NO PUEDO NOMBRARTE

Tengo mucho que decirte

cuando me dejas sin palabras:

decirte por ejemplo

que tardé mucho en escribir este poema — ¿este poema? —

Ya sé que el pudor es la muerte de los poetas jóvenes.

Quise escribirte

pero eso implica nombrarte

y la belleza no se nombra

Estas voces tienen afanes cardiológicos:

no puedo callarme lo que me deja sin palabras.

Sé que mis palabras están llenas de sombras.

Sé que mis silencios están llenos de espejismos.

Pero yo me arriesgo a nombrarte:

será la noche la que juzgue mis discursos.

Yo te vi bailando en el albur de la bohemia

llevabas una falda blanca, yo un hálito cervecero

y no fui capaz de sacarte a bailar:

los borrachos son mejores viendo que diciendo la verdad.

Pasaron cinco años

Pasaron cinco horas de distancia

Y aún me duele el silencio desmedido.

Escribir es otra forma de sangrar y nombrarte no quita el dolor.

Yo sé que me amas pero es raro sentirse amado:

parece un triunfo injusto, un éxito falso.

Yo vengo de las cavernas:

me cuesta ser un perro cuando me criaron como lobo.

Pero lo intento. Lo intento. Y eso debiese alcanzar.

Supongamos que no nos amamos

Supongamos que no nos conocemos

¿Qué dirías de mí, si me acerco y te ofrezco este poema?

¿Qué diría yo de ti, si me ofreces una mirada desconfiada?

Entonces nunca más te nombraría

y eso significaría la muerte.

Nombrarte o no ya no tiene sentido:

ambos caminos conducen al mismo despeñadero.

El amor crea poetas y al mismo tiempo los destruye.

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