Lo que su ex me enseñó

De todos los temas feministas este es el que más me hubiera gustado conocer cuando era niña porque de saber que la forma en qué percibimos a otras mujeres determina el cómo nos relacionamos con los hombres, con nosotras mismas y hasta con el entorno que nos rodea, hubiera saboreado de los frutos de la sororidad desde hace mucho.

He escrito sobre esto en otros espacios y también en diferentes etapas de mi vida, la primera vez que lo hice fue a principios del 2013 y en esa época conceptos como sororidad o división patriarcal, no estaban en mi vocabulario pero sí una fuerte necesidad de reafirmarme por encima del la ex de mi novio.

A veces creo que ese fue el primer acercamiento con el feminismo: una noche sentada frente a mi computadora con una taza de café y harta hasta los huesos de la inseguridad que ella me hacía sentir decidí escribirle una carta y aunque sabía que jamás me iba a leer quise hablarle con total sinceridad.

Le pedí perdón por las veces en que me sentí mejor que ella y en esas en las que me daba miedo parecerme a lo que él me contó acerca de ella. Luego intenté imaginar cómo es que una mujer que ama tanto como me imagino que ella lo hizo, se vuelve la verduga de una historia que parecía no tener final, yo necesitaba respuestas y entre más larga se hacía la carta más claro lo tenía todo: El amor se le había salido de las manos.

Y con esto una idea más grande se avecinaba a mi mente: ¿puedes juzgar a alguien que ama como tú? ¿se le puede reprochar por amar a la misma persona que tú?

Y aunque las respuestas son claras, no resolvió por completo esas emociones asfixiantes, ya que el tema es que tienes que tienes que lidiar desde los dos frentes: por un lado está la competencia imaginaria que nos inculcan desde niñas y por el otro, descifrar que es lo que su sombra representa desde tu historia de vida.

En otro momento de mi vida, en el que como avalancha se me venían todas las decisiones que postergué tomar, todas las pausas que me negué a respetar y toda la prisa sofocante que sentía por parecerme a un ideal de mujer perfecta- buena onda, que me obsesione por convertirme y que me encerró en una jaula de reproches y miedos, decidí volver a escribirle.

En esta ocasión fue una carta de desesperación, más bien de regalo. En el que aceptaba frente a ella todas mis derrotas y en la que suplicaba que se fuera o se lo llevará. Esta cabrón como la necesidad de ver afuera los problemas que llevas dentro hace que te convenzas de lo absurdo. Esta carta llena de quejas la compartí con alguien que nos conoció a las dos y en quién confío ciegamente, ella hizo por mí algo que yo nunca intenté siquiera: Ella valido todo lo que sentía.

Porque hasta ese momento en lo público y lo privado, todas esas emociones e ideas iban acompañadas de un “estás exagerando”, “todo pasa en tu cabeza”, “ni es para tanto”, “tú lo estás provocando” y la lista puede continuar, porque cuando una mujer posiciona sus demonios en el cuerpo de otra solo hay dos opciones y ninguna con pronóstico mejor que el anterior:

  1. Inviertes tanto en sentirte mejor que ella, ante los ojos de un sistema o una persona, que te quedas vacía y derrotada al saber que no es posible ser mejor que otra mujer, para ninguna lo es.
  2. Continúas con la práctica de opresión por excelencia, que divide y enseña juicios de valor para las mujeres y termina por debilitar la unión del género (tan importante en nuestros tiempos).

La única referencia que tengo sobre lo tóxico que es la rivalidad entre mujeres es esa escena de mean girls en el gimnasio de la escuela y aunque cumple con el objetivo de señalar el mal hábito es insuficiente a la hora de aprender que las mujeres tenemos una deuda histórica en ponernos el pie entre nosotras.

El tema es enorme y aquí solo cuento mi historia, en estricto sentido esta es la tercera vez en la que lo hago y en esta ocasión las cosas se ven distintas.

Tan distintas que dan para otra historia, una donde el amor se transforma en complicidad y destruye todos los moldes y en donde la rivalidad de mujeres se vuelve un buen pretexto para compartir y encontrarse lejos de los egos masculinos y propios.

La relación (unilateral) con ella es quizás el mejor parámetro para medir mi deconstrucción, porque entre más entiendo lo necesario que es el feminismo más fácil me fue soltar rivalidades absurdas.

Ahora su presencia me resulta un nostálgico recordatorio de lo importante que es el respeto entre nosotras y ella solo me inspira fuerza y poder, nada me ha hecho sentirme más libre que saber reconocerle lo chingona que es, homenajear ante él todo lo que ella hizo por su bienestar y compartir con ustedes mi experiencia porque el mundo se está pintando de rosa y todas decimos qué ¡nunca más por encima de la otra!