Morticia y Homero Addams podían hacerlo

Homero y Morticia Addamas, en la serie original de 1964.

Hace poco estaba viendo por millonésima vez una de las películas de Los Locos Addams. La primera, estrenada en 1991, retoma y reelabora los personajes de la serie de 1964, basados a su vez en una tira cómica creada por Charles Addams y publicada en The New Yorker.

Encausando el humor por el lado más macabro y truculento, con una estética mucho más oscura que en la serie, las películas resucitan con éxito el espíritu de muchos personajes y hasta llegan a desarrollar más a fondo otros aspectos, sin dejar de ser fieles al original y manteniendo la coherencia que exige la construcción de cada personaje y cada elemento.

Como sucede con películas que, además del lado comercial, toman con seriedad el trabajo de actualizar personajes y situaciones, cada vez que las veo encuentro nuevos detalles, noto cantidad de elementos que habían pasado desapercibidos. Los creadores incorporaron elementos que no destruyeran sino que resignificaran para el espectador actual lo que cada personaje había significado para el espectador del original.

En esta última oportunidad, no pude dejar de notar el énfasis que ponen en la relación entre el matrimonio Addams. Hay miradas de deseo, hay besos, hay baile, hay risas, hay una cantidad de cosas que no vemos ni siquiera en películas más actuales todavía. Rara vez vemos algo que no sean neurosis individuales encontrándose de forma casual. Hoy no hay vida en pareja, pero los Addams siempre la tuvieron.

La pareja, en su versión moderna conserva la llama.

Repasemos la familia. La madre de Morticia es bruja y no aparece con el marido, podemos asumir que es viuda. Largo, el mayordomo, no tiene ninguna relación concreta, sólo miradas que intercambia con mujeres tan extrañas como él. Merlina y Pericles, niños todavía, no han ingresado aún en la dinámica de parejas que usualmente los escritores imponen a todo personaje habido y por haber (creer que es lo que el público quiere no significa que así sea). Lucas es el otro significativo miembro de la familia (dejaremos a Dedos a un lado), soltero, y más cercano a los niños en la serie y a su hermano en las películas. En la versión original en inglés, su nombre es Uncle Fester (cuya traducción es algo como “Tío Absceso”, en el sentido de grano purulento).

Las películas más modernas capturan la oposición inevitable entre la pareja de Morticia y Homero y la figura casi asexual de su hermano, Lucas. Esta oposición, en la que no se hace tanto énfasis en la serie original, despertó mi atención sobre los elementos que sí se conservaron, pero que por cuestiones de la época en la que se emitía, no hubiera sido apropiado ni conveniente explotarlo. La película, si bien hace más obvia la intensa y fogosa relación entre el matrimonio cuando se opone a la mente casi infantil de Lucas, no ha inventado nada que no estuviera ya en los personajes de la serie.

Los besos, las caricias, las palabras en francés, las miradas de deseo con sobreentendidos para no espantar al espectador: todo eso ya estaba en la serie original. Y no pude evitar pensar que, para la época, todo esto que ya se encontraba allí debió haber sido bastante escandaloso. Si la película sólo trae algo que existía, pero haciéndolo más obvio con un inteligente juego de oposiciones, ¿cómo era posible que las pacatas reglas de aquel entonces lo hubieran dejado pasar? Y todavía más, pues ¿cómo es que lograban que el público lo mirara, en familia, sin sentirse incómodos o inquietos ante un despliegue poco usual de deseo sexual?

Después de la década del 70, el ajustado corset que limitaba los temas que podían mostrarse en cine o televisión, se aflojó. Sin embargo, previo a esto, el deseo era muy difícil de encontrar y los escritores tenían que ingeniar sutiles formas de deslizar ciertos temas para evitar la censura.

Las muestras de afecto se limitaban a castos besos depositados en los labios apagados de la protagonista. La mujer tenía roles muy pasivos en las dinámicas de pareja. No había ni asomo de la vida privada, y si bien el sexo estaba reservado para después del matrimonio, no significaba tampoco que fuera a mostrarse en pantalla. Todo se reservaba para un momento posterior a que las luces del cine se encendieran y el “felices para siempre” dejara implícito el acto sexual y la procreación obligatoria que acompañaban a la unión de la pareja que había luchado toda la película para estar o permanecer juntos. Se veía el deseo sublimado de la mujer que espera y el hombre que la busca, en cualquier tipo de circunstancia que implicara la separación y espera de ambos.

