El papa Francisco y la relectura del mundo
Al cumplirse un año del pontificado de Francisco, el mundo enfrenta asimismo una relectura de la historia, de la cual es precisamente el Papa su mejor intérprete.
El mundo visto del revés
El año de pontificado del Papa Francisco es ocasión para expresar algunas reflexiones motivadas por las enseñanzas del pontífice así como por la coyuntura histórica en que comienza su reinado. Recientemente la Argentina ha ocupado las primeras planas de The Economist y del New York Times, donde con argumentos gastados, cuando no efectivamente erróneos, se intenta explicar al ambiente internacional, cuán equivocados estamos.
Los argumentos utilizados en sendos artículos se resumen a una narración de nuestro “siglo de decadencia”, y una crítica a los movimientos populares de nuestro país.
El siglo de decadencia es desmentido por la historia económica, toda vez que la Argentina no pudo volver a ser lo mismo luego de la Segunda Guerra Mundial, como por otra parte ninguna nación europea lo fue. A su vez, la historia argentina del último siglo no puede ser leída al margen de la historia de los países de América Latina toda, más allá de éxitos recientes, como Chile, México, Perú, o Brasil, nunca exentos de importantes matices a la hora de hablar de desarrollo integral de la sociedad.
La crítica a los movimientos populares de la Argentina, por otro lado, desconoce la historia social de América Latina, África, Asia, y probablemente también la de Medio Oriente, la de China incluida. Con lo cual, las observaciones respecto de los movimientos populares, de seguro tendrá fundamentos teóricos muy plausibles, pero que no tienen en ninguna consideración la realidad del 75% del población de la Tierra en los últimos 50 años.
Sostener que nuestro país ha evolucionado hacia el subdesarrollo, y esto atribuirlo a una falla “moral”, es desconocer la evolución demográfica no solo de la Argentina, sino de todo el cono sur. Es esta evolución demográfica, sumada a un proceso político por demás accidentado, uno de los determinantes fundamentales de la actual fisonomía de nuestra Nación.
Es innegable que la Argentina debe cambiar muchas cosas, como también es innegable que toda América latina tiene cuentas pendientes con la educación, la salud, y la infraestructura. Pero veamos el mundo del revés. Resulta igualmente evidente que las naciones desarrolladas deben asumir su cuota de responsabilidad en el estado actual del mundo. Fenómenos como la esclavitud, los apartheid, o los totalitarismos de Estado, no hace mucho que han abandonado la escena política de los países llamados “centrales”, cuando no retornan como antiguos fantasmas bajo la forma de enredos políticos a la italiana o aventuras bélicas inventadas al estilo Hollywood, con serias consecuencias sociales a nivel global.
Desarrollo temporal
Como claro eco de la máxima evangélica “Dadles de comer”, la Doctrina de la Iglesia hace no menos de 80 años que insiste en la necesidad de orientar la organización social hacia el desarrollo equitativo, la libertad, y la fraternidad. Recientemente, ha sido destacado por Del Percio el valor de la fraternidad en la organización política de América Latina y su vinculación con el pensamiento cristiano. Esta línea de pensamiento de seguro encontrará eco en las nuevas ideas que desde el Sur del Mundo orientan los nuevos tiempos.
La expresión más clara de esta necesidad de replantear las bases del desarrollo viene atestiguada por la realidad de la inequidad. El crecimiento de las desigualdades es previo a la crisis del 2008 y constituye un serio problema para el desarrollo futuro tal y como lo ha señalado, entre otros, el premio Nobel de Economía Michael Spence. Baste recordar que la mitad de toda la nueva riqueza de Estados Unidos de los últimos treinta años ha ido a parar a manos del 20% más favorecido de la población de ese país. Repitiéndose situaciones similares en prácticamente todos los países desarrollados. Y nadie ha encontrado hasta hoy una “receta” económica para resolver la cuestión de la inequidad. El problema requiere nuevos fundamentos de tipo filosófico y espiritual para la solidaridad, que es el vinculo esencial de toda sociedad justa.
A su vez, la brecha social se ha consolidado como una repudiable aunque hoy imparable tendencia para las décadas venideras. Esta tendencia es parte de un sistema de organización económica que expresa hoy en día uno de sus aspectos más delicados mediante la exorbitante participación del sector financiero en la economía. Desde el año 1900 hasta la fecha el sector financiero creció el doble que la economía real. Desde un punto de vista estadístico, las desigualdades sociales responden a la distribución inequitativa del ingreso, hecho que a su vez obedece a imperfecciones del mercado laboral así como a otras diferencias de capital social tales como educación y salud. Sin embargo, hay una decisión política fundamentada en toda una concepción del hombre que necesariamente debe relanzar el modo en que las sociedades se organizan y conviven hacia una nueva etapa más humana, más justa, y en definitiva más feliz. La actuación del nuevo pontífice, en lo que a nueva política se refiere, parecería apuntar en esta dirección.
El mundo franciscano
Francisco se ha lanzado a una aventura espiritual de dimensiones históricas; se ha lanzado hacia la “relectura” del mundo. Sus escritos, sermones, y acciones políticas directas como en el caso de Siria, han sentado a la mesa de los poderosos, la opinión de los humildes. No hay otra cosa que explique la inaudita popularidad del Pontífice.
Que medios Británicos o Americanos salgan a criticar la figura de Perón, Evita, o de otro cualquier otro líder popular democráticamente elegido de América Latina, y esto hacerlo desde una posición “moral”, no muestra sino la miopía de esos sectores para reconocer su propia crisis política. Indudablemente la realidad puede seguir su curso sin atender a este nuevo hecho geopolítico: que los pueblos de la tierra son cada vez más autónomos, conscientes de su propia identidad, y exigentes con sus derechos. Pero esa marcha será a ciegas. Es responsabilidad de los países más desarrollados, reconocer o no este cambio de perspectiva traído de la mano de la globalización. El camino se encuentra ahora alumbrado por el nuevo Pontífice. Desde el lado de la marcha de los tiempos, no asistimos a otra cosa sino a lo que Perón denominó hace ya cuarenta años como “la hora de los Pueblos”. De los pueblos CON pastor.