Equipo Foxtrot: Diario de a bordo número 2

El equipo trabaja en el campo de Softex.

Arranca la mañana. Hoy tocan Petra y Pieria, dos campos nuevos perdidos por las estribaciones meridionales de la Península Balcánica. Atrás vamos Jessica, Cris y yo, rodeados de medicinas que saltan al ritmo de la selección de canciones que les espera a los chavales a lo largo del día. Poco a poco la ambulancia se va llenando de alegría, las gasas y los ibuprofenos bailan con nosotros al ritmo de Yann Tiersen.

Primera parada, César y Raquel se encargan de las compras pertinentes. A los ojos de la gente de Tesalónica probablemente se les antojen como Minions que deambulan sonrientes sin llegar a atisbar a dónde se dirigen o cuál es su misión. En la parte delantera, Mohammed sigue risueño, todavía ronronea en su cabeza el día libre que no se quería tomar. Ha pasado por tanto que cuando nosotros nos cansamos, no tenemos más que aprender con humildad de este luchador nato. Se pasó más de una hora observando las oscuras aguas del Mar Egeo, de las cuales dependía su vida tres meses atrás.

Mohammed contempla el Mar Egeo.

Las últimas noches en Softex han sido cada vez más caóticas. El nivel de desesperación de los sirios, iraquíes, afganos, palestinos, iraníes y turcos que cohabitan como buenamente pueden, va en aumento. En contraste con el resto de los campos, Softex es el único en el que diariamente atendemos a personas heridas por arma blanca. Mientras que yo ayudo al equipo médico a limpiar el tajo en la cara de un argelino, que le discurre de la oreja a la barbilla de manera grotesca, mis compañeras de educación deciden adentrarse en la parte del campamento que luce oscura como la boca de un lobo para sacar a bailar a los niños, ya que sus madres prefieren que no se alejen de las Haimas en un noche tal de caos. Poco a poco niños, jóvenes y madres van contagiandose de la desbordante energía que fluye de mis compañeras. Debemos de recordar también a nuestro amigo Zacarías, otro de los jóvenes refugiados-voluntarios, que no se deja apesadumbrar por el ambiente reinante.

Van pasando los días y no dejo de sorprenderme de lo afortunado que me siento de formar parte de un equipo u otro. La calidad humana que tienen mis compañeros es abrumadora; se levantan a las 7 de la mañana y salen del último campo sobre las 10 de la noche. Así día tras día, semana tras semana. Como muestra, un botón: nuestra última ginecóloga, Meri, que empalmó su última guardia en España con esta aventura, y a su vez enlazó de nuevo su ultimo día con una nueva guardia en España.

Me gustaría que todo el mundo pudiese vivir una experiencia así, una experiencia que nos ha brindado el equipo inicial de Rowing, a los que todavía no tengo el placer de conocer en persona. Trabajar codo con codo con bomberos, médicos y educadores es algo que nos enriquece a todo el equipo, ya que a todos nos une el amor por lo humano.

Alejandro.