• Solitario.

¿Alguna vez te contaron de una muerte inusual? Un tipo muere devorado por un cocodrilo en plena capital. Un niño tropieza y cae a un pozo, muerte al instante.

Puedo hablarte de una muerte más inusual, la que estoy por protagonizar en algunas horas. Rodeado de rocas espaciales, mi nave estrellada a metros totalmente inutilizada. Yo vistiendo un tosco y blanco traje de astronauta. El oxígeno comienza a terminarse y mi sudor frío, helado como un charco en pleno invierno, me recuerda segundo a segundo mi condena. ¿Pueden imaginarlo? No estoy a simples kilómetros de mi familia, no me despido de ellos a causa de una disputa familiar. No beso a mi mujer, no abrazo a mis hijos por última vez por una distancia de años luz. Años luz. El solo pensar en ese concepto deshace el sabor de los desayunos que mi madre preparaba con tanto amor cuando tenía apenas diez años. Me hace extrañar todas las noches de pasión cargadas de cariño con mi esposa. No volver a jugar con mis hijos con un clima caluroso y un ambiente de risas, en familia es el pensamiento que me derriba. De rodillas, con los dedos cubiertos por gruesos guantes los apoyo contra mi visor mientras que mis lágrimas impactan contra él como gotas de lluvia contra los vidrios de un auto. El horrible sentimiento de la lejanía, de morir en completa soledad. Morir sin poder siquiera tocar por última vez mi propia piel.

Corro sin destino, en línea recta. El llanto incrementa, levanto tierra extraterrestre a cada pisada desesperada hasta que mis piernas dicen basta y me dejan caer. Me desplomo en el suelo. Saliva, sudor y lágrimas se mezclan en una sola fórmula dentro de mi traje de astronauta. La luna. La luna se ve hermosa con su aura blanca, tan redonda como siempre, con una figura que volvería loco al más fiel. Y un color. Ese color que tanto tiempo me quito el sueño. Que hermosa es la luna y sólo yo fui privilegiado para verla desde ese lugar, en ese momento. Perdón creo que debo pedir, pero este es un show del qué sólo yo fui espectador.

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