The Spirit Carries On

Hola amigo. Disculpa por interrumpir tu sueño tan profundo. Disculpa por buscarte desesperadamente como quien busca un paraguas que olvidó en casa en medio de un aguacero. Pero eres lo único inmaculado, lo único puro que queda de la vida que fue mía. Y aunque inalcanzable, te necesito aquí más que nunca.

Hoy todo lo que conozco se ha manchado de realidad. Los viejos héroes viven en canciones que ya no escucho, en amigos que ya no veo, en guiones que ya no escribo. Entonces abro el paraguas y te llamo con un playlist en Spotify cargado de recuerdos.

Hace poco el Santi subió varias fotos de otra época, aunque a mí me parecieron imágenes de otra vida. De una existencia que me resulta borrosa y ajena, como el sueño que te cuenta alguien que duerme todas las noches junto a ti pero que aún no terminas de conocer.

Tú no llegaste al Facebook, pero de haberlo hecho lo odiarías y amarías igual que yo. Es agotador mirar la farsa de vida perfecta y equilibrada que todos tus amigos, familiares y conocidos intentan proyectar. Es como ver una tanda interminable de comerciales que te vende una vida que jamás tendrás. Viajes a postales de ensueño, fiestas que parecen nunca terminar, familias de banco de imágenes, citas de escritores que nadie lee, selfies en gimnasios, fotos de platos exóticos, amistades que parecen eternas.

Y entre todo ese ruido, a veces, entre el fango, aparece una flor que aunque diminuta se levanta altiva desafiando a un mundo que le impide crecer. Es ahí cuando amo el Facebook, cuando entiendo que al igual que Arjona, existe para que podamos valorar que no estamos sordos y que aún escuchamos la música más hermosa de todas, esa que anida en lo más profundo del corazón.

Con el tiempo tu rostro se me va de foco. No logro precisar con exactitud los gestos que hacías al fumar, de qué hombro te gustaba colgar tu shigra, si preferías los Airwalk o los Converse. Pero gracias a la obsesión del Santi por registrar todo en imágenes y al Facebook, desde luego, hoy pude volver a verte. Es una fotografía hermosa. Creo que estás en la piscina del Galo en Guayllabamba o quizá en algún hotel en la playa. Es de noche. Hay poca luz, pero la suficiente para recuperarte por unos segundos. Miras distante, como pensando en toda el agua que ha pasado debajo del puente que ya cruzaste.

Esa foto me rescató. No quiero seguir recordándote como la última vez que te vi, o mejor dicho que vi tu cuerpo que ya no te pertenecía. Ese día no estaba solo. La Negra (así fue como finalmente llegué a llamarle a la Manuela) entró conmigo a terapia intensiva. Desde aquel momento no volví a tener la valentía de enfrentarme a la vida solo. Mi balsa fue ella y yo su salvavidas. El dolor nos hizo uno y la realidad finalmente nos separó. Nunca volvimos a ser los mismos de antes, los que tú conociste tan bien.

Si me vieras hoy no me reconocerías. Me he convertido en el fantasma de lo que pude ser y no soy. Quise volar por encima de las expectativas que todos se hicieron de mí y de mi vida, pero fracasé. No soy presidente como vaticinaba a los taxistas mi abuelo, no soy el diamante en bruto que la Negra intentó pulir en Buenos Aires, no soy ese espíritu libre e invencible que mis viejos intentaron forjar y tampoco soy quien necesito ser ahora que mi vida se desmorona. No soy. Por eso no te culpo si aún no has venido a verme. ¿Quién podría reconocer a alguien que no ha existido más allá de las proyecciones que otros han hecho de él? Te confieso que alguien sí lo ha hecho. Me casé con esa persona. Fui tan feliz. Ahora todo está borroso, pero yo sé lo que vi. No fue un espejismo, sé que ella se enamoró de mi alma aunque ya no lo recuerde. Como dijo Bukowski, hay que morir algunas veces para realmente estar vivo. Y yo estoy muriendo ahora.

Hoy hay mucha más gente en mi vida, gente que me encantaría que conozcas. Celeste es el nombre que le di al único sueño que aún no se ha convertido en pesadilla. Es absurdamente hermosa. Cualquier intento por describirla sería poco. Me gusta pensar que tiene lo mejor de mí y de la Fran, su madre y mi esposa que tampoco llegaste a conocer. Fransheska es para mí la Osni, evolución absurda de “Osita” (sé que es muy cursi y que tú odias estas cosas, pero entiéndeme nunca he amado a alguien tanto en la vida). Ella entró en mi mundo en silencio, con su voz tenue, casi apagándose. Como flotando, sin hacer ruido. Y lo cambió todo. Y su música lleno todos los vacíos. Y su luz derrotó a la obscuridad de la muerte. Ahora su voz retumba en toda la ciudad, mientras yo me apago en silencio. Cuando veo a mi hija la veo a ella, a su mejor versión. Es una soñadora, quiere cambiar el pasado igual que tú. Pero lo que pasó ya no nos pertenece. Quiero invitarla a que se adueñe del futuro, a que camine conmigo hasta extingirnos por completo. Hoy la veré, quizá ella me vea a mí también. Supongo que la Osni y tú serían buenos amigos, al menos eso dirías para sacarle información. Siempre viste el amor como un juego de poder y a mí como parte de tu equipo.

Tengo miedo. Quiero volver a subirme a tu combi Volkswagen, a la famosa buseta, comprar media de Paisa y saber que todo va a estar bien. Que esto es solo un ensayo para cuando de verdad seamos adultos. Que los amigos son la familia que uno elige y que nunca estaremos solos. Tengo miedo. No encuentro la combi, solo un Spark de llantas lisas que no me llevará a ningún lugar que no haya ido antes. Tengo miedo Gordo. Por eso te escribo. Por eso escucho una y otra vez The Spirit Carries On [Scene Eight]. Tengo miedo de que llegue el día en que deje de creer y deje de hablar contigo. El día en que me convierta finalmente en el Capi, el Retro, el Chévere, el Andresu, el Pungui, el Mecke, el Puchungo, el Oso, el Enano, el Andresito, el man de Goli. Tengo miedo loco. Tengo miedo de que un día no pueda más, que todos ganen y prefiera ser cualquiera menos yo mismo. No tardes, yo pongo el Paisa y tú la buseta.

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