Imaginación.

Me prometí que no te iba a escribir, pero me debo a mí misma y a mi imaginación un final menos abrupto al que tú me diste para algo que ni siquiera había comenzado. Temo decir, querido, que eres un idiota, pero eso me pasa por hacer de una persona real un imaginario, situación que no es nada nueva, y la cual siempre ha sido mi problema. Quise creer que tú nunca me lastimarías, y que cuando te enteráras que llevaba… ¿10?…¿12 meses?… enamorada de ti, me dirías de alguna buena manera que habías estado ciego y que, por supuesto, tú eras el Príncipe Azul que llevaba buscando desde que había empezado a leer cuentos de hadas. Lamentablemente, no fue así. Me dijiste que había sido una malinterpretación, algo así como un teléfono descompuesto del amor, y que la verdad, yo no. Pero, ¿”yo no”, qué? “Yo no” soy la chica que buscas. “Yo no” soy normal. “Yo no” soy ni güera, ni súper inteligente, ni me gusta la ropa provocativa, porque empiezo a creer que eso es lo que en realidad te gusta. Pues si, yo no. Porque, ¿yo?, nunca. No soy lo que quieres que los demás piensen de ti. Y sé que estoy exagerando la situación, y sé que “solamente” tenemos toda una vida por delante, y sé que probablemente en un año sea el simple recuerdo de una molestia que no te dejaba seguir con tu vida como te hubiera gustado, una distracción entre el mar de pendientes existenciales que tienes a diario, pero no puedo evitar escribirte porque te has vuelto un residente permanente en la casa llena de habitaciones vacías que es, y siempre ha sido, mi mente. No te culpo, la verdad, pero el no culparte de mi sufrimiento, y no odiarte por él son dos cosas completamente distintas. “¡Qué ridícula!”, pensarás, “preocuparse por un amorío imaginario, ya, que lo deje ir”. Si tan solo fuera tan fácil.

Porque he intentado convencerme de que estoy bien, de que estás desapareciendo de mi visión, me obligo a bufar cada que te veo, y cuando te tengo a una distancia en la que me pudieras oír resoplar, me limito a rodar los ojos. Pero no puedo evitar que las turbulencias dejadas por el paso de tu huracán en mi interior permanezcan donde están, que el aire con olor a lluvia que existe dentro de mi cabeza siga amenazando con una lluvia torrencial que incapacite a todas las voces de mi cabeza que me dicen que te mande al infierno. Yo creo que me sigues doliendo. Yo creo que, por muy invisible que me crea, o que te crea, algo sigue pensando que podría funcionar. Y soy una necia y una estúpida por pensarlo siquiera.

Pero si te fijaras en la cantidad de tinta que adorna mis brazos intentando negarte, las líneas de tinta contando los días que no te había escrito, que había sido fuerte…

Si contaras la cantidad de mentiras que he dicho esta semana acerca de lo bien y feliz y liberada que estoy de tu presencia…

Si tan sólo vieras las señales de que tu negativa fue la gota que derramó el vaso dentro del cual se desencadenaba una tormenta, porque me encanta ahogarme en un vaso de agua…

Si, pero soy consciente de lo invisible que soy, y supongo que está bien, porque una chica que vive de la imaginación, no puede esperar ser nada más que algo imaginario e intangible de lo cual sólo queda un vago recuerdo y una sensación en la memoria de algo faltante.

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