El Espíritu de Brown

La demolición de los edificios históricos, el trastorno del paisaje, la inversión movida por la ambición sin tener en cuenta a la comunidad, todo eso mata al espíritu de Brown. Hace más de dos mil años decía el poeta Píndaro que el alma humana “duerme cuando nuestros miembros se agitan y mueven…”[1]; pero cuando nuestro cuerpo reposa fatigado, entonces ella “…en sueños, nos revela el juicio de gloria y de dolor que nos espera…”; en otras palabras, el alma se despierta, cuando nosotros descansamos, y desde el ensueño y el ocio nos revela los secretos venideros. Toca entonces sosegarnos, para que nuestra alma liberada de los ajetreos de los negocios y las preocupaciones, despierte; y entre ensueños y entelequias podremos asomarnos de su mano, al porvenir. Ese sopor estimulante no es difícil de invocar a la hora de la siesta por los alrededores arbolados de la estación de Claypole, desde la ventana de un chalet en Mármol, deambulando las calles solitarias de Burzaco, a la puerta de la Parroquia de Santa Ana en Glew, o perdido por Cerretti en Adrogué. Bien podría decirse que, por las tardes, desde tiempo inmemorial, Brown suele tomar la siesta y en esas horas las almas se dedican a inspirarnos… Restará que alguien escuche lo que el espíritu de Brown tiene para contar. A esa hora todo entra en un registro distinto de la existencia. Es el momento de los chicos que escapan de la casa para explorar su barrio, asaltar algún nisperero cercano, ensayar pavadas con la bicicleta, o comenzar a armar el equipo que un poco más tarde medirá fuerza futbolera contra el barrio vecino en Calzada o Burzaco. Es la hora de las adolescentes, que van tímidas por las veredas precarias de barrio San Javier para juntarse con amigas, comprar alguna golosina bien barata en el kiosco cercano, y dejarse llevar por las nubes ascendentes del incipiente amor. La siesta es la hora matadora de los albañiles, mal nutridos con un almuerzo demasiado frugal, cuando aún queda aquel camión de ladrillos por descargar y el madrugón se deja sentir como imparable llamado de la querencia que los invita a continuar mañana. Elegimos la hora de la siesta, esa pausa a la que hemos sido tan poco afectos, pero que tan bien describe la vida de barrio en Brown. Con su modorra quedamos entonces a merced de los reveladores movimientos del alma, de nuestra conciencia que, mientras el cuerpo descansa o acusa insensible fatiga, comienza a conjeturar a nuestro oído. A esta hora el alma nos pregunta en ensoñaciones, que será de nosotros mañana; hacia dónde va nuestra vida; que podemos esperar para el barrio. Y todo ello ocurre en este poderoso ambiente, en el municipio de Almirante Brown.

Pero la hora de mansa inquietud para el alma no solo nos habla apaciblemente del futuro, de aquello que nos prepara la vida. El alma nos importuna también con un leve, suave, y difuso, dolor en el corazón. El alma despabilada usa nuestra somnolencia siestera para instilarnos una dulce y sigilosa, aunque ineludible, pena por el retorno. Nuestra alma en vela, frente a nuestros cuerpos indefensos por la fatiga y la pereza, no dejará de causarnos, además de oníricas visiones del futuro, profunda nostalgia por el pasado. Todo esto sucede cuando nuestros cuerpos se deciden a reposar, o cuando anhelamos el lecho del cual la labor nos separa a la hora de la Oración. Bajar el ritmo de la caminata en el Arroyo del Rey en Burzaco, perderse vagamente por las veredas de los altos de Longchamps una tarde cualquiera, dejar la vista colgada de las arboledas callejeras de Adrogué, todo ello provoca este descanso evocativo donde el alma, medio en vela, toma progresiva ventaja de la molicie de nuestros miembros para recordarnos todo aquello que se fue. Como dice Hesse en hermosa imagen[2], promediando el camino de la vida miramos hacia atrás, invitamos a la juventud a que nos acompañe, pero ella, cruelmente resignada, inclina su cabeza y nos recuerda que no es posible volver el tiempo atrás. También nos preguntamos entonces ¿Donde estarán?, como lo hace “la elegía de quienes ya no son, como si hubiera, una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aun y el Todavía”[3]. Brown es un suelo que nos invita siempre a abrir el cuerpo hacia el pasado. El pasado de estos barrios no ha terminado de decir todo lo que tiene para contarnos. El pasado del municipio de Almirante Brown es un misterio que nos incita a descubrirlo, es una historia que el vecino relata de a tramos e imperfectamente, en el afán de ser alguien en medio de tanto abandono y dejadez. Nuestra alma escucha mejor que nosotros mismos esa historia contenida en el paisaje, el aire, los muros, las calles; y no permite nuestra indiferencia. Nuestra alma sabe que sin este antaño, difícilmente habrá mañana para los vecinos de Brown.

