No. Yo no me compro lo de ser un contaminador egoísta.

Hace más de 26 años, el 20 de noviembre de 1989, acepté usar el transporte público un día de la semana a cambio de reducir la contaminación.

Incluso acepté hacerlo más días de la semana, aunque muchas veces eso trastornara mi vida y mi trabajo.

Después el gobierno me propuso otro trato: si yo invertía un sacrificio económico significativo en comprar un vehículo nuevo y mantenerlo en excelentes condiciones para conservar la contaminación dentro de ciertos rangos razonables, él invertiría significativamente en una mejoría progresiva del transporte público.

Así yo podría usar mi vehículo todos los días, pero dejaría de hacerlo porque se haría innecesario, como pasa en otras grandes capitales del mundo.

Yo cumplí, señores. Ellos no. Ellos invirtieron el dinero en cualquier cantidad de juguetes, autopistas, campañas, una guerra inclusive, pero el transporte público mejoró a pasos de tortuga.

Y como les fallaron los cálculos, la medida dejó de tener efecto y la corte les tiró una ley redactada por un subnormal, ahora quieren que yo tenga la culpa.

Y la neta, no.

G. K.