¡Por favor! No empujen (parte II y III)

Francisco Artemio Reyna Alonso

II

Un joven, casi niño, era el que clamaba orden hacia el nuevo mundo al que se enfrentaba por vez primera. Estaba dentro del vagón que llegaba. Tenía la intención de dirigirse a la escuela. Era delgado y sostenía una mochila sobre su hombro. En el tren había miles de personas similares que iban al mismo lugar.

La sirena con su voz mentirosa anunciaba que el tren pronto cerraría sus puertas y continuaría su marcha; antes de cerrar los que estaban fuera hacían un último intento para colarse por algún milímetro que no haya sido ocupado. Sin lograr conseguirlo, empujan cada vez que la sirena suena; estimulados inconscientemente, son incitados a empujar.

Su voz no surtía efecto en aquel desorden, decidió callarse y tener fe en que aún podía llegar temprano. El niño, sin ser partidario de la paz y el orden, en su cabeza seguía repitiendo: “¡por favor!, no empujen”. Aprendió en breves momentos lo difícil que era la vida y que era inevitable no ser empujado en un lugar como ese. Unas gotas de sudor le empapaban la frente. No podía secarse, ni moverse. Su mano la tenía ocupada para sostenerse en un tubo vertical, para este momento su brazo empezaba a sentir los avisos de un acalambramiento; y con la otra mano, la izquierda, sostenía abrazando su mochila agazapada en su pecho. Todo esto rodeado de una inmensa multitud.

Los segundos corrían sin detenerse, de un momento a otro le empieza a gruñir el estómago, ese gruñir se convierte en un pequeño retortijón, y en este caso este retortijón sólo podía anunciar una sola cosa.

El estómago se revelaba ante toda represión ejercida por la mente. En un pésimo momento se le ocurría querer descargar por completo lo que había desayunado: el guisado acompañado por una gran taza de café con leche. Todos sus pensamientos se volcaban ante la imagen de aquel plato de guisado y las apuraciones de llegar temprano. La mezcla de estos elementos y el nerviosismo de un primer día de clases produjeron irreversibles consecuencias que resultan en una necesidad fisiológica.

El sudor se volvía hielo, en un fuerte escalofrío que le recorría la espina dorsal deteniéndose en su última vértebra inferior. En ese momento trataba de pensar en otra cosa que no fuera recordar el aspecto de lo que comió y lo que lo llevó a estar en medio de esa situación: el examen y posteriormente ser aceptado en una escuela que aseguraría en cierta forma su porvenir. Todo esto se derrumbaba al escuchar el crujir de su estómago, ya no podía omitir ese aviso.

Los sabios escatológicos dicen que a veces una pequeña flatulencia puede tranquilizar el asunto, porque con este hecho se pueden liberar muchos de los gases alojados dentro del estómago, puesto que muchas veces ellos son los causantes directos de padecer este tipo de situaciones. Para él en este momento, el consejo de los sabios no era una buena opción. Sabía que el problema ya era inminente y que lo más probable sería que en la menor exhalación su sistema digestivo quedaría limpio en cuestión de segundos.

Decidió apretar las piernas y mirar hacia arriba para leer un anuncio y distraerse, sin lograrlo; otra vez volvía la sensación. En ese momento le parecía sentir que su alma estaba a punto de desprenderse de su cuerpo. Cerraba los ojos. Rezaba como nunca había rezado en su vida. Rezó con fervor. Rezó con miedo. Pidió por ese día y por los muchos que le faltarían en donde recorrería el mismo camino. Pidió fuerza para sobrellevar el futuro. Entró en una breve conversación con Dios, el monólogo perpetuo sin escuchar contestación. Comprendió su soledad en el universo. Abría los ojos y se daba cuenta de que estaba en el mismo lugar, que nada había cambiado ni antes ni después de cerrar los ojos. Se reclamaba por su momento de debilidad asumiendo las circunstancias de un primer día de muchos. Pensaba que era el costo por querer ser alguien en la vida.