El Brown terruño nos apremia desde su propio tiempo, y desde allí maneja casi antojadizamente al nuestro. Únicamente la velocidad impertinente de las ocupaciones puede ser capaz de alejarnos de los mensajes del alma inspirada por estos parajes. O, con más oscuras intenciones, los intereses económicos individuales enviciados por la codicia y alejados del bien general. El vértigo de las ocupaciones, o la ambición intemperada, maltratan a nuestro espíritu y le obligan a un injusto e insensible silencio. Un paso demasiado vivo desde el tren al colectivo, la caminata aislada por la electrónica mientras se atraviesan las sendereadas aceras de Ministro Rivadavia, un voluntario freno a los impulsos del alma a las puertas de la Obra de Don Orione, son expresiones todas del siniestro esfuerzo necesario para evitar que la comarca encantadora finalmente nos venza con sus ruegos. En Brown, tenemos que no querer, para no sentir. Así son los barrios de aquí. Tenemos que no querer, para perder aquel preciso orden de humildes y queridas cosas[4], dirá Borges, que dieron sentido a nuestra formación, que constituyeron tupida ramada en torno a nuestra vocación, que abrigan cuerpo y alma de quienes fueron antes, y que muestran desde la lejanía de cada esquina la aventura infinita de la vida. Aquí, en las calles de Brown, el orden del ser sigue al orden del ayer, como al arquetipo nostálgico del artista, cuya fuerza inspiradora le proviene siempre desde su niñez. En Brown el ayer gobierna al ser, como el árbol frondoso busca sabia para su brote más nuevo y extremo, del pelo absorbente más veterano de su raíz más antigua.

A alguno podrá parecer desmesurado; pero en rigor de verdad, en la protección del patrimonio de los ayeres del Brown, buscamos claves para nuestra ciudad futura, más justa, más humana, más acorde con los intereses de nuestra comunidad. A ese pasado lo juzgamos eterno. Juzgamos eterna esta antigüedad tan nuestra, porque creemos también desde siempre, en un futuro para nuestro pueblo. Decimos con Aristóteles que de no existir nada eterno, entonces tampoco sería posible el devenir mismo[5]. Y quien renuncie a lo imperecedero del legado histórico de estos paisajes, aquel que cierre su oído a las imprecaciones que el alma en vela hace a sus miembros cansados desde la tierra sin tiempo, quien así se clausure, ese tampoco podrá creer verdaderamente en un fluir evolutivo para su propio vecindario. Cuando de las cosas de la comunidad se trata, sin historia nadie crea. Un barrio crece, arrullado por los mentales brazos del siempre presente pasado, donde se forjó a su vez, la mejor promesa para el futuro. Y cuando el barrio no crece, es porque ya nadie presta debida atención a la profecía y la nostalgia que las almas del suburbio cuentan en aquellos pocos momentos en que escuchamos. Una vez escribió Italo Calvino que una ciudad no está construida de otra cosa más que de relaciones hechas entre mediciones de su espacio, y la presentación progresiva de los eventos de su pasado[6]. Espacios medidos y delimitados, e historias sucesivamente vividas y contadas, constituyen el magma originario de las ciudades. En definitiva, ambos componentes establecen la doble geometría de toda ciudad, la geometría del paisaje y la del tiempo. Las diagonales de Adrogué son ejemplo acabado de esta especulación, como lo es el compás del Ferrocarril Roca hasta Claypole o Glew. Tanta geometría espacial y temporal no hace más que recordarnos que hablamos de vestigios indudablemente humanos, dirá Cicerón[7], los cuales no pueden ser disimulados aún por la sobrecogedora abundancia botánica que caracteriza a nuestros barrios. Algo especial habrá en los espacios y en los tiempos que dieron origen a Brown, si es que vamos a coincidir con Aristóteles en que “…igual que una ciudad no surge de una multitud cualquiera, así tampoco se forma en cualquier espacio de tiempo…”[8]. A esta experiencia renovada entonces nos lanzamos; al redescubrimiento de los hombres de antaño y de sus hechos, fantasmalmente vivos en esta elucubración numérica particular que tuvo lugar por estos lares allá hace tiempo.

