Vender oscuridades, silencios y la universidad

Rodrigo Mora
Sep 9, 2018 · 6 min read

La necesidad de mi escritura me limita a ser confuso y –espero– breve. Sólo tengo saberes desaliñados, inconclusos e inútiles hasta cierto punto: soy un proyecto bípedo con un homo faber enfermo dentro de mí, una salchicha parlante, un anacoreta imbécil, un mediocre tembloroso, un ratón acicalado, una marioneta sin futuro; podría ponerme sustantivos y adjetivos todo el día pero no estamos aquí para reírnos juntos; quizá después de esta lectura. Quiero escribir acerca de la universidad pero estoy casi seguro que terminaré hablando de mí, caeré en falacias, errores lingüísticos, axiológicos, de redacción y demás errores posibles; pero mi más grande error al escribir esto es no conocerte y no conocer tu circunstancia. Supongo que habrá un par de simpatías en mi círculo cercano pero ello, de ninguna manera, confirma algo acerca de mí; sólo quiere decir que me he acercado a ellos efectivamente en cuanto a filias y fobias. Quizá el asco que sentimos sea mutuo.

Mi opinión, o en lo que se convierta este texto, no importa: No te pido respeto porque de esto no se trata la libertad. Es mas, si la mierda personal se transforma en un ejercicio colectivo que agrede y destruye nuestras instituciones internas y externas, mejor. ¿Quién te dijo que todas las opiniones son respetables? Seguramente la universidad. Todo vale y así ya no hay que pensar.

No me considero universitario. El simple hecho de gritar un goya o escribir el lema de Vasconcelos me causa indigestión y pena. Como símbolos de identificación universitarios sólo pretenden domesticar una ilusión o sensación o experiencia reflejadas en un par de videos institucionales, premios internacionales y nacionales y premios nobel avalados por una organización patriarcal y normativa. ¿Es congruente gritar una porra inventada por la institución de la que nos quejamos dentro de sus propias instalaciones? ¿Es congruente gritar el lema de Vasconcelos que, en su discurso como nuevo rector de la universidad en 1920, se decía “intérprete de las aspiraciones populares” con intención de adoctrinar al “humilde” con un fin capitalista de la educación? Es un discurso producto de su tiempo, claro, ello no nos impide criticarlo. Sentimos que este mar nos pertenece, no importa que nos ahogue. Este amor por tu universidad nos está matando. No hace falta explicación para nuestra euforia, no necesitamos que alguien o algo nos otorgue el permiso de criticar, pintar, tomar y destruir algo. ¿A qué hora pasamos para quitarle un par de reglas a su sistema? ¿ya nos quitamos el bozal que define nuestro gusto estético o eso va después de admirar los murales de O’Gorman? No marcho por la universidad, no marcho por sus directivos, ni personal de seguridad o estudiantes machistas acosadores y encubridores. Mucho menos por una porra sin sentido.

El 5 de septiembre del 2018 observamos que la apatía no es nuestra bandera pero no tenemos asta que sostenga lo que sea que estamos defendiendo. Esto nos hizo la universidad, unos inquilinos trágicos solo atados a la novedad y el tiempo presente. Gritando pendejadas machistas a Graue. Sin raíces, sin historia, mejor dicho, sin una ira histórica que nos caracterice como personas conscientes de nuestros privilegios no tenemos nada. Si seguimos defendiendo los muros grises de la facultad de derecho o economía, si seguimos defendiendo las absurdas letras blancas de #HechoEnCU, sólo alimentamos el marasmo: el propio, el distante y el ajeno. Dejemos de creer en el humanismo como teoría “civilizadora” porque es blanquita y poderosamente privilegiada. Dejemos de aclimatar el mito de la universidad porque sólo es un negocio.