Aquella sensación estomacal volvía cada vez más rápido, ahora para quedarse en él, sin la mínima intención de volverse a ir. Y fue ahí cuando se dio cuenta de la demás gente. Se preguntaba cómo le hacían para seguir así todos los días. Antes sólo había visto la forma de actuar de la gente. Cómo ocultaba su miseria, siempre fingían y desempeñaban su papel en un escenario teatral; llevaban máscaras diseñadas para actuar en la sociedad. Caía en la realidad, le habían mentido, nunca habíamos dejado de ser animales y veía ahora los rostros animalizados en donde antes había rostros humanos.

Y ahí estaba la mujer, abrazada de su marido; la protegía de las miradas, de las embestidas con lascivia, la abrazaba por la espalda, mientras la rodeaba protegía su vulva con la palma de la mano, y con el otro brazo sus senos casi completamente. Ahí estaba ella protegida y resguardada de todo mal. El joven la alcanzó a encontrar entre el mural de cuerpos. Bella en su belleza otoñal. En ese momento el tren reinició el trayecto.

Y pensó en el amor, la solución a todas las cosas horribles del mundo. Y pensó en ella, dónde estaría. El tren abandonaba la estación. Regresó la mirada hacia la mujer. Ahí estaba abrazada, destilando breves gotas de sudor. El niño conteniendo su alma para que no abandonara metafísicamente ese lugar. Los cuerpos se movían al compás de la marcha y los vaivenes del tren; en algunos momentos del transcurso de una estación a otra, podían sentir su cuerpo brevemente con una pequeña libertad para luego formar una sola entidad consagrada por el sudor que inundaba el suelo del vagón.

El niño vio cómo el torso de una mano recorría el vientre superior de la mujer, recorriendo con cadencia el costado más indefenso por el brazo de su marido. En breve, ese torso cubrió lo poco o mucho que quedaba al descubierto de aquel cuerpo. La mujer cerró los ojos cuando fue acariciada en la parte inferior de su seno. El niño veía a la mujer intentando descubrir de quién era aquella mano que importunaba el viaje de ella. El tren quedó varado en el túnel, sin dar la más mínima intención de volver a moverse. Un segundo antes de que el tren detuviera su marcha; la mujer delicadamente retiró hacia arriba el brazo de su marido, lo necesario para poder ser acariciada a la altura del pezón de su seno. El niño parecía percibir el sudor de la mujer convertido en feromonas que atraían otras manos. Una pequeña insinuación de erección se volvió una erección completa. Tuvo al mismo tiempo la sensación de querer cagar y eyacular, hasta que la imaginó convertirse en piedra en el momento justo antes de llegar al clímax. La vio convertirse en piedra y se espantó. Todas sus sensaciones se centraron en el calor frío que ya era intolerable, el viaje daba la impresión de que no acabaría nunca, se quedaría ahí y moriría hecho mierda. Decidió regresarse a casa y olvidar su primer día en su conquista de la ciudad; en la siguiente estación, pasara lo que pasara, se bajaría del tren y regresaría a casa para dormir durante un largo tiempo.

III

Pide permiso para salir, todavía conteniendo con sus últimas fuerzas el estómago. Nadie se mueve, nadie lo oye. Todos fingen dormir. En este instante la urgencia no podía soportarse más, lo que lo obliga a gritar y a volverse loco. La ciudad entera bajo tierra está dormida con los ojos abiertos. Grita más fuerte. Grita en medio del túnel. Llora al no poder hacer nada, cree que es indiferencia pero así es siempre la vida. El tren llega a la estación, grita por última vez, las puertas se abren, trata de salirse del vagón. La gente de afuera empuja para querer entrar… No dice nada y se queda callado, baja la mirada recordando los consejos que su madre le dio antes de salir de casa.

El viaje termina hasta llegar a la última estación. En ese momento por fin puede salir, cuando ya no hay nadie, empieza su andar ahora lento y pausado. A esa hora casi nadie camina hacia donde él va. Se recluye en el recuerdo de su viaje, se aísla. Sube con esfuerzo las escaleras que lo llevan del otro lado del andén, como hace mucho había previsto volver a casa del otro lado del mundo. El tren entra al túnel, se imagina que a esa hora en la ciudad está por amanecer nuevamente.