Ojalá la ruta se te llene de semáforos en rojo.

La gente escapa a semáforos en rojo, quizás ya por inconsciencia, por haber mamado de chico la relación entre el tono y el peligro. La verdad es que la libertad se esconde en los foquitos del semáforo, y no está ni en el verde esperanza ni el amarillo aburrimiento.

Cuando te toca un semáforo en rojo, sos vos. Ya no sos lo que tenías que hacer. No sos la circunstancia hasta llegar a destino, no sos la desesperación por el qué dirán llegando tarde otra vez, ni la preocupación de si serás el primero en llegar y tendrás que morirte de odio por tener esa maldita ansiedad que te hace llegar temprano a todos lados.

Sos vos, las ganas de despojar de mocos tu nariz, la decisión de cambiar al estúpido de la radio que no se cansa de estirar un tema que es la nada misma por una bendita melodía que te haga pensar en otra cosa, al menos en la nada.

No podés avanzar, así que podés hacer lo que querés. Tenés 30 segundos de libertad, 30 segundos para decidir qué querés para vos. 30 segundos para pensar cómo podrías haberle contestado a ya sabés quién, para replantearte algún pensamiento, recordar a quien hace mucho no llamás o al menos, para pensar qué podrías cocinar esta noche o para pispear a tus hijos sentados en el asiento de al lado.

Podés ser libre, hasta que el enmascarado verde te recuerda: pibito, tenías obligaciones, seguilas.

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