En definitiva, hablamos del principio, ese comienzo que por ser inicio absoluto, por ser término eviterno desde donde todo lo demás emergió, habrá de ser increado; habrá de ser él mismo la eternidad primera, para citar otra vez al filósofo de Estagira[9]. Remontados así a estos preludios, siempre presentes en cada tren que se aleja de Longchamps hacia Guernica, en cada perspectiva que ofrece el cementerio de Calzada, en las veredas de Ricardo Rojas o de 25 de Mayo en Burzaco, en semejante trance entonces, a mí también se me hace cuento que empezó alguna vez este lugar, al que “..juzgo tan eterno como el agua y como el aire”[10]. El municipio pudo comenzar en cualquier parte; en la Plaza Brown o en Plaza Esteban Adrogué, o tras las correrías de doña Juana de Loyola por lo que sería el paraje del “Monte de los Chingolos”, hoy Ministro Rivadavia. Brown, para volver a Borges, comenzó en “una manzana entera pero en mitá del campo, expuesta a las auroras y lluvias y suestadas”. El poeta se refería a “La manzana pareja que persiste en mi barrio”; y diremos nosotros emulando la parsimonia del poeta, que Brown comenzó para mi entonces, en la manzana de Perrando, Pavón, Ascasubi, y Alsina; donde por primera vez recuerdo la sonrisa de mi madre. Nuestra vida pasa; el alma de la comarca en cambio, no. Lamentablemente una topadora podría acabar con todo esto para siempre.


[1]Pindaro. Fr. 131. En: Enzo Madruzzato (Trad.). Lirici greci dell’eta arcaica. Milano 1998, BUR

[2]Hermann Hesse. Jugendflucht. En: Hermann Hesse. Die Gedichte. Berlin 1977, Suhrkamp, pg.: 43. “Ich wandle müde und bestaubt/Und hinter mir bleibt zögernd stehn/Die Jugend, neigt das schöne Haupt/Und will nicht fürder mit mir gehn”.

[3]Jorge Luis Borges. El Tango. “¿Dónde estarán? pregunta la elegía/de quienes ya no son, como si hubiera/una región en que el Ayer, pudiera/ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.”

[4]Jorge Luís Borges. Adrogué. “¿Cómo puede perder aquel preciso/Orden de humildes y pequeñas cosas,/Inaccesibles hoy como las rosas/Que dio al primer Adán el Paraíso?”

[5]Aristóteles, Metafísica, B4, 999b5–6

[6]Italo Calvino. Le città invisibili. Milan 2003, Mondadori, I, 3, pg.: 10. “…non di questo è fatta la città, ma di relazioni tra le misure del suo spazio e gli avvenimenti del suo passato…”.

[7]La anécdota la cuenta Cicerón en: Cicerón, De Re Publica, I, xvii, 29

[8]Aristóteles, Política, V, 3, 11 (1303a). En: Manuela García-Valdéz (trad.). Política de Aristóteles, Madrid 1994, Gredos

[9]Aristóteles, Metafísica, B4, 999b7–8

[10]Jorge Luís Borjes. Fundación mítica de Buenos Aires. “Una manzana entera pero en mitá del campo/presenciada de auroras y lluvias y sudestadas./La manzana pareja que persiste en mi barrio:/Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.