Maat Mons — Francisco Czerweny (Apéndice 1)

Me despierto tirado en el patio sobre una sombra estrecha que el sol va a eliminar en minutos.

El interior de la celda todavía está fresco. Me recuesto en un rincón y trato de reconstruír el sueño.

Estaba en un set de filmación vacío y sin cámaras. Las paredes eran oscuras y estaban muy alejadas de la plataforma iluminada donde yoestaba parado. Me sentía obligado a actuar, cantar o hacer alguna gracia, pero no se me ocurría nada. Mis hermanas me miraban expectantes. Lourdes desde atrás de un teclado y Antonia con un bajo. También estaba mi psicólogo con un saxofón y el baterista de Esperando a Rick Hunter. Me puse a cantar un standard a lo Chet Baker y la banda empezó a tocar. No sonabamos tan mal. La plataforma se llenó de chicas con un vestido azul y rojo. Desfilaban haciendo un paso de baile con unas pancartas ilegibles. Estaba convencido de que decían algo importantísimo. Me distraía y perdía el compás tratando de leerlas. Las luces me cegaban cuando trataba de enfocar. La banda dejó de tocar. Cuando los miré de vuelta se habían convertido en maniquíes con ropa de deportes. Las bailarinas se agruparon en dos filas cerca de lo quedaba de la banda y pasaron de largo a mi alrededor al bajar de la plataforma hacia lo oscuro.

El inconsciente a cielo abierto del sueño. A lo mejor podría aprovechar el envión para tratar de ordenar todo lo que pasó en los últimos meses. Como si hubiera a quién contárselo.

Sus amigos me invitaban a las fiestas que ella organizaba. Hacer las cosas directamente no era su estilo. Siempre delegaba esas cosas a otros. Así lograba ese efecto de área, que en vivo remataba siempre con sus miradas dramáticas, lo único que recuerdo de ella como elemento discreto y particular. Todo lo que la rodeaba era un sistema de consecuencias de unos pocos gestos suyos. Creía que tenía que plegarme a eso y silenciar mis armónicos hasta que sólo quedara una nota, una onda sinusoidal pura que sonara como pedal en esa obra que ella componía atrayendo y rechazando personas.

Oímos sobre La Candelaria por primera vez en su cumpleaños del año pasado, el 17 de febrero. Cuando vió que la idea provocaba resistencia por algunos prejuicios utilitaristas, por cosas de socialdemócrata tibio, dejó de lado la prudencia y se mostró encantada con la idea. A sus ojos tenía cierto brillo anticapitalista, y al mismo tiempo podía ayudarla a excluír el último remanente de hippismo de su grupo. Me costó posicionarme. De todas formas mi reacción no estaba en primer plano, tenía tiempo para pensar. Pensaba mucho entonces. A lo mejor no muy bien. Por entonces ya hacía dos años que las casas de papá y mamá estaban deshabitadas e intactas. En todo ese tiempo Lourdes y Antonia ni siquiera habían amagado a hacer un reparto. Las dos veces que lo propuse me dijeron que sí, pero después postergaban todo, como si quisieran convertir esa casa en una cripta o un museo. Así que para fines de mayo yo ya había hecho una selección de las cosas más valiosas, que esperaban en cajas de cartón al potlatch de segunda semana de junio.

Durante esos meses traté de apropiarme del ethos antihippie que compartían todos los admiradores de La Candelaria. Leyendo La parte maldita con entusiasmo y la Teoría de la clase ociosa con ironía, instruyéndome sobre los métodos precapitalistas de dilapidación del excedente social, celebrando al exceso como la fuente de donde venían la vida, la muerte y el sexo. El matrimonio del cielo y el infierno era mi Corán. Esos ejercicios de la imaginación dogmática me ayudaban a mantener mi órbita alrededor de Ligia, y la resolución necesaria para ir a los potlatch.

Me rasco un poco la barba. Nunca me la había dejado. Jode un poco. Qué pocas ganas de seguir contándome esta historia. Con todas las oportunidades para recriminarme cosas debería estar entusiasmadísimo, pero me cuesta. Cuando llegué- ¿qué fue lo primero que me llamó la atención cuando llegué?

Aire acondicionado por todas partes. Sobresalían de casi todos los frentes en la calle que iba del camino rural a la plaza. Por todas partes se escuchaba el rumor de los grupos electrógenos que los alimentaban. Las fachadas estaban pintadas con combinaciones de colores arriesgadas, generalmente con una base y un patrón aplicado con esténcil encima. Llegué en un auto de renta, un Lexus cuatro puertas cómodo y elegante, pero bastante discreto en lugar así. Había caballos bien cuidados andando entre coupes y descapotables opacos de alta gama. Lujos de siglos pasados conviciendo en única una aldea del anacronismo.

En toda la plaza no habá un sólo metro cuadrado cubierto por vegetación. En medio de esa cuadra baldía había una montaña de palets de al menos diez metros de altura, rodeada de dos gradas en ángulo recto. En los otros lados de la plaza estaban distribuídos un grupo electrógeno enorme, de esos que tienen que ser remolcados por un camión, una calesita conservada como una reliquia, y una pared de LED donde estaban pasando El topo, de Jodorowsky.

Todo ese espectaculo y la experiencia de haber ido sólo me ponían incómodo. Trataba de repasar argumentos y recuerdos gratos para tranquilizarme, pero sentía mucha interferencia y ruido. Depender de la memoria tiene sus riesgos. ¿Por qué fui sólo y sin referencias a un lugar como ese? Noe hubiera torcido la cara de indignación al ver todo eso, pero hubiera ido por mí. ¿Fue todo esto de La Candaleria lo que nos alejó? También podría haberle preguntado a alguno de los turistas encandilados que circularon por la corte de Ligia, o incluso informarme antes por las redes sociales. Siempre tengo que hacer las cosas desprolija y solitariamente. Así llegué al monasterio, también, pero acá todos llegan desprolijos y sólos.

Dejé mis cosas en mi habitación y ceré el uso del auto. Mis cosas llegaron unas horas después, así que fui a hacerlas registrar por los organizadores del potlatch. Eso estaba a cargo de Iván, un colorado de metro cincuenta con una barba que intentaba penosamente cubrir un tatuaje facial malquerido. Llamó a un asistente y juntos pasaron unas ópticas por todas mis cosas para identificarlas y hacer una valuación. Después me ofrecieron guardar todo en un galpón sin cargo.

No la pasé muy bien ese primer día. No encontré ninguna cara conocida. Iba de un lado al otro palpando lo que llevaba en los bolsillos, tratando de hacer conversación con alguien,caminando las calles menos iluminadas, en las que se juntaban los turistas y lúmpenes menos dotados artística, financiera y socialmente.

Empecé a sentirme mejor cuando anocheció. De día La Candelaria — bueno, ahí la llamaban Villa Calesita –, de día Villa Calesita era un asco, ¿verdad? Parecía una mezcla de caserío de los outbacks australianos, de terminal de omnibus de capital de provincia y de barrio colonizado por el capital y los diseñadores gráficos. La noche disimulaba su fealdad. A fuerza de derrochar energía eléctrica incluso tenía cierta gracia a nivel visual, pero el humo, el ruido y las vibraciones violentas de los grupos electrógenos arruinaban cualquier posibilidad de belleza. Después de vagar un poco fui a la plaza, me senté en las gradas y tuve mi primera experiencia del potlatch.