CINCO HORAS DE DISTANCIA
Llevaba casi una hora intentando convencerla de que el amor a distancia sí es posible. No es su incredulidad lo que me estaba matando, sino mi descomunal posibilidad de estar equivocado.
Mi obstinación era evidente:
— Podemos vernos los fines de semana — aclaré con voz campante.
— Es difícil. Yo necesito contacto permanente — me advirtió, mirando un bus que se perdía por la calle 12 oriente. La palabra «difícil» contenía un ápice de esperanza, suficiente como para considerar la porfía como una de mis virtudes.
— ¿Acaso el sacrificio no es evidencia de amor verdadero?
— No te pongas romántico.
— Además te escribiría poemas todos los días
— La distancia no se arregla con poesía
— Pero la hace menos angustiosa.
Un silencio llenó su boca. Un silencio ensordecedor, tan estrepitoso como esperanzador; suponía que coqueteaba la idea con la lucidez que la caracteriza. Un vendedor de pasteles profanó el sigilo ofreciéndonos de su mercancía. Sólo ahí fue posible un respiro sosegado.
A Paulette la conocí en Valparaíso. En una disco gay. En la calle Blanco con Echaurren. Ese día no llegó a buscarme un amigo y terminé acompañando a otro. Mi motivación en ese momento era beber como se bebe siempre: sin ningún motivo. Del carrete hablaré en este o en otro cuento. Lo importante ahora es que la conocí en un lugar nada obvio, y ahora no hay nada más previsible que mi amor hacia ella y mi fanatismo por convencerla de que el amor a distancia sí es posible.
Paulette es bella. Grandemente bella. Gobierna esa belleza que no te acerca a la vida, sino que te aleja de la muerte. El mundo resulta un lugar más habitable cuando tomas un café con ella: conversas de cine, de literatura, de teorías conspirativas y aún queda espacio para lo trivial y mundano. Yo seguía en mi afán persuasivo: — Las diferencias separan más que las distancias — dije con cara de filósofo pedante.
— ¿Qué quieres decir con eso? — Me respondió con mirada tajante y desdeñosa.
— ¡Bien sabes a qué me refiero!
— Cariño, escúchame, nunca en mi vida había sentido esto, no me cabe una tarde más de ternura en mi corazón, pero por favor, entiende, te conozco hace un mes. Hace 40 días atrás solo estabas hecho de materia de sueño y poco menos.
— ¿Y?
— ¡Que será complicado, pues!
Me lo dijo despacito, pero aún vive el eco de aquellas palabras en unos cuantos poemas míos. Faltaban 10 minutos para que llegara el bus y yo aún no perdía mis apetencias. Yo miraba a Paulette y la veía intranquila: sentía que ella quería ahogarme de un abrazo, estrangularme a besos, pero había una pared invisible del tamaño de los Elfos entre ella y yo. Efectivamente ella necesita contacto permanente: es de las mujeres que aman la rutina. Son felices y dichosas con saber que al llegar del trabajo estará su pareja para ver una película o cocinar algo, salir a caminar por la playa o a tomarse una cerveza. Ella es de Viña del Mar. Yo soy de Talca. Cinco horas de distancia que al largo plazo se hacen inviables. A pesar de ello, solo me queda ser insoportable:
— Si no te amara, Paulette, y no tuviera esta certeza, no te pediría que lo intentáramos. Dinero tengo poco y sobrellevar una vida de viajes supone un estilo de vida que ahora precisamente no concibo, pero conoces mi estilo: en el camino vamos viendo.
— Tengo pena.
— Sí. Lo sé. Pero no nos sirve eso ahora, intentémoslo. Si no resulta, lo dejamos. No le tengo miedo al desamor: amar, en cierto punto, es abrirle las puertas al dolor y la desesperanza. El miedo a ser feliz rompe más corazones que la infidelidad.
— Tú siempre tan iluso.
De nuevo irrumpió un silencio nada fortuito. Precisé el bus que se acercaba a 100 metros y sentí un vértigo invertido: de abajo hacia arriba. Paulette se levantó del banco y tomó su bolso. Tomé su brazo como pretendiendo un atraco. Bastó una mirada suya, llena de dolencia y coraje, para prescindir del acto. Nos besamos. Algunos besos se recuerdan con la boca seca y los ojos húmedos, y este, no fue la excepción de maldita frase. Solo recuerdo que, cuando Paulette se subía al bus, se dio vuelta y me miró: para mí pareció un día entero, para el señor que subía detrás, un par de segundos. Me miró y me dijo con mirada volantinezca: me debes flores y chocolates. El bus partió ligero, y permanecí en el lugar 20 minutos sin emitir el mínimo jolgorio de desesperanza. De improviso, un niño me sacó de mis lagunas con voz trémula y precipitada pidiendo dinero: no hice caso y me dirigí raudo a mi vehículo, abrí la puerta, me senté y exploté en llanto. No por ella, sino que olvidé decirle lo más importante: regalar flores y chocolates es de amantes indolentes y sin ingenio, lo mío es seguir al ser amado hasta el fin del mundo.