Cuando fui a un club militar

Esto ocurrió alrededor de la última semana de febrero de este año, aunque recién me he decidido a contártelo.

Yo no suelo ir a clubs. Primero, porque no soy miembro de uno; segundo, porque no me apetece unirme; tercero, porque prefiero vivir mi vida de manera más sencilla; cuarto, porque no me veo yendo a un club. Sin embargo, fui a uno.

Este club tiene por particularidad ser tanto para militares como para sus familiares civiles. Se paga una cuota más o menos accesible, que permite tener al club en buen funcionamiento, ya que sus miembros son decenas de miles.

Fui junto con mis padres para celebrar el cumpleaños de un familiar nuestro, quien, para mí, puede dar lo mejor de sí en la institución para la cual está sirviendo desde que era soldado y durante los años que ha ido ascendiendo tras demostrar sus cualidades y aptitudes. No suele acceder a los beneficios como miembro de este club.

Nosotros, algunos de sus familiares, fuimos por invitación. Antes de entrar al área de la piscina, almorzamos en el local acondicionado, no solo como comedor de un chifa, sino también como un salón de eventos sociales.

Como almorzamos tarde (los demás ya estaban terminando de comer), y el local ya estaba siendo desocupado, aumentaron de volumen la música de fondo, como para que los que quedábamos, ya nos fuéramos. Esto fue lo que no me gustó. La comida, en cambio, estaba deliciosa. Si de calificar se tratara, yo le pondría 8 / 10 o daría 4 estrellas. Considerando que los alimentos estaban en platos sobre una bandeja giratoria, cada uno se sirvió lo que quiso.

Para las 4 de la tarde, ya estábamos en la zona de las piscinas, porque había una para los adultos, y otra para los más chicos. Eso sí, siempre limpias, pues el agua es recirculante, para mantener la buena salud de la piel de los bañistas, quienes también deben cumplir las reglas del establecimiento, impresas en un gran panel al lado de los baños y vestidores.

Yo no soy de hablar mucho, pero sí participo cuando lo considero oportuno. La reunión se prolongó hasta después de las 7 de la noche, hora en la que tuvimos que dejar el local por decisión casi unánime, después de horas de conversación y sucesos a nuestro alrededor.

El Club, pienso, no es discriminador; tampoco tan inclusivo, pero es un lugar para quienes puedan pagar también por los eventos que allí se realicen.

El dinero que los militares en actividad pagan para el funcionamiento del club, sirve adecuadamente. Suelen ser sus hijos y cónyuges quienes pueden disfrutar de estar una tarde allí, hacer amistades, etcétera.

El club me pareció acogedor, y más en esa tarde despejada y con el sol bajando por el lado del mar y el cielo limeño, pero sin el color “panza de burro” (gris) y con el viento fresco.

De lo que ocurrió alrededor nuestro, me llamaron la atención 2 casos:

El primero: que los jóvenes reclutas se pusieran a hacer planchas, ve tú a saber con qué motivo, lo cual les duró poco ya que recibieron un llamado de atención. Al club se va a relajarse y disfrutar de un día en libertad. Los ejercicios se hacen en el cuartel y para entrenarse. Por lo tanto, no es un buen lugar para retarse a hacer más planchas.

El segundo: que la limpieza fue durante la noche, en momentos en que ya casi todos se habían ido del área de la piscina. Esto es lógico, tomando en consideración que siempre el local debe estar en óptimas condiciones y que en las siguientes horas se realizaría un evento social. Sí, había luces distribuidas alrededor de la piscina grande, por lo cual había bastante iluminación, mejor que la de los postes de alumbrado público.

Fueron varias horas en la que pasé celebrando un cumpleaños, y me relajé un poco más. Aprendí también a ver parte de la vida, de otro modo, y, sobre todo, a entender un poco más cómo es la institución castrense y cómo trabaja para dar seguridad a un país.