Historia de Fantasmas


Mi abuela decía que el fantasma de su segundo esposo don Gonzalo rondaba su casa, que por las noches podía ver la silueta de su marido dibujada por la luz del candil, sentado ahí en su silla junto a la ventana donde solía encender un cigarro y mirar al cielo como esperando a que se abriera; me decía que los perros seguían ladrando a las cuatro de la mañana, hora en que él acostumbraba llegar cuando iba a tomar pulque al local de Paco Helguera; mi abuela vivió feliz con el fantasma de don Gonzalo, decía que la cuidaba, que le hacía compañía.

Te platico esto porque encuentro nuestra historia parecida; te fuiste y extraño tu cuerpo que fue mi país, donde yo era el presidente, el sheriff y el mendigo, te fuiste y este dios mío al que veía cuando veía tus ojos se fue contigo, te fuiste y sin embargo nadie le avisó a esta memoria mía, que todavía te encuentra en el patio reflejándote en la luna, acostada en la recamara vistiendo tu piel más desnuda, sentada en el parque tomando fotografías.

Ahora sé que lo que mi abuela llamaba fantasmas no son más que recuerdos y de pronto sus palabras me hacen sentido. Mi abuela decía: créeme hijo, los fantasmas existen, se ocultan en las sombras, en los rincones que creíamos olvidados, en los silencios; esperando un sueño, una melodía, una soledad tan desamparada que es capaz de volver a los muertos a la vida.

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