Hay que replantear el crecimiento económico

Sobre “El Valor de las Cosas” de Mariana Mazzucato, el replanteamiento de conceptos económicos y la búsqueda del desarrollo en Colombia y América Latina

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(You can read here the original English article)

En una reciente entrevista de radio, Simón Borrero, CEO y cofundador de Rappi, el primer “unicornio” digital de Colombia, habló sobre lo que cree que son las políticas y la mentalidad necesarias para que un país como Colombia prospere. Hizo un buen hincapié en cómo las tecnologías digitales y el software de programación deberían normalizarse en el sistema educativo, no como una opción más de carrera, sino como algo transversal, como quien aprende un idioma. Dijo también, de todas las formas posibles, que el crecimiento económico debería convertirse en nuestra medida incuestionable del éxito público. “ Los medios deberían estar midiendo a los políticos por el crecimeinto económico…es que no hay nada más”. Abogando por un consenso entre los políticos de derecha y de izquierda, comentó que no deberíamos cuestionar el crecimiento, “es científico”. Un crecimiento sostenido del PBI del 8% será la única estrategia para sacar a la gente de la pobreza, arguementaba. Finalmente, Borrero comparó el hecho de dirigir una ‘start-up’ con llevar al país hacia un crecimiento sostenido: deberíamos pensar en lo que el mundo quiere. Pero, como lo hace Rappi, no deberíamos limitarnos a aumentar las ventas, deberíamos centrarnos más bien en aumentar el impacto. Fiel a su mentalidad emprendedora, sugirió que lo mismo se aplica a Colombia, “no tenemos ninguna razón para ser pobres más que nuestra mentalidad”.

Respaldado por el reciente éxito de Rappi, Borrero lleva el discurso del emprendiendo a un nivel que Colombia no conocía antes. No es de extrañar por qué los periodistas entrevistados le proponían que se convirtiera en un político. Y aunque esto podría ser una fórmula para la popularidad, la narrativa que expone Borrero no es neutral ni científica. No es una fórmula para el éxito principalmente porque está basada en una idea errónea de lo que es el valor y, por lo tanto, de cómo debemos crecer. Y fue, irónicamente, la propia propuesta de Borrero, “ contémosle la verdad de cómo funciona el crecimiento económico a todo el mundo en Colombia”, lo que me recordó el trabajo más reciente de Mariana Mazzucato, una economista italoamericana que trabaja actualmente en el University College London, donde es profesora de economía de la innovación y valor público. En El Valor de las Cosas: Quién Produce y Quién Gana en la Economía Global, Mazzucato nos ayuda a comprender por qué la narrativa que hemos escuchado de personas como Borrero se está utilizando para legitimar las actividades extractivas en nombre de la creación de valor, resultando en una mayor desigualdad en el mundo.


Emprendedores e inversores: ¿creadores de riqueza?

Título original en inglés: The Value of Everything: Making and Taking in the Global Economy

Permítanme comenzar la discusión de valor desde un ejemplo personal. He estado cerca de espacios cívicos promoviendo políticas públicas de sostenibilidad urbana. Piense cómo convencería a una alcaldesa de que debería priorizar las políticas de ciclismo en lugar de construir una nueva autopista. Es un largo proceso de participación, cabildeo, comunicaciones estratégicas y organización cívica. Y aunque el principal combustible de esas acciones es un compromiso obstinado con una causa que se considera valiosa para la sociedad, dadas las historias que hemos escuchado sobre lo que es valioso o no, es inevitable no tener un sentimiento de improductividad al hacer política (en particular, política ciudadana). La política no hace dinero; sólo lo consume. De hecho, si ganas dinero (es decir, ganancias) de la política, probablemente lo estés haciendo mal. Pero, como se señala en El Valor de las Cosas, bajo estas ideas se encuentra una concepción específica de lo que es valor, una que nos ha llevado a creer que valor es lo mismo que precio. Por supuesto, si uno defiende que sus acciones políticas no tienen precio, ¡está declarando que no son valiosas!

Esto puede parecer una tontería, pero es económicamente razonable, o al menos, razonable en la rama dominante de la economía. Y aunque este caso puede parecer demasiado personal, muchas personas en el mundo de hoy tienen el mismo dilema entre hacer contribuciones significativas o productivas a la sociedad. Pero este es precisamente el punto más grande que encontré en El Valor de las Cosas: el valor se construye socialmente, no se da objetivamente. De hecho, Mazzucato “apunta a recuperar la teoría del valor como un área de debate, relevante para los tiempos económicos turbulentos en los que nos encontramos. El valor no es una cosa dada, dentro o fuera del límite de producción está formado y creado” (p. 18).

El Valor de las Cosas se entiende mejor como parte de una búsqueda mayor para comprender cómo se crea el valor público. Por lo tanto, es una buena continuación de su libro anterior, El Estado Emprendedor: mitos del sector público frente al privado, donde buscó mostrar cómo la investigación financiada por el gobierno fue un motor primordial de la economía moderna. Además, está trabajando con tomadores de decisión en todo el mundo para poner en práctica la mayoría de sus ideas. Personalmente me interesé en el trabajo de la Dra. Mazzucato después de escucharla en dos ocasiones: su Charla Ted y este podcast de Freakonomics.

