La vieja estación

La idea surge al escuchar a cuatro personas diferentes sus vivencias al volver al lugar de donde partieron años atrás, la sensación de no pertenecer ya al lugar añorado.


Este bar es de 1940. Mi abuelo era ferroviario. Mi abuela también. Tenía un quiosco, vendía tabaco y prensa. Este pueblo empieza en el bar Aquilino. La deuda histórica. No hemos sido bien tratados. Este edificio está que se cae. Y no digas nada a la Renfe, mira cómo lo tienen todo. Esta carretera es del MOPU. En la zona de la montaña van a hacer la glorieta que conecte con la autovía. Le van a quitar el terreno a Matías. Me extraña. En dos mil quince lo tienen que terminar todo, que vienen las elecciones. En Santander hay mucho más vida que aquí. Tenemos la industria parada. Me dejo invadir por los recuerdos mientras hablan los hombres de la mesa de al lado.

Recuerdo cuando vine con mis padres a coger el tren para ir a Cádiz. Era el tren de noche, el correo, máquina de vapor, carbonilla por las ventanas. Ruido. Luz. Difícil dormir. Llega el revisor. Billetes a la vista. Apaga la luz. Se iluminan las ventanillas al pasar o parar en las estaciones.

Se han ido los hombres. Llega una joven. Todos hablan animosamente. Cosas del pueblo, recuerdos, actualidad. Me miran, preguntándose quien soy y qué hago aquí. Invitándome, silenciosamente, a unirme al grupo o explicarle mi presencia aquí.

Llega el tren. Es moderno. Eléctrico. Puertas automáticas. Antes de medio minuto sigue su marcha, dejando una sordina ferroviaria. Música de Camela la sustituye: libre, libre quiero ser… quiero ser, quiero ser libre.

No sé cuánto tiempo tardará en pasar otro tren ni cuando volveré a este rincón. He venido dos veces, la primera a los cinco años, la segunda hoy, ya jubilado. Un viaje a la infancia. Corto. Gratis. Agradable. No he necesitado una agencia de viajes ni volar en avión, solamente ir a una parte de mi pueblo que tenía abandonada.

Se van yendo los clientes. En breves momentos lo haré yo. Estoy un poco melancólico. Hace media hora he bajado del tanatorio. Allí quedó mi amigo Fonsi, muerto en accidente de tráfico anteayer. Al bajar por la carrera vi la antigua estación, edificio actualmente en ruina. Una sombrilla y sillas rojas, con el anuncio de una cerveza , atrajeron mi atención y mi deseo de sumergirme por un rato en viejas emociones.

Oigo el ruido del hacha al partir leña. Sigue la música de fondo en el interior del bar. Los parroquianos continúan animados en su conversación. Apenas queda luz en la calle. La temperatura es agradable, levemente otoñal pese a la precisión del calendario. Un nuevo tren para, esta vez en dirección a Santander. Es un tren doble, con seis vagones. Los pasajeros están iluminados por los fluorescentes de los vagones. Sin apenas darme cuenta, se ha ido.