Mansuy tiene razón

Mansuy y Evópoli se enfrascaron en una trifulca bastante interesante a raíz de la presentación del eventual programa de gobierno de Felipe Kast.

La crítica del filósofo -autor del trasnochado manifiesto político de Chile Vamos, entre otros- recoge una crítica trascendental al liberalismo político que no es posible obviar más, resumida en sus palabras, que “el individualismo que lo inspira (al programa de Kast) entra en tensión más o menos abierta con la idea misma de comunidad política. Aunque el texto no tiene pretensiones teóricas, esta dificultad lo atraviesa de punta a cabo.”

No suelo concordar en nada con Mansuy. Creo, de hecho, que el conservadurismo chileno (al menos desde mediados del siglo XX) ha sido mucho más incapaz de realizar algún análisis certero que cualquier otro conservadurismo, y por cierto, que cualquier otra corriente -es cosa de leer el manifiesto de Chile Vamos-. Aún así, el profesor da en el clavo esta vez, y desnuda la gran falencia del proyecto político liberal, enraizada en su escencia y forma.

En su escencia, porque pretende ser un proyecto político aún cuando no define bajo qué concepción de “lo político” basa su actuar, cuestión que los movimientos de inspiración posmarxista definieron desde un principio (de la mano de Mouffe y Ranciere principalmente). Peor aún, no entienden siquiera la tremenda discusión teórica que subyace en tal definición -materia de otro escrito, quizás-. 
De hecho Ignacio Briones, quién respondió a Mansuy desde Horizontal,así lo delata cuando sostiene que “Todo proyecto político serio está llamado a enfrentar cuestionamientos y, ciertamente, uno liberal no es la excepción”. Cree él equivocamente que la disyuntiva sólo configura un simple cuestionamiento soslayable, tal como cuaquier proyecto de este corte. Lo que los lleva a ignorar que la afirmación de Mansuy, aparte de ser muy sensata y precisa, refiere a un problema de fondo que es simplemente irremediable: teoricamente, liberalismo (en su consecuencia y congruencia absoluta) y política son insolubles el uno con el otro.

Esto último deriva de la forma. Una forma que es, por cierto, muy retrasada. Cuestión relativamente frecuente en los proyectos políticos concebidos desde el tercer mundo, principalmente, por su distancia tanto física, cultural y lingüística con el desarrollo intelectual cuna de estas corrientes (Occidente). El liberalismo, a nivel intelectual, es ya inconcebible basándose meramente en su configuración clásica, pero por algún motivo, sólo en estas latitudes vemos proyectos nuevos que adquieren formas muy antiguas, aún ignorando todo un complejo dialogo teórico de décadas que ha llevado a los liberales de hoy a adquirir otras formas. La academia así lo entiende y sólo bastaría con revisar el debate filosófico de la corriente en la actualidad. De hecho, es casi caricaturesco que Briones cite a Tocqueville en su respuesta.

El resto de la discusión entre los dos personajes es apenas penosa. Sólo cabría destacar que el profesor también cae en profundos errores. Lo evidencia cuando sostiene que “… la paradoja de todo liberalismo, (es) que intenta dar cuenta de la condición humana desde premisas individuales”. Pues esto no configura en ningún caso una paradoja, sólo una visión y/o opción metodológica e intelectual, que de hecho, no es tan simplista como lo plantea Mansuy. Más bien, la paradoja del liberalismo -del tipo Evópoli- se encuentra, como ya dije, en su vocación estatista derivada de la persecusión de fines “políticos”.