Hay tres conceptos recurrentes que dan forma al mensaje de El Valor de las Cosas: el límite de producción, un ir y venir entre la extracción de valor y renta, y el valor público. Su mensaje podría resumirlo en lo siguiente: si queremos descubrir y evaluar el potencial del valor público (ese valor “no creado exclusivamente dentro o fuera de un mercado del sector privado, sino por toda una sociedad”, p. 265), debemos “limitar la cantidad de renta que surge de cualquier enfoque no-colectivo de creación de riqueza “(p. 268) a través de una discusión más democrática e ilustrada de dónde colocar el límite de producción.

El límite de producción es esa línea conceptual que divide lo productivo de lo improductivo. Mazzucato dedica dos capítulos a repasar cómo se ha colocado de manera diferente este límite entre los economistas. Ella describe cómo el valor pasó de ser encontrado en el oro por los mercantilistas, luego en el suelo por los fisiócratas, luego en el trabajo por los clásicos y, finalmente, en las preferencias subjetivas (utilidad) por los marginalistas. Este último marcó un punto de inflexión al afirmar que “los precios (…) reflejan la utilidad que los compradores obtienen de las cosas” (p. 62), lo que significa que “es solo lo que obtiene un precio en el mercado (legalmente) lo que puede denominarse actividad productiva ”(P. 66). Este punto es clave pues permite entender cómo Mazzucato luego procede a cuestionar las actividades de búsqueda de renta y extracción de valor que pretenden ser valiosas solo porque tienen un precio.

Ella recuerda muchas veces lo que “[Adam] Smith quiso decir cuando dijo que un mercado libre era uno libre de rentas” (p. 39). “[David] Ricardo y [Karl] Marx refinaron la teoría de la renta para dejar en claro que la renta es un ingreso que se genera al redistribuir valor y no al crearlo” (p. 55). Y esto ilumina el camino para comprender cómo se extrae el valor hoy.

Desde El Estado Emprendedor, Mazzucato se ha comprometido a desmentir un mito: “son los empresarios, los pensadores en garajes y sus patentes los que desatan la “destrucción creativa” de la que provienen los empleos del futuro” (p. 189). Esto, dice ella, les ha permitido justificar sus enormes beneficios y dominación. Mazzucato, al contrario, insiste en que la innovación es colectiva. Pero en la economía de la innovación de hoy, “la forma más moderna de búsqueda de rentas (…) es a través de la forma en que se socializan los riesgos en la economía de la innovación, mientras que las recompensas se privatizan” (p. 191). ¿Como sucede eso?

“Primero, de la manera en que el sector financiero, en particular el capital de riesgo y el mercado de valores, ha interactuado con el proceso de creación de tecnología. Segundo, en la forma en que el sistema de derechos de propiedad intelectual ha evolucionado: un sistema que ahora permite patentar y limitar el uso no sólo los productos de la investigación, sino también las herramientas para la investigación, creando así lo que el economista William J. Baumol calificó de “espíritu empresarial improductivo”. Tercero, en la forma en que los precios de los productos innovadores no reflejan la contribución colectiva a los productos en cuestión, en campos tan diversos como la salud, la energía o la banda ancha. Y cuarto, a través de las externalidades de redes características de las tecnologías modernas, donde las ventajas del primero en moverse en una red permiten a las grandes empresas obtener ventajas monopólicas a través de economías de escala y el hecho de que los clientes que utilizan el servicio quedan bloqueados (del inglés, lock-in effect, encontrando demasiado incómodo o desventajos cambiar de servicio) ”(p. 190)

Mazzucato aboga por compartir las recompensas que surgen del proceso de innovación. “No debemos promocionar los avances tecnológicos, sino reconocer la contribución colectiva que los creó y gobernarlos para que produzcan un bien público” (pág. 225).

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Esta perspectiva pone en duda la idea de impacto de las ‘start-ups’. Rappi y empresas emergentes similares han sido muy criticadas por recaer en un modelo de negocio que depende de la explotación de su fuerza de trabajo. Como explicaron Paola Castañeda y Daniel Lanfranco en ‘Movilidad y migración: precarización laboral a través de la bicicleta’, una reciente charla en el 8º Foro Mundial de la Bicicleta en Quito, las plataformas tecnológicas en América Latina están explotando a personas vulnerables, como migrantes haitianos y venezolanos, para capitalizar sobre ellos. Distinguen dos formas en que el trabajo de los mensajeros está siendo vulnerado: a través de la supervisión y el castigo algorítmicos, y mediante acuerdos contractuales que solo los reconocen como contratistas o auto-empresarios, no como trabajadores dependientes.

