EL FUTURO DE LA DERECHA

Hasta las 10 de la noche del pasado Domingo 26J, la sensación mental en la que vivía la “derecha española” era de absoluto asco por la corrupción, desazón por la traición al ideario materializada por el PP desde el Congreso de Valencia de 2008 (con efectos demoledores en su acción de gobierno 2011–2016), de gran miedo por la “inundación” comunista que se creía podía originar Unidos Podemos y de cierto pesimismo hacia el futuro, pues daba la sensación de que la creativa proliferación de izquierdas (Podemos, IU, CUP, Comprimís, Mes, ERC, Mareas…) era un tsunami imparable.

Evitada la inundación, ha cundido el optimismo durante unos días: pese a todo, la derecha sigue siendo capaz de ganar unas elecciones. El llamado bloque de centro- derecha (PP-Cs-PAR-Foro Asturias-UPN), ha obtenido más de 11 millones de votos y 169 escaños, frente a los apenas 10,5 millones y 156 escaños del bloque de izquierdas.

Probablemente, cualquiera de nuestros lectores haya padecido alguna vez un incendio, inundación o desastre del tipo que sea en su casa. Superado el mismo, se siente un gran alivio, y la vida normal de la que se disfrutaba antes del percance se aprecia de otra manera. Sin embargo, a medida que pasan los días, las necesidades de construir la casa más allá de su mera conservación material (con su lazo de afectos incluido) se van poniendo de relieve. Y es entonces cuando hace falta algo más que la ayuda de los bomberos. Hace falta una provisión constante de necesidades diarias materiales, y un proyecto completo de familia. Apagado el incendio que la posible victoria “roja” ocasionaba para la casa de la derecha, la pregunta a hacerse para el futuro sería, ¿tiene la derecha algo que ofrecer más allá de sus buenos oficios de bombero de la economía española?

La respuesta a la pregunta, requiere sobre todo un discernimiento sobre la aportación cultural de una corriente política y de su capacidad para la conformación del sistema. Los últimos tiempos se han caracterizado por un absoluto predominio cultural de la izquierda. Y no es que no haya un sustrato cultural alternativo, si no que nadie le ha dado políticamente cauce. Así como en la izquierda se toma el llamado análisis etnográfico como parte del proceso político, conectando con las prácticas culturales y la vida de una parte de la población a la que se aspira a representar, en la derecha se vive absolutamente a merced de los acontecimientos, sirviendo a dos señores: la izquierda conformadora de la cultura y la oligarquía conformadora de la mayoría de las decisiones económicas. Esta actitud garantiza un porcentaje permanente de poder, nadie lo puede negar. Pero, ¿qué posición ocasionaría en el caso de que, por ejemplo, hubiese que afrontar un proceso constituyente?, ¿tendría la derecha ideas propias que aportar a la construcción del consenso constitucional?, ¿habría alguien a quien se aspirase a representar en el proceso? (por ejemplo las familias con hijos, por ejemplo los sectores culturales tradicionales –hoy sólo atendidos por la izquierda-, por ejemplo la educación de iniciativa social…).

La actitud de la derecha en la mal llamada “batalla ideológica” (a veces reducida a mera batalla sobre decisiones políticas con trascendencia económica) oscila entre no hacer nada y negar conflictos complicados, y la vivencia de un modelo (el conservador) que no se aspira a trasladar a la conformación de la política, lo cual es tanto como decir que me basta con ir a lo mío. Y cuando se traslada, es generando una tensión innecesaria para polarizar unas elecciones, y ganarlas. Pensemos por ejemplo en el problema territorial: en lugar de una constructiva siembra cultural, aprovechando el sustrato de incuestionable unidad y concordia que hay entre los españoles, sólo se afronta el problema de forma reactiva para tensar la cuerda, tapar otros, movilizar al electorado…Y así, mientras el PP apenas existe en Cataluña, renunciando a toda siembra pacífica, se aprovecha el tema catalán en el resto de España creando un conflicto donde no tenía por qué haberlo, llevando al terreno de la fuerza lo que se debe jugar en el de la cultura.

Esta actitud de parálisis, tiene especiales efectos para las personas: la derecha (sea el PP o cualquiera de los otros) carece por completo de una idea de persona. Sus decisiones vagan sin criterio entre la aceptación del diseño antropológico de la izquierda (divorcio express, aborto, teoría de género, matrimonio sexualmente indiferenciado) y la aceptación acrítica de lo que se deriva de las decisiones de la oligarquía (falta de discriminación en los recortes, procesos de despoblación de ciertas zonas, eliminación o conversión en espectáculo para turistas de identidades culturales enteras, degradación de ciertos servicios públicos a los que se pone a competir con el mercado sin los medios del mercado –por ejemplo muchos centros educativos-…). El resultado final es que el diseño político lo hace la izquierda y el económico el mercado. Y en medio, la derecha sin aportar nada más que su capacidad de gestión, cuando a lo mejor su aportación podía mejorar algo ese perverso reparto de papeles entre la izquierda y la oligarquía, cuyo enfrentamiento puede dar tan malos resultados. Una adecuada aportación de la derecha en beneficio de todos, y no siempre enfrentada a la izquierda, sino como aportación complementaria, sería muy conveniente para el bien común. Una aportación que, llegados a un proceso constituyente que sabemos que vendrá antes o después, podría ser determinante para no tener que elegir entre convertir España en una periferia para turistas viciosos o en mantenerla como dictadura marxista alternativa.

La derecha, especialmente el PP, ha parado el penalti. Pero todavía queda mucho partido. Los resultados del PP son los peores desde 1993. Su desorientación en la batalla ideológica, la peor de su historia pese al “alivio engañoso” del Domingo: está “fuera del partido”, que se suele decir en el argot futbolístico.

Hace pocos días, un certero post ha recordado esto y ha señalado la necesidad de reconstruir la casa común de la derecha con un proyecto que ilusione de nuevo. Nosotros, por nuestra parte, creemos también en esa necesidad. Pero más allá de construir una casa confortable materialmente, siguiendo la metáfora propuesta, qveremos un hogar con mayúsculas, una casa con verdad, valor y valores en política.

Severino Aznar

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