El Don

2 — El despertar, revoloteo estéril
Al despertar, tardé unos segundos en entender que algo no iba bien, y necesité una par de minutos más para volver a recomponer los fragmentos de aquella película gore. Una escena tan extraña que había precipitado mi caída por aquel apacible agujero de vacío que es el desmayo.
Supongo que habrían transcurrido una o dos horas, porque la composición pictórica que tenía enfrente había evolucionado en mi ausencia, adquiriendo tonalidades más oscuras, menos brillantes, en contraste aquí y allá con los colores pastel de la grasa y de los sesos.
El cerebro, cuando se ve sorprendido por estímulos que superan sus propios mecanismos de comprensión, tarda bastante en volver a funcionar. La realidad es una bruma frágil y cuando el viento escampa sus velos algo nos desconecta. Sonará obvio pero no lo es tanto, creedme. De golpe estaba de pie, y lo supe porque me temblaban las piernas, así que empecé a deambular por el pequeño piso de 50 metros cuadrados. Un piso que, cumpliendo perfectamente con su función de vivienda para un soltero como yo, se revelaba escaso continente para dos ocupantes tan alterados. Como yo estaba menos tocado físicamente que mi compañero, pude dar rienda suelta a mis impulsos y dar unas cuantas vueltas por la casa, como un autómata. En el proceso, esparcí al hombre bala. Visité en primer lugar el dormitorio — creo que buscando más seguridad — y al tumbarme en la cama dejé perdida la funda del edredón. Me mantuve tumbado unos minutos en posición fetal. Pero otra vez las náuseas me acariciaban el final del esternón y los músculos abdominales, empujando arriba y abajo comida fantasma. Me levanté, con el cuerpo arqueado, y seguí mi penosa ronda. No quería vomitar, temía vomitar. Me dolía la cabeza y no pude evitar hurgarme la nariz, primero con timidez y luego con franca saña una vez acepté que me daba igual lo que hubiese salpicado mis manos.
Al terminar por tercera vez con el parcour del piso, estando en la cocina, fui asaltado por el dubstep. Las lineas de bajos y los bombos aparecieron de golpe, como para dotarme de tempo. La canción era sin duda muy mala, pero yo ni pestañeé, me sumergí en su ritmo. Ahora mi nada mental poseía una estructura que podía seguir. Estoy seguro de que para cuando la canción llegó a su primer solo de bombos y bocinazos que querían ser líneas de bajo, me reí. Aquello era demasiado enfermizo para ser real. ¿De dónde provendrían esos beats del horror?
Oh sometimes I get a good feeling…
Es probable que estuviera bajo de tensión, de azúcar y de cordura, porque recuerdo que en ese momento tuve otro fundido en negro y recobré sentido de cuclillas, agarrado a la encimera. Seguía allí, en ese espacio modesto y amueblado por Ikea, con un muerto empotrado en la pared del set de televisión.
I get a feeling that I never never never had before…
Llegó otro de esos bajones horribles y más bocinazos electrónicos. Era un tema peor que el anterior, que acabó pellizcando mi conciencia. No hay nada mejor para volver a éste mundo como la música muy mala. Me sentí más despejado, y me dije que tenía que asumir que había un cadáver, que Tony Soprano ya no estaba, que era improbable que Tony Soprano fuera el cadáver. Uno asume lo más aberrante con naturalidad si hace falta. Por la wikipedia sé de un tipo que se operó a sí mismo de una apendicitis aguda, en algún círculo polar. Supongo que al quinto pinchazo supo que ese día tocaba cirugía abdominal. Estoy convencido de ello porque me ha tocado subirme al mismo tren. El más humillante de los sentimientos humanos es la aceptación, pero también el más útil. Eres un enfermo terminal. Te ha tocado. Aterriza un fiambre en tu vida y te deja sin argumentos, te ha tocado. Es una putada, tío, es una putada. Pero es lo que hay. Policía, CSI, bomberos. Porque esto no lo vas a limpiar en un rato, esto es una locura y quizá haya un asesino suelto y mañana tienes curro y no puedes presentarte allí desquiciado, que está ella, de recursos humanos, que está tu jefe y está tu otro jefe. Si llamas al 091 no sabrás responder a nada, pero te darán una manta — que en las películas parece cómoda — y una taza caliente de algo. Y tendrás una excusa para no tener que ir a currar mañana y dormir todo el día. Es una putada, lo sé. Pero toca. Llámalos.
Ayudado por las líneas melódicas de lo que fuera que estuviese sonando, agarré el teléfono — todos tenemos un teléfono fijo inútil — y marqué un número que recordaba vágamente como policial. En mi cabeza, el estribillo del que abusaba aquella canción.
Feeling feeling feeling feeling fee…
Y el teléfono empezó a dar tono.