En el caso de Rappi, se puede admitir que, de hecho, están resolviendo necesidades que estaban latentes (se están especializando en resolver pequeñas tareas aparte de la entrega de alimentos, como comprar útiles escolares urgentes por la noche). Pero una verdadera discusión sobre la generación de valor debería comenzar a distinguir si el valor que se entrega a un lado no se está extrayendo de otro lugar, para luego llevarla a entender las formas más complejas de extracción de valor como la creación de monopolios debido a las externalidades de red (network effects, en inglés), o la dependencia de subsidios públicos implícitos como el (mal) uso del espacio público urbano. Por encima de todo, debe quedar claro que el precio, la valoración y el dinero no se corresponden necesariamente con el valor. Evaluar el valor real no es una tarea fácil, y aún requiere una gran cantidad de discusiones teóricas y sociales, además de romper algunos mitos fundados sobre los verdaderos creadores de riqueza.


La naturaleza “(no) científica” del crecimiento

El proceso de hacer cuentas nacionales es otro punto relevante discutido en El Valor de las Cosas. Cuestiona la idea de Borrero de un consenso nacional sobre el crecimiento económico. Lo que aprendemos al medir la riqueza nacional es que es una convención social, no un hecho científico. Es un proceso arbitrario de definir lo que es productivo y lo que no es (establecer el límite de producción), creando así algunas situaciones irrazonables. Por ejemplo, la tala de árboles y la venta de su madera incrementa el Producto Interno Bruto (PIB), mientras que su conservación no lo hace. Contaminar el aire o un río puede no restar del PIB, pero si la empresa contaminante paga para limpiar su propio desorden se tratará como un costo y disminuirá sus ganancias y, por lo tanto, el PIB. Pero “si el costo de la limpieza de la limpieza corre a cargo de alguien que no sea el contaminador, se denomina externalidad, el costo es “externo” a la cuenta de pérdidas y ganancias de quien contamina, y aumenta el PIB” (p. 95). Si uno cuida a sus propios hijos, no se sumará al PIB, pero lo hará si uno le paga a alguien para que lo haga. “Bajo este ‘sentido común’ sobre el trabajo de la casa está la teoría de la utilidad marginal: lo que es valioso es lo que se intercambia en el mercado” (p. 92). Las cuentas nacionales también favorecen las actividades rentistas cuando tratan la compra de casas o edificios como inversiones. No importa si las ganancias de capital provenientes de su tenencia resultan de esfuerzos colectivos como la construcción de carreteras, escuelas, etc., para las cuentas nacionales ese valor es asignado al propietario. Y la sociedad procede a reconocerlo como tal llamándolos inversionistas y creadores de riqueza.

“El PIB es ‘en términos simples, la cantidad de valor agregado generado por la producción’” (p.83). Mide lo que tenga un precio. Este no es un terreno político neutral, “en otras palabras, la forma en que medimos el PIB está determinada por la forma en que valoramos las cosas, y la cifra resultante del PIB puede determinar la cantidad de una cosa que decidimos producir” (p.76). Ese es un fenómeno denominado performatividad, como lo relata Mazzucato. El problema con la forma en que estamos midiendo el PIB hoy en día es que “la distinción entre ganancias y rentas se confunde y la extracción de valor (renta) puede enmascararse como creación de valor” (p. 97). La parte problemática es que los criterios utilizados para definir lo que se mide “es una mezcolanza que combina la utilidad marginal con la factibilidad estadística y algo de sentido común que abre la puerta al cabildeo, en lugar de un razonamiento sobre el valor” (p. 100). El PIB es una convención social impregnada de conflictos y actores políticos.

Por supuesto, todo esto subraya lo difícil y político que es el trabajo de las cuentas nacionales. Debería llevarnos a buscar formas más completas de evaluar el desempeño público. No es tan sencillo como decir que el crecimiento económico debería ser la norma. La forma en que estamos midiendo el crecimiento hoy favorece a algunos y desfavorece a otros. Nos lleva a reproducir lo que se mide, incluso si su contribución al valor público es dudosa. Lograr un verdadero desarrollo y crecimiento dependerá de la construcción de consensos y mejores herramientas para evaluar lo que es verdaderamente valioso para la sociedad.


Mariana Mazzucato cierra El Valor de las Cosas proponiendo un nuevo rol para los actores públicos. Partimos de la “suposición (…) de que la política debería ‘nivelar el campo de juego’. Pero lograr un crecimiento basado en la innovación, e innovación de un tipo en particular (por ejemplo, innovación verde), no requerirá nivelar sino inclinar el campo de juego” (p. 226). Mazzucato aboga por gobiernos orientados a una misión: “no es suficiente crear dinero en la economía a través de la flexibilización cuantitativa; lo que se necesita es la creación de nuevas oportunidades para la inversión y el crecimiento: la infraestructura y las finanzas deben estar integradas en los planes sistémicos más grandes para el cambio” (p. 260). Esta “nueva y más profunda comprensión del valor público” (p. 265) requiere que los tomadores de decisiones entiendan su papel crucial en la configuración de una mejor economía. Esta perspectiva invita a no dejar el futuro solo en manos de los Rappis, Ubers o Facebook de hoy, sino principalmente en las de actores públicos con visión y liderazgo para resolver los desafíos más difíciles del momento como el cambio climático o la creciente desigualdad. Este llamado a generar valor público es un camino muy diferente al crecimiento económico que conocemos.