Ese mito, ese cuento nos alimenta desde Grecia. El estoicismo que caracteriza a nuestras autoridades, profesores y todos los “de arriba” debe ser vulgarizado y alterado. Y si quieres seguir a los griegos pon atención al erastés Platón: El Estado es una imagen agrandada del individuo ¿A quién crees que te pareces con tu pintura lavando las paredes grises de la Biblioteca Central? Aquí necesitamos amores libertarios, anárquicos, feministas, comunistas, policromáticos…: no platónicos. ¿Dónde nos enseñaron que tomar la calle se hacía por la banqueta y respetando muros y barreras? Aquí no debe haber “buenos ciudadanos” “buenas personas” “buenos estudiantes”. Ellos no quieren que incomodemos a sus animales con nuestra rabia. ¿Qué vas a hacer tú, despojo triste arrojado a la oscuridad del tianguis laboral, después de acabar tu carrera con mención honorífica y te encuentres con retratos hablados en las Convocatorias para Concursos de Oposición Abierto? (Ver las Pruebas)

Gaceta UNAM del 16 de agosto del 2018

Sólo te queda implorar una caricia sin afecto a tu amada universidad. Entrar a todos los lugares de tu facultad por la puerta de servicio, como todos lo hacemos: Somos personajes de una pantomima sin una catarsis real. Aquí está nuestra emancipación imaginaria. De todos modos, gracias por despintar y volver a pintar de gris la pared de mi horrible facultad. Barthes, en sus Fragmentos de un discurso amoroso, menciona que lo que más duele de las rupturas es el abandono de un imaginario colectivo: Te duele la realidad de Lesvy Berlin Osorio, Víctor Manuel Orihuela, Bladimir, Roberto Carlos Villaseñor, Adrián Clara Chagoya, Miranda y Mitzi… te duele porque es la tuya, es abandonar la idealización de tu universidad paradisíaca, en donde tú eres un “ser superior”. La idea de la universidad rebasa y difumina la universidad. La ideología es una falsa conciencia creada por las clases dominantes para afirmar su supremacía, leí en algún lugar. El arte, la filosofía, el derecho son falsas conciencias. Pero te entiendo, o quiero entender tu situación: Si tus padres (universitarios exitosos) te criaron en un ambiente oficialista no es tu culpa tener un automóvil para ir a la escuela, no es tu culpa que tengas todos los libros de la carrera en tu biblioteca personal, ni tampoco que desayunes en la cafetería todos los días. Claro, eres producto de tu tiempo, pero -temo decirte que- todas tus herramientas ya están orientadas políticamente. Eres reificación, un producto inconscientemente político que se vende con los logos de la unam. Reafirmas la ideología en la que naces y te desenvuelves.

Tienes razón, cometo un error gravísimo: Te estoy interpretando, y a tu circunstancia. Ojalá pudiera llegar al horizonte último de la realidad pero es inalcanzable porque mi interpretación ya está, también, políticamente orientada. Mis padres no presenciaron la huelga del 99 porque tenían que trabajar, ahora interprétame tú.

Con el mote de nuestra generación interpretada, nos ven como la causa vergonzosa del fracaso de la educación cuando somos la consecuencia. Perdón por no vincularnos al proceso de producción a través de la doctrina pero ustedes nos crearon: somos marginalia furiosa en libros que casi no tienen márgenes o, en su defecto, somos el fuego que consumió la Biblioteca de Alejandría.

También hay silencios, como el mío o el tuyo. Yo no sé hablar en público, el solo pensar en la probable exposición de mis ideas en un salón de clases me hace temblar y desordenarme. La universidad no considera los silencios reificables hasta ahora. Quizá porque no somos una identidad colectiva, quizá porque de verdad no servimos; a veces tenemos ganas de decir algo ¿pero qué decimos? Y gritar y violentar tampoco se puede vender internacionalmente, como nuestros sensatos compañeros anarquistas y radicales. Sólo lo mediocre y oratorio puede venderse en esta universidad. Lo que puede cambiar las cosas, como las acciones feroces, violentas, ultras; son siempre productos y acciones colaterales a la institución.
Ya es risible y paradójico que en los momentos en los que se tiene que esclarecer un homicidio, un secuestro, una violación dentro del campus, la universidad guarde silencio y lo venda.

Lo más triste es que no tengo ninguna revolución que ofrecer. Somos optimistas místicos o pesimistas aterradores, según Berlin. Creo que podemos encontrar amabilidades, justicia, amor parcial en algunos lugares lejanos o escondidos como tesoros pequeñísimos en las cavernas de las dunas. Iremos verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción. Quizá hay que habitar el caos y buscar una organización allí, en la ruptura inesperada del teatro social universitario. Estoy seguro que dará más frutos que una ética general.

Rodrigo Mora

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Soy tus uñas encajadas en la pulpa de una sandía.

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