Los que sí tenían sexo, los que sí exhibían claras muestras de deseo, usualmente morían, para que sirviera de lección. O eran víctimas de su propio pecado, o eran los grandes villanos corruptores que atentaban contra la pureza del protagonista.

La serie original está más cercana al momento en el que el cine se comienza a liberar de tan pesadas cadenas. No significa, sin embargo, que este tipo de tramas ni normas hubieran dejado producirse, ni que el público espectador no fuera uno ya formado en estos valores.

No olvidemos que “The Addams Family” era el título original, y a nosotros llegó como “Los Locos Addams”. Sí, era innecesario el cambio, pero no deja de remarcar algo que hoy podemos perder de vista. Estaban locos. Todo lo que hacían o decían o pensaban se sostenía sobre los grandes hombros de la premisa de que estaban locos.

Hoy no entenderíamos la locura en estos términos. Hoy se hablaría de inadaptados. En la actualidad hasta se hace una especie de culto al inadaptado, donde cada uno se jacta de no adherir al status quo. Si recordamos algún que otro capítulo, los Addams no eran mala gente: eran generosos, eran familieros, eran incluso buenos vecinos. El problema era que lo único que tenían para ofrecer eran sopas con ojos, camas con clavos y plantas carnívoras.

Por eso, primero, es que las películas tuvieron que recurrir a lo truculento. Si los presentaban igual que en la serie, no veríamos nada malo. Ya estábamos todos acostumbrados a sus caras y además hay gente que no se adapta por cosas mucho más extrañas que esas y no significa que estén mal. Para que conservaran su estatus de locos y sus acciones todavía fueran chocantes, debía haber algo mucho más oscuro que simplemente tener plantas carnívoras y una mano sin cuerpo dando vueltas por la casa. Había que agregarle parientes extraños, muertos vivientes, bebés endemoniados (o casi), una casa mucho más oscura y carente de tantos elementos que convocaran a la risa (la piel de oso que gruñe, por ejemplo).

Los valores que sostenían los hacía queribles. El público podía tolerarlos porque, pese a sus excentricidades, sostenían los valores esenciales. Ahora, ¿cómo soportar muestras impudendas de deseo carnal? Fácil, la excusa que venía a salvar y sostener la trama de cada semana: están locos. Esas extrañas muestras de cariño que están reservadas para el dormitorio de la pareja casada pueden mostrarse porque esta gente está loca y no somos como ellos.

“Tranquilo, amigo espectador de los 60, no hay ningún peligro en la pantalla de su hogar porque estas impúdicas muestras de deseo vienen de gente loca. Puede estar tranquilo que sus niños sólo lo tomarán como otra forma de excentricidad, algo que es motivo de risa, y que usted será el único que dé muestras de tener deseos en la pareja que configura la cabeza de su hogar y la base de una sociedad sana.”

Algo así debía ser el mensaje que englobaba la serie y les daba el margen necesario para que en cada capítulo se desarrollaran historias disparatadas que el público aceptaba con candidez. No puedo hablar sobre The Munsters, otra serie de una cadena rival, que salió al aire con el único objetivo de competir contra los Addams. Por lo poco que he visto y leído, sólo reúnen famosos personajes del mundo del terror, pero con una obvia y poco esforzada intención de invertir y cuestionar lo que es normal, pues la hija del matrimonio es como cualquier vecino, y en la familia la consideran la rara del grupo. Poco sutil, flojas las tramas, y un paralelo con los Addams que, además de obvio, queda corto.

La película me lleva a pensar en la serie original, que veía de chica y que recuerdo con alegría. Es una lástima que nadie la tenga al aire en estos momentos. Con sencillez, no necesitaban decir que la bondad y la generosidad exceden a las particularidades, o locuras, de cada familia. Tenían la cintura suficiente como para retratar el valor de la individualidad, retratar a una pareja enamorada tal como era sin excesos pero sin mezquindades, retratar a niños que no tenían miedo de ser quienes eran y en general, a un grupo familiar que no cedía ante la presión por encajar, sino que fomentaban la comunicación y los valores correctos, sin desconocer lo que los hacía únicos.

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