de hacer política en los sindicatos” o porque “creen que es un ámbito copado solo por hombres”. Además, explica que el porcentaje de mujeres depende de las actividades que nuclee el sindicato. “En ATSA el 60 por ciento corresponde al cupo femenino y tenemos una alta participación en el consejo directivo”, ejemplifica. Pero no siempre es así: sindicatos como SMATA (Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor) o la UOM (Unión Obrera Metalúrgica) prácticamente no tienen personal femenino porque son muy pocas las mujeres afiliadas. Según Daer: “Esto genera cierta desigualdad en las negociaciones por las paritarias o en las reuniones con funcionarios del Gobierno ante los ojos de los medios. Pero es algo que tiene que ver con la cantidad de hombres y mujeres que están afiliados al sindicato, no es por una cuestión de exclusión de las mujeres o incompetencia de éstas para ocupar altos cargos”.

La ley 25.674, también conocida como Ley de cupo sindical femenino, fue sancionada en noviembre de 2002, y dictamina que un 30 por ciento de los cargos electivos en comisiones directivas y otros órganos de dirección deben estar ocupados por mujeres. Igualmente, está contemplado que la representación proporcional estará “en función de la cantidad de trabajadoras de dicha actividad”. Sin embargo, según el ya mencionado informe, de los 25 sindicatos relevados, cinco no tienen ninguna mujer en su cúpula directiva nacional. Por otro lado está el caso de la CGT, que de 35 cargos, solo dos están ocupados por mujeres, sin ninguna en el triunvirato dirigente.

Para María Emilia Villar, secretaria general del sindicato de trabajadores pasteleros, confiteros, pizzeros, heladeros y alfajoreros de la Patagonia argentina, “hay muchas cosas para corregir, como en cualquier ámbito, pero se ve mucho trabajo y compromiso en todas las áreas”. Sin embargo, considera que “la situación aún está manejada por los hombres y no por las mujeres”, a lo que agrega: “A veces los sindicatos cumplen el cupo femenino porque tienen que hacerlo y no porque crean que la mujer pueda aportar algo positivo. Se está revirtiendo ese pensamiento, pero no estamos en una situación de completa igualdad”.

Finalmente, teniendo una noción del recorrido histórico por parte de las mujeres en el sindicalismo argentino es posible llegar a la conclusión de que éstas nunca han estado ausentes, sin embargo, su inserción ha sido poco visibilizada y muchas veces frenada. Si bien desde el siglo XX han tenido activa participación en huelgas, toma de fábricas y marchas, no recibieron el reconocimiento necesario hasta llegados los setenta, década en la que hubo una gran incorporación femenina en el mercado de trabajo, y por ende una mayor afiliación. Tanto Maia Daer como María Emilia Villar aseguran que la posición de las mujeres en el sindicalismo argentino va a cambiar de forma positiva. “Vamos a ser muchas más, estoy convencida”, asegura Villar.