Belleza, deseo y crueldad en «The Handmaiden»

Mucho se ha dicho en la filosofía y la literatura sobre que el deseo es una de las últimas fronteras existenciales y que debido a ello tiende a rozar con la muerte. El arte en su condición de proyección cultural pretende de alguna manera atrapar ese eros primitivo, encerrarlo en la representación, para no ser alcanzada por el fin material de las cosas. Son muchos los artistas que buscaron esa trascendencia, algunos logran por poco rasguñar esa arrogante idea de eternidad. Sin embargo, por más dorada que sea la jaula, el deseo siempre va a ser mucho más grande, más obsceno, más ambicioso, capaz de pagar cualquier precio por la libertad que representa.

«The Handmaiden» (2016) es la hermosa y violenta batalla del instinto que pide y toma del sexo, la muerte y la carne lo que quiere y necesita frente al cerrado control apolíneo, rígido y morboso, que en su concepción estructurada del mundo pretende capturar aquello de lo que se priva a sí mismo. Lo perverso — uno de los motivos principales en la película — se convierte en esa galería interna y subterránea, donde confluyen emociones contradictorias que, al intentar coincidir entre ellas, se reprimen unas a otras. A veces las pulsiones más oscuras — aquellas que parecen sucumbir ahogadas en el inconsciente profundo — son las que toman mayor control de nuestras acciones.

Park Chan-Wook plantea su habitual tesis de la crueldad en uno de los metrajes fílmicos más preciosistas de la década. La pureza de la imagen, el dulce tratamiento del color, la espectacular dirección de arte, la delicadeza en sus encuadres perfectos y obsesiva planimetría generan una trampa sensorial que no nos suelta hasta el último minuto de la cinta. Los personajes están construidos con una precisión milimétrica, ocupando un lugar concreto en ese juego metafísico sobre la naturaleza del ser. Lo dual, masculino y femenino, se ve caracterizado con valores tan disímiles como la envidia, la belleza, el asesinato, la misoginia, la perfección, el amor, la venganza, el respeto, la violencia y la pasión, que en tres arcos argumentales nos hacen girar sobre nuestras propias convenciones y prejuicios.

Es impresionante cómo en una época donde la sexualidad se encuentra altamente cosificada, atrapada en los signos construidos por el poder para mantener en control a una sociedad castrada e infantil, un director se arriesga a realizar una obra orgánica, libertina y adulta, donde revindica la aburrida y plana concepción de lo pornográfico y tabú — tan lejos del arte contemporáneo — y explora desde una fresca y voluptuosa perspectiva aquellas pulsiones escondidas que a fin de cuentas nos hacen humanos.