Media de Zhumir


No sabía ni por donde empezar. Entre el círculo más cercano de amistades se comentaba frecuentemente acerca de mi habilidad “innata” para contar historias memorables, pero Zoe no se veía tan convencida.

Nunca estuve muy seguro de poseer tales destrezas, hasta el martes que recibí ese email. La reina madre de mis ex novias había roto el silencio de tres años de manera unilateral. Superando algunos complejos adquiridos desde los cuatro años de edad provocados por una madre sobre protectora y seguidora del Feng Shui y sobreponiéndose al orgullo que le había obligado a comprar un identificador de llamadas para no volver a hablar conmigo; se atrevió a tipear kpitan@gmail.com en el casillero del destinatario y escribirme. Para deleite del lector, me permito transcribir textualmente dicho email, con algunas correcciones estilísticas y ortográficas que su autora seguramente rechazará y repudiará de forma enérgica:

Hola Capitán sin k:
Te odio.
Y te odio sobre todo cuando recuerdo la última fiesta en casa, esa en la que invite a mis amigos de la facultad. Todos sentados en un círculo perfecto, hipnotizados por las palabras que salían de tu boca. Ayer hable con Valentina y recordábamos la situación detalle a detalle. Lo que pasa es que estamos por abrir un nuevo blog contando nuestra vida en Baires y bueno… también queremos hipnotizar. ¿Es acaso el trago el que te hace atractivo? Para mí eras interesante incluso sobrio. Recordábamos como esos pelotudos no querían interrupciones.
- Chicos, ¿cerveza o vino?
- Agus, ¡estamos escuchando!
Para mí, la forma en la que nos conocimos era de las más trilladas y comunes de la faz de la Tierra. En tu maldita (y bendita boca, debo reconocer) las situaciones que nos habían unido se asemejaban más a una tragedia griega, sólo que escrita por Woody Allen. Y aún recuerdo que sin que nadie lo notara, pusiste el “Grace” de Jeff Buckley para que acompañara armoniosamente el candor de tu relato. Tu disfraz era el peor de la fiesta… un atuendo completamente negro, que ayudaba a resaltar el gigantesco botón rojo a la altura del pecho que se acompañaba de un pequeño cartel en la parte inferior que decía: ¡No oprima el botón rojo!
- Me encanta el disfraz de tu novio… pero no quiere decirme de que está disfrazado, ¿vos sabés?
La pregunta se repitió toda la noche.
- No tengo idea, a mí tampoco me quiso contar. Cada vez que le pregunto me responde de una forma diferente, ya está borracho. La última vez me dijo que estaba disfrazado de pecado.
Tu relato sólo era interrumpido por tus propios paréntesis (¡Qué buena canción chugcha! … I lost my self on a cool damm night… ¿Han escuchado Jeff Buckley?… I make wine for the lilac tree / put my heart in its recipie… Es un genio, si quieren les presto el disco… Lilac Wineeeeeeeee).
Después de tantas botellas, tu mente seguía iluminada. Casi todos habían leído a los malditos, y era claro que para ellos, tú eras una reencarnación de alguno de ellos. Tomaste la botella de tequila, la empinaste en un ángulo perfecto de 90 grados y dejaste que el “anestésico del alma” ingrese con toda su violencia por tu diminuto cuerpecito.
- ¿Qué les estás contando que no quieren ni un trago?
- Cómo me enamoré de ti, negrita.
- ¿Otra vez con eso?
- Pará Agus, ¡dejá que siga!
Como ves, ya aprendí a escribir. Contigo lejos, y con tus criticas destructivas a más de 2000 kilómetros de distancia, cada vez se me hace más fácil.
Hijo de puta.
Te odio, pero amo tu forma de contar historias.
Yo también estoy tomando, pero mis historias no hipnotizan, aunque han cautivado a un par de seudo intelectuales. Y tú, ¿ya te agarraste alguna gringa ingenua, como lo hacías acá?
Si escribes algo… mándamelo.
Te odio,
Agustina.

Escribir sobre uno mismo siempre me ha resultado egocéntrico y por encima de todo, de mal gusto. Sin embargo lo que estaba ocurriendo dentro del auto era digno de una historia. Zoe estaba frente a mí destapando la botella de Zhumir, Ciro sujetaba con una mano el volante, aunque el carro estaba estacionado frente a mi casa, y con la otra mano buscaba algo decente en la radio. En el asiento de atrás el Nacho y su amiga discutían sobre algo que a nadie parecía interesarle. Yo estaba junto a ellos, arrimado a la ventana sin poder dejar de mirar a Zoe.

- Estoy enamorada. Estoy enamorada de un gordo, que además de gordo es bien feo. — dijo ella.
- Que bacán. Yo termine con mi novia hace unos días.
- Tú la debes conocer, Zoe. Está en la universidad. — dijo Ciro, después de tomar tímidamente de la media de Zhumir.
- Si te vas a mojar los labios, mejor pásame la botella a mí.

En el auto sólo quedábamos Ciro, Zoe y yo. El Nacho y su amiga habían desaparecido entre el ruido de los aviones que a esa hora todavía despegaban del aeropuerto de Quito. A medida que la botella circulaba, nosotros también despegábamos.

- ¡Ahhh!… ¿una chica de cabello negro y cerquillo hacia un lado?
- Sí. Se llama Ana.
- Es muy bonita tu novia.
- Es hermosa, pero no es mi novia. Me mando a volar hace una semana.
- Zoe, recordarle al Kpi lo que ya no tiene, no ayuda mucho. — dijo Ciro.

