Hablar con el espejo

Es posible que ni siquiera Kate Winslet se vea hermosa cada vez que se mira en el espejo. He dicho “posible”.

La imagen de las mujeres es el producto de una negociación constante. Te levantas, te lavas la cara, te miras frente a frente y sacas alguna conclusión: “Se nota que no he dormido”, “¿Cómo puedo tener estas ojeras después de ocho horas?”, “Pues no estoy tan mal”, o “Sí, hoy me veo bien”.

Existe un diálogo, porque nuestra imagen cambia y nosotras notamos cada matiz: la edad, el estrés, las hormonas, el vello… Y algún grano espontáneo, molesto y notorio como los borrachos que saltan desnudos al campo de fútbol. Quién no le ha hablado a un grano.

Observamos cada uno de esos eventos, los analizamos, y luego tomamos medidas o decidimos aceptarlos. Podría ser un juego entretenido, o al menos no tan frustrante, si no fuese porque recibimos una influencia externa que nos dice cómo tenemos que actuar, y lo que es peor, qué puede pasar si no actuamos.

No nos ponemos cremas hidratantes solo porque mantienen la piel tersa y suave, no, es un gesto para tratar de controlar el paso del tiempo y el equilibrio de grasa de la piel. (“¿Dónde vas con esos brillos?”, le decía a una amiga su madre antes de salir de casa).

Somos juzgadas por tener granos, arrugas, bigote, rojeces, la piel rosa, la piel amarilla, ojeras, o signos de la edad (que es la edad de los veinticinco). Pero también somos juzgadas por preocuparnos por ello. Por operarnos, por meternos pinchacitos de sustancias, e incluso por maquillarnos o ponernos cremas caras. ¿Para qué lo hacemos, si a nadie le importa? ¿No somos libres de hacer lo que queramos? ¿No estamos traicionando al feminismo? ¿Para qué molestarnos en cambiar algo, si total se va a notar? Estamos mejor sin maquillar.

Sí.

Claro que sí. A los dieciocho años, con una tez blanca pero no rosada, sin acné ni vello facial. Y guapa.

Porque la cara que tienes a los dieciocho es como las tetas de los dieciocho: puede que en su momento no te gustase, pero la echarás de menos, y si no, otros te harán extrañarla.

La belleza está en los ojos del que mira, y el juicio de valor de una mujer está en boca del mismo que la va a criticar por su aspecto. No es que algunas sean más listas y sepan pasar, es que la autoestima es una amante veleidosa, y tampoco a todas nos acosan igual. Depende de en qué ambiente nos movamos (y los hay muy superficiales, y los hay donde todas las mujeres han de ser exactamente iguales), en qué trabajes, y más cosas.

Pero las obligaciones también tienen que ver con la ausencia o cantidad de maquillaje. No se concibe que una mujer se maquille para sí misma o para sus amigas, tiene que estar buscando algo. Sí, como una buscona. Y cuidado con los excesos, que dónde vas pintada como una puerta.

Le debemos mucho a Kat von D por haber sacado la mamarracha glamurosa que llevamos dentro, por darnos ganas de maquillarnos excesivamente para nosotras mismas y para los selfies (amo el selfie como oportunidad de mostrarme como quiero. Es mentira, pero es mi mentira. La lente de mi cámara y el filtro son mis agentes de prensa).

El paso del tiempo es algo tabú todavía, o tal vez más que antes. La prueba es que Internet está llena de fotos de Debbie Harry en los 70 y los 80, como si hubiese muerto, pero esta señora no sólo sigue viva, sino que está de gira ahora mismo y solo la veo en las fotos que cuelga Shirley Manson.

Y del cuerpo ya no hablo. Porque con mi cara hablo mucho pero con mi cuerpo no. Lo veo de refilón, trato de respetarlo, pero no puedo decirle nada bueno. Y Melani Olivares, que es un pibón, cuelga una foto desnuda,tres meses después de dar a luz, y dicen que está gorda. Luego decid que no hay presión,que estamos locas.

Eso sí, si es un tío el que sale con una gorda, las alabanzas a él. Pero no sabéis los debates que tiene ella con el espejo.