Dos tragos profundos de Zhumir y olvidé el estremecimiento que esas palabras despertaron en mi cuerpo. En principio pensé que el alcohol me devolvía la calma, pero después comprendí que la verdadera razón para que aquella estúpida sonrisa que tenía hace media hora no se borrara de mi cara, eran los ojos de Zoe. Su mirada era profunda e impenetrable. ¿Qué estás escondiendo?

- ¿Qué dijiste?
- Nada. ¿Me pasas la botella por favor, Zoe?

Al tomar la botella, involuntariamente rocé el contorno de su mano derecha. Lo que para mí fue mágico, para ella no existió.

- El gordo del que estoy enamorada tiene tanto talento.
- En este mundo abunda la gente con talento. Lo que de verdad se necesita, en especial para ser un buen escritor, es disciplina.

Zoe no escuchó ni una sola de mis palabras. Estaba demasiado entusiasmada por una canción romántica que escupía la radio.

- Yo aprendí a escribir en el primer grado. Desde ahí no he tenido grandes progresos. — dije tratando de regresarla a la realidad.

Ella no intentó ni siquiera disimular una sonrisa. Hoy estoy de malas, pensé. Tengo enfrente una chica que me gusta, que está enamorada de un talentoso y joven escritor, y yo en cambio… incapacitado de toda facultad humorística. Ya sé que no tengo talento pero al menos, hasta ahora, mi inteligencia ha servido para disimularlo. Seguí hablando del gordo, tratando de destruir la imagen platónica que Zoe tenía de él, pero era inútil. Esa no era mi noche.

- Él no es un articulista, es un cronista. — dijo llena de orgullo.
- Un delantero y un defensa son la misma huevada: futbolistas.
- Oye Ciro, ¿qué hora es? — preguntó.
- En 15 nos vamos, no te preocupes. — respondió Ciro, mientras revisaba la hora en su celular Sony Erickson.

A este paso, mis genes fatalistas y depresivos no van a alcanzar la siguiente generación.

- Deberías leer las cosas que ha escrito para Soho. Tú también escribes, así que de seguro las vas a poder apreciar en su totalidad.
- Yo no leo Soho, sólo la veo. — dije rematando la frase con una sonrisa de humorista fracasado.

No, ni una sola expresión de alegría en el rostro perfecto de Zoe. Quizá deba empezar a contar sobre el email de la reina madre de mis ex novias, del poder hipnótico de mis palabras, de los cuatro años de bohemia en Buenos Aires.

- Bueno loco, ya nos vamos. — sentenció Ciro.
- Pero loco, ¡todavía queda un cuarto de botella!
- Lo siento Kpitán, tengo que dejar a esta muchacha en el valle y ya es tarde.

El Nacho y su amiga aparecieron repentinamente junto a mí, en el asiento trasero del auto. Zoe ya tenía el cinturón de seguridad sobre el pecho. No puede dejar de notar como la presión de aquella correa generaba un pequeño doblez en su blusa, que dejaba al descubierto más piel de la deseada. Definitivamente ese era un pecho enamorado.

- ¿Capitán? — dijo ella.
- ¿Si?

Zoe había tenido su mano extendida por algún tiempo. Yo estaba hipnotizado mirando por donde no debía, así que no note su gesto de despedida.

- Perdón, me… me colgué.
- ¿Por la canción?
- Claro… ¿a quién no le gusta Maná?

Odio Maná, pero parece que a ella sí le gusta. ¿Me estoy volviendo mandarina antes de hora?

- Chao Capi.
- Chao Zoe.

¡Ni siquiera la pude mirar a los ojos! Tres cuartos de botella es muy poco para despertar el valor en el alma de este capitán sin k. Rápidamente abrí el seguro de la puerta trasera del auto y me bajé. Del otro lado el Nacho y su amiga también descendieron del auto. ¿Me despedí de Ciro?

- Chao huevón.
- Nos vemos mañana profeshor.

La mire mientras se acomodaba en el asiento del copiloto. Zoe es hermosa y le gusta el Zhumir. Debería invitarla a salir o algo. ¿Qué mejor momento que ahora?

- Oye broder, ¿me puedo quedar con lo que queda de la botella?
- No seas borracho Kpitán, guardémosla para mañana.
- El que guarda, guarda pesares.
- Yo compré la botella, así que es mía. — dijo Zoe mirándome a través del parabrisas.
- Pelada tengo sed. ¿Me regalas la media de Zhumir?
- No. Mejor nos la tomamos juntos mañana.

Mi respuesta fue una sonrisa. “Mañana”. Verla “mañana” era alentador. Caminé hasta la puerta de mi casa. El Nacho y su amiga entraron en el pichirilo amarillo del 77.

- Chau Kpi.
- Ya nos vemos mañana Nachito.

Su amiga hizo un gesto tímido con la mano derecha y entró en el auto. Mientras yo buscaba las llaves de la entrada de mi casa, Ciro pasó rápidamente en su auto camino hacia el sur. Preferí no volver la mirada y abrí la cerradura. Ya dentro escuché al pichirilo alejarse hacia el norte. Al llegar a mi habitación, abrí el pequeño cajón de madera al costado derecho del escritorio. Saqué la media botella de Zhumir que había sobrado de la noche anterior y encendí la computadora:

No sabía ni por donde empezar…

30 de abril de 